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Bioetica, una polemica abierta desde el pasado siglo con amplias perspectivas actuales


Enviado por Lic. Gilberto R. Justiniani Fernández
Código ISPN de la Publicación: EkEEkuEVuymCuoAFDj


Resumen: ¿es producto de un ser superior?..... ¿es producto del hombre mismo?..... ¿el mundo es estatico?..... ¿el mundo cambia?.... ¿que fuerzas son las que generan el cambio?.... Ese aspecto particular de la conducta humana es la conducta moral de los hombres en sociedad...


   

  

RESUMEN
¿es producto de un ser superior?..... ¿es producto del hombre mismo?..... ¿el mundo es estático?..... ¿el mundo cambia?.... ¿qué fuerzas son las que generan el cambio?.... Ese aspecto particular de la conducta humana es la conducta moral de los hombres en sociedad y a su estudio se dedica la ética. La ética es la ciencia y la moral es su objeto de estudio. ¿Qué son los valores? Los valores son las estimativas más significativas del hombre, es decir, son las necesidades superiores, convertidas en aspiraciones e ideales.

De tal modo, los valores responden a diferentes significados: económicos, políticos, sociales, culturales, estéticos, religiosos, científicos, morales. Los valores son una construcción social, porque el hombre, que es el único ser capaz de valorar, es un ser social.

Pero los valores sociales, que constituyen la ética general de una sociedad determinada y, por tanto, forman parte de la conciencia social, se construyen a partir de la forma en que los hombres de esa determinada formación económico-social producen, reproducen y distribuyen sus bienes materiales y espirituales. De manera que los valores personales y profesionales se corresponden, en general, con los valores sociales asumidos por una sociedad histórica concreta, en un momento determinado de su desarrollo social.

Los valores constituyen el fundamento legítimo de los principios y las normas morales. Éstos surgen en la conciencia social y son el resultado de la relación valorativa del hombre con la realidad. Pero los docentes y educandos de la Universidad son, ante todo, seres humanos que viven en sociedad.

INTRODUCCIÓN
Desde los tiempos más remotos de la Antigüedad, el hombre no sólo se preocupó por conocer el mundo que le rodeaba, y en el cual se encontraba él mismo inmerso, sino que, a partir de sus observaciones, pretendió comprenderlo para después transformarlo en correspondencia con sus necesidades. Estas fueron cambiando de un tiempo a otro. El propio desarrollo de las fuerzas productivas generaba cambios en el pensamiento del hombre y en su forma de producción y asimilación de los nuevos conocimientos (1, 2).

Es precisamente la filosofía la que se va a ocupar de estos problemas: ¿cómo ve el hombre el mundo?..... ¿es producto de un ser superior?..... ¿es producto de la evolución de la propia naturaleza?.... ¿es producto del hombre mismo?..... ¿el mundo es estático?..... ¿el mundo cambia?.... ¿qué fuerzas son las que generan el cambio?.... ¿el hombre vive como piensa o piensa como vive?. Como parte de este conocimiento está también el estudio de la conducta de los hombres; pero no la conducta en general, sino un aspecto particular de la conducta humana, aquella que tiene que ver con hacer el bien y evitar el mal, a partir del reconocimiento de la existencia del otro, del respeto por sí mismo y por el otro. Ese aspecto particular de la conducta humana es la conducta moral de los hombres en sociedad y a su estudio se dedica la ética. De modo que la ética es la teoría y la moral es la práctica (3, 4).

La ética es la ciencia y la moral es su objeto de estudio. La ética, a su vez, tiene dos grandes disciplinas que, por su gran alcance, se han convertido ya en ciencias particulares: la deontología o ciencia de los deberes, y la axiología o ciencia de los valores. Así pues, los valores morales constituyen el objeto de estudio de la axiología (5).

¿Qué son los valores? Los valores son las estimativas más significativas del hombre, es decir, son las necesidades superiores, convertidas en aspiraciones e ideales. De tal modo, los valores responden a diferentes significados: económicos, políticos, sociales, culturales, estéticos, religiosos, científicos, morales.

¿Cómo se forman los valores? Los valores personales y profesionales no se trasmiten ni se enseñan, se construyen en el diálogo entre sujetos, con el intercambio de reflexiones y emociones; pero, especialmente, con el ejemplo en la conducta. Los valores son una construcción social, porque el hombre, que es el único ser capaz de valorar, es un ser social. Esto quiere decir que los valores se construyen en el intercambio de las relaciones sociales entre los hombres (6).

Pero los valores sociales, que constituyen la ética general de una sociedad determinada y, por tanto, forman parte de la conciencia social, se construyen a partir de la forma en que los hombres de esa determinada formación económico-social producen, reproducen y distribuyen sus bienes materiales y espirituales.

El hombre piensa como vive, de modo que, en última instancia, las condiciones económicas de una sociedad determinan la conciencia social de esa sociedad. Lo cual no quiere decir que en la interacción dialéctica que existe entre la base económica (condiciones materiales de existencia) y la superestructura de una sociedad (filosofía, ciencia, política, arte, cultura, religión, ética, derecho) la primera no pueda recibir la influencia de la última y modificarse en consecuencia; pero, para ello, se impone la necesidad de que las condiciones materiales de existencia de una sociedad determinada hayan agotado todas sus posibilidades de desarrollo dentro de esa formación económico social porque las contradicciones existentes en el seno de las fuerzas productivas son tales, que requieren otro tipo de relaciones (7, 8, 9).

De manera que los valores personales y profesionales se corresponden, en general, con los valores sociales asumidos por una sociedad histórica concreta, en un momento determinado de su desarrollo social. Pero esto no ignora que existen valores, tanto sociales o profesionales, que han logrado convertirse en universales porque han alcanzado el consenso de la mayor parte de la humanidad viviente. Así como tampoco ignora que hayan personas y profesiones que no asumen totalmente los valores de la sociedad en que viven (10).

Los valores constituyen el fundamento legítimo de los principios y las normas morales. Éstos surgen en la conciencia social y son el resultado de la relación valorativa del hombre con la realidad. La moralidad no es –como muchos dicen- un mecanismo restrictivo de la conducta humana, sino un instrumento que orienta la capacidad creadora del hombre a través de sