INTRODUCCIÓN:
La
enfermedad cerebrovascular (ECV) constituye una de las primeras causas de
morbilidad, mortalidad e invalides funcional en los países desarrollados, lo
que conlleva un coste económico y una carga social elevada. En los países
occidentales, después de las enfermedades cardiovasculares y las neoplasias,
las ECV constituyen la tercera causa y
para algunos países la cuarta e incluso la quinta causa de mortalidad. También
en el nuestro, pese al desarrollo alcanzado por los servicios de salud.
Sólo
el adecuado conocimiento de los factores que influyen en una determinada
enfermedad puede conducir a su control. Esto es particularmente importante
en enfermedades con una morbimortalidad tan elevada como las
ECV. Esto corresponde al campo de la epidemiología, que a través de los
estudios poblacionales trata de conocer variables como la incidencia,
prevalencia, entre otras, no sólo con el mero objeto de conocerlos sino
también para evaluar las posibilidades de intervenir y alterar en la
medida de lo posible el curso de alguno de estos factores.
En
casi todas las entidades el factor geográfico influye, por lo que no es posible
extrapolar los resultados de estudios hechos en otras poblaciones, de ahí la
importancia que cobran los estudios poblacionales locales. En nuestro país por
la organización que ha adoptado el sistema nacional de salud (SNS), donde se
divide de manera estructural y funcional en tres niveles de atención de salud,
(Primario, secundario y terciario) las investigaciones que pueden desarrollarse
en cada uno de ellos son importantes, pero la atención primaria de salud (APS)
es, en nuestra opinión una de la que más posibilidades tiene en el desarrollo
de planes investigativos intervensionistas o no, por ser la entrada inicial común
al SNS.
Los
estudios epidemiológicos encaminados a determinar la incidencia, prevalencia,
morbilidad y mortalidad (1), no están exentos de dificultades metodológicas, y
algunos autores han sugerido que precisamente la variabilidad de los métodos
empleados justifican las diferentes tasas obtenidas en los diversos estudios
reportados en la literatura, así mismo,
los estudios analíticos pueden mostrar igualmente sesgos por aspectos metodológicos
(2-4).
También,
la falta de unificación en la
definición de criterios de las ECV,
en la clasificación utilizada y en su diagnóstico, y en especial la inclusión
de los accidentes isquémicos transitorios (ATI) suponen un problema metodológico,
en nuestro país utilizamos los criterios diagnósticos recomendados por
la OMS
, y aunque esta definición excluye a los pacientes con ATI por la definición
de
la ECV
, nuestro equipo de investigación los incluye según sugiere el Programa
nacional de prevención y tratamiento de las enfermedades cerebrovasculares (5).
El
hecho de conocer los factores de riesgo de las enfermedades cerebrovasculares,
nos brinda la posibilidad de modificarlos en la medida de lo posible a través
de acciones especificas de salud, y contribuir así ha disminuir la incidencia,
y la morbimortalidad de las mismas, tenemos la posibilidad en nuestras áreas de
salud de a partir de la identificación en los diagnósticos de salud
especificar cuál o cuales de las personas que residen en los limites de
nuestras áreas presentan uno o mas de los factores de riesgo
predisponentes para el desarrollo de una ECV y/o tener mayores
probabilidades de desarrollar un episodio de recurrencia.
Pero,
es un hecho factible que aún en nuestras áreas, por diversos factores
objetivos unos, subjetivos otros, que la mayoría de los nuestros médicos de
la APS
desconocen estos pormenores, apresurados por las instancias los rigen, derivan
sus esfuerzos hacia otros programas, no menos importantes, pero que dan como
resultado no sólo un desconocimiento de lo antes citado, sino que además se va
acumulando un subregistro que desde el punto de vista epidemiológico no nos
permite realizar estudios retrospectivos analíticos, siendo este estado actual
lo que más nos estimula a hacer un esfuerzo en estas direcciones. Ya que es, el
estimulo intelectual, en nuestra opinión uno de los factores con el que debiéramos
seguir estimulando en
la APS
para complementar y seguir desarrollando la educación médica continuada, lo
que dará como resultado a largo
plazo profesionales con un nivel de competencia y desempeño cada vez mas a la
altura de las circunstancias en materia de conocimientos y médicos con una
mayor capacidad de respuesta a los nuevos retos, en otras palabras médicos con
conocimiento de sus habilidades desarrolladoras y por tanto con mayores
posibilidades de resolución creativa y activa.
DESARROLLO:
Partiendo
del concepto de factor de riesgo (FR) como aquellos fenómenos que influyen en
la evolución y pronóstico de una enfermedad y que sólo su conocimiento y las
acciones de salud que se realicen sobre los mismos influyen en el desarrollo
y pronóstico de una entidad determinada, en este caso en particular, las
enfermedades cerebrovasculares (ECV). Se han identificado diferentes FR para la
aparición de dichas entidades, algunos clasificados como modificables, otros
como no modificables, sobre los
primeros podemos influir con acciones de salud especificas para su modificación
y contribuir a disminuir la posibilidad de incidencia y prevalencia; en la opinión
de J. Álvarez Sabín “probablemente, la reducción en la morbimortalidad
durante las últimas décadas esté en relación con la mejor identificación y
control de los factores de riesgo” (6).
Pasaremos
entonces a desarrollar algunos de los aspectos que en nuestra opinión cobran más
importancia cada día, y es algo de
lo que no debiéramos cansarnos de repetir, pues es incalculable la repercusión
social, familiar y económica que representan las ECV como grupo de entidades.
En
el grupo de los no modificables se incluyen, la edad, el sexo, la raza, y la
herencia o historia familiar de ictus.
Edad:
Es cierto, que las personas mayores de edad tienen un riesgo más alto de sufrir
un accidente cerebrovascular que la población en general y que el riesgo de
accidente cerebrovascular aumenta con la edad. Por cada década después de la
edad de 55 años, el riesgo de accidente cerebrovascular se duplica, y dos
terceras partes de todos los accidentes cerebrovasculares ocurren en personas
mayores de 65 años. Las personas mayores de 65 años también tienen un riesgo
siete veces mayor de morir de un accidente cerebrovascular que la población en
general. La incidencia del
accidente cerebrovascular está aumentando proporcionalmente con el incremento
de la población de edad avanzada (6).
Raza
y sexo: Existen diferencias raciales y de
sexo en la incidencia de ictus y la distribución de los FR. Así, la
ateroesclerosis carotídea extracraneal es más prevalerte en personas de raza
blanca y del sexo masculino. Por el contrario, la ateroesclerosis intracraneal
es más frecuente en personas de raza negra o de origen asiático (7) y en el
sexo femenino. En un estudio que valora la severidad de las lesiones carótidas
ateroescleroticas, esta fue más frecuente en mujeres (8). No obstante, en
nuestro medio como, ocurre en muchos países, la “exclusividad racial” es
muy difícil de determinar por varios aspectos incluidos los socioeconómicos
que aumentan el numero de las migraciones internas y externas lo que ha llevado
que geno y fenotipicamente es casi imposible no hallar
entrecruzamiento, esto es un terreno, al menos es nuestra opinión que en
nuestro país es muy difícil de extrapolar los resultados de investigaciones de
otras partes del orbe; teniendo en cuenta además que carecemos de
estudios poblacionales que avalen estos criterios.
Herencia
(Historia Familiar de ictus): en algunos estudios una historia paterna o materna
de ictus se asocia con un incremento en el riesgo del mismo entre sus
descendientes (9,10). No obstante, algunos autores sugieren la realización de
nuevos estudios que permitan separar los determinantes genéticos de los
ambientales del ictus (11).
Entremos
ahora en los clasificados como modificables o potencialmente modificables que
son mayores en número y sobre los que tenemos mayor probabilidad de identificar
y variar, estos son:
La
hipertensión arterial. Considerado como
el factor de riesgo modificable principal del ictus, afectando tanto a hombres
como a mujeres. El riesgo de ictus se eleva en relación directa con el
incremento de la presión arterial. Entre otros, en el estudio de Framingham el
riesgo relativo (RR), que es la tasa de
incidencia de los pacientes expuestos sobre la tasa de incidencia de los no
expuestos, ajustado a la edad, de ictus entre las personas con hipertensión
definida (>160/95) fue de 3.1 para los hombres y 2.9 para las mujeres;
incluso en aquellos con niveles de presión arterial dentro del rango de muy
alto, el RR era 2.0 comparado con los normopesos (12). La elevación de la presión
arterial diastólica y sistólica está asociada con un incremento en el riesgo
de ictus. El 50 % de los ictus isquémicos y el 48 % de las hemorragias se
producen en hipertensos. También la presión arterial sistólica aislada (más
frecuente en pacientes mayores de 60 años), incrementa el riesgo de ictus,
independientemente de otros factores de riesgo. Este es un factor de riesgo
significativo para todas las edades (11).
Diabetes
Mellitus. Aumenta el RR de ictus,
especialmente del aterotrombótico, de
1.5 a
3.5 dependiendo del tipo (I o II) y la severidad, tanto en hombres como en
mujeres, y a cambio de otras patologías no disminuye con la edad, su mayor
impacto es en mujeres mayores de 55 años. Este riesgo es independiente de la
otros FR como la hipertensión y se ha asociado ha microangiopatía vascular y a
la progresión de la ateroesclerosis cerebral (15).otro de los mecanismos
postulados para esta patología es que influyen en la glicosilación de proteínas
y un estado protrombótico debido a una disminución de la actividad fibrinolítica
y a un aumento de la actividad plaquetaria y de los niveles séricos de fibrinógeno,
factor VII Y VIII (16). Esta patología no sólo se asocia a la incidencia sino
también a la recurrencia precoz del ictus, los pacientes diabéticos presentan
una mayor morbimortalidad tanto por la hiperglicemia reactiva secundaria en la
fase aguda del ictus así como por el difícil control de las cifras sanguíneas
de glicemia lo cual es con frecuencia el factor propiciador de complicaciones
neurológicas y no neurológicas (17).
Estenosis
de la arteria carotídea: Es un
importante precursor del infarto del miocardio y de muerte súbita de causa
cardiaca. En el paciente con estenosis carotídea asintomático es mayor el
riesgo de ictus que en la población general, su riesgo es bajo y se
correlaciona con el grado de estenosis (14).
Otras
enfermedades cardiovasculares: La
cardiopatía isquémica, aporta un RR para el ictus de 2.2 según se demostró
en el estudio prospectivo de Rochester, Minessota y en el de Framingham (12,13)
la insuficiencia cardiaca congestiva, la hipertrofia ventricular izquierda,
estenosis e insuficiencias valvulares, la
fibrilación auricular, prótesis valvulares, síndrome del seno enfermo,
miocardipatía dilatada, entre otras han sido asociadas claramente con aumento
del riesgo de ictus embólico cardiaco (14).
Alcoholismo:
Al analizar el alcoholismo como factor de riesgo vascular debemos tener en
cuenta la definición que usamos para catalogar como alcohólico a un paciente,
pues las definiciones no sólo toman en cuenta criterios cuantitativos sino
cualitativos relacionados con aspectos sociales, psicológicos y del metabolismo
y tolerancia del individuo ante cantidades fijas de alcohol. Al igual que en el
infarto del miocardio el riesgo de ictus esta en relación directa con la
cantidad consumida, altos niveles pueden producir arritmias cardiacas, aumentos
de la tensión arterial, aumento del flujo sanguíneo cerebral y un estado
procoagulante (15-17). Los estudios realizados en nuestro país demuestran una
frecuencia de alcoholismo en los pacientes con ECV que varia entre 8.57 % y 44.3
% (18-19).
Tabaquismo:
Es un factor de riesgo bien definido e incrementa el riesgo de ictus por
diferentes vías: promoviendo la aterogénesis, por sus efectos hematológicos y
disminuyendo el flujo sanguíneo cerebral. En el estudio de Framingham el riesgo
de ictus era el doble para ambos sexos en comparación con los no fumadores. La
incidencia de ictus en los fumadores cae sustancialmente a los dos años tras
haber suspendido el hábito, y, en cinco años de haber dejado de fumar el
riesgo se iguala con los no fumadores (20). Además contribuye al ictus al
aumentar los niveles de fibrinógeno y otros factores de la coagulación,
aumenta la agregación plaquetaria, disminuye los niveles de HDL, aumenta el
hematocrito y daña directamente el endotelio (21-25).
Obesidad:
Es un factor contribuidor significativo e independiente en la incidencia de
infarto aterotrombótico, aunque ser obeso constituye un factor de riesgo
independiente (26). Los datos clínicos y epidemiológicos
apoyan la idea de que la asociación entre la obesidad y otros factores
de riesgo, intensifica su RR (27-29). La distribución de grasa corporal, específicamente
la grasa abdominal, se ha asociado a un mayor riesgo de ictus y cardiopatía
isquémica (28). La obesidad central se ha asociado a incrementos de la tensión
arterial, aumento de los niveles plasmáticos de colesterol, triacilgliceridos y
la glicemia sanguínea, postulándose la insulinorresistencia como factor
fisiopatológico en estos casos (30-32).
Dislipidemia:
Diversos estudios han asociado a la dislipidemia con la cardiopatía isquémica
esta bien establecida (33,34) pero en el ictus no esta completamente
establecida (34). Los datos relacionados con los subtipos de lípidos no son
suficientes (35,36).Se ha asociado la hiperlipoproteinemia con la enfermedad de
grandes vasos (37).
Hematócrito:
Su elevación
dentro del rango de lo normal está significativa e independientemente
asociada con infarto cerebral aterotrombótico, especialmente en hombres entre
los 35 y los 64 años (24). El aumento del hematocrito se refleja en un aumento
de la viscosidad que puede reducir el flujo cerebral y favorecer la trombosis.
En individuos con policitemia es clara la predisposición. Así se demuestra un
aumento del flujo cerebral hasta del 50 % al reducir el hematócrito,
independientemente de la edad y utilizando pacientes con hematocrito en los límites
máximos de la normalidad. Para hematocritos en los límites superiores a la
normalidad (entre 47 y 53) el riesgo es muy superior. En el estudio de
Framingham se demuestra que la incidencia de ictus cerebral es del doble cuando
la hemoglobina es superior a 15 g/dl para los hombres y superior a 14 g/dl para
las mujeres (10,13).
Dieta:
Puede influir en el ictus por la afectación de la presión sanguínea,
colesterol sérico, o puede tener otros efectos, por ejemplo, influyendo en el
desarrollo de la ateroesclerosis. La ingesta de sal y de grasa serían
perjudiciales; las de potasio protectoras.
El
consumo de café no se ha asociado con un incremento de riesgo de ictus (38).
Fibrinógeno:
Sus niveles elevados en plasma son un FR
para el ictus, especialmente en hombres. Dentro de su fisiopatología para el
desarrollo del ictus se invocan varios mecanismos: a saber: Formación de
lesiones ateroescleroticas, Formación de trombo arterial, y por efectos
hemorreológicos (39).
Actividad
Física: Esta realizada de forma moderada
reduce el riesgo de ictus y ataques cardiacos. El ejercicio fuerte ejerce una
influencia beneficiosa sobre otros factores de riesgo ateroescleróticos al
reducir la presión sanguínea, elevar los niveles de Colesterol – HDL, bajar
los niveles de colesterol –LDL y mejorar la tolerancia a la glucosa (38).
Anticonceptivos
orales: Incrementan el riesgo en cinco
veces, principalmente en mujeres con edad superior a los 35 años, los cuales
sumados a otros FR cardiovasculares como el tabaquismo y la hipertensión
arterial aumentan la posibilidad de desarrollar un episodio vascular cerebral.
El riesgo es mayor con los preparados que contienen altos de estrógenos. El
mecanismo no está claro y el ictus está probablemente más ligado a enfermedad
trombótica (aumento de la trombogénesis) que a ateroesclerosis. Hay
alguna evidencia de que las ex consumidoras puedan tener también un
efecto persistente, aunque parece estar restringido a mujeres que han fumado
durante más de 20 años (40), sin embargo su uso en la etapa posmenopáusica no
incrementa el riesgo y puede
disminuirlo, por lo cual no es necesario discontinuar la terapia posmenopáusica
en pacientes con ictus (41).
Hiperhomocistinemia:
Ya sea secundaria a un déficit enzimático genético o por una alteración
adquirida (carencial, iatrogénica o por enfermedad), las concentraciones
elevadas de homocisteina son un FR del ictus isquémico y de estenosis de la
arteria carótida extracranial (42,43).
CONCLUSIONES:
El
acápite de las enfermedades cerebrovasculares ha seguido adquiriendo renovada
importancia en las últimas décadas, una gran parte de este fenómeno se debe
al desarrollo cada vez mayor de técnicas de diagnóstico menos incruentas y más
abarcadoras. Estos avances han permitido un diagnóstico topográfico y etiológico
más preciso que en el pasado cuando el diagnostico clínico, especialmente en
su aspecto topográfico, podían ser ocasionalmente confirmados o descartados sólo
a través de un estudio necrópsico. En la actualidad médicos de diferentes
especialidades, incluyendo los médicos de familia, neurólogos,
médicos internistas, medicina de
urgencia y terapia intensiva, entre otros se ven enfrentados diariamente al
desafío diagnóstico y terapéutico
en el manejo del paciente afectado con ECV.
Este
desafió se ha incrementado en los últimos años con el advenimiento de nuevas
terapias para los accidentes
cerebrovasculares, especialmente los isquémicos, que requieren para su uso una
predicción diagnóstica especial sólo adquirible con una formación de perfil
clínica ( aclaremos que cuando utilizamos la definición de clínica, nos
basamos en todas aquellas especialidades que tenga como principio activo de su
práctica el uso adecuado del interrogatorio, el examen físico general, neurológico
vascular, y de otros aspectos concernientes al método clínico)
que prepare al medico en el manejo
de los pacientes afectos y del gran cúmulo informativo que, cual avalancha,
inunda la práctica medica diaria.
Sobre
la base de los datos acerca de la prevención primaria del ictus se ha
establecido lo beneficioso que resulta el conocimiento a fondo de estos factores
de riesgo para su intervención oportuna e intervención precoz en casos
necesarios. Esta demostrado de forma clara el beneficio que reporta el control
de la hipertensión arterial, el abandono del hábito de fumar y la promoción
de un estilo de vida físicamente activo entre otros aspectos que contribuyen a
la disminución de la incidencia de estas entidades. Es por ello que
consideramos
la APS
como uno de los escenarios académicos prácticos donde la formación médica
continuada cobra mayor interés.
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Autor:
Héctor
Andrés Morales González
Especialista
de 1er Grado en Medicina Interna
Profesor
Asistente en Medicina Interna.
Dirección
particular: Avenida 23 entre 308 y 310 edificio # 41 apto 26, Reparto
“Barbosa”, Playa, Ciudad de la habana. CP: 10400.
E-Mail:
hector.redhard@gmail.com
cronopiored@yahoo.com
ISCM-H.
FACULTAD DE CIENCIAS MÉDICAS
“FINLAY
– ALBARRAN”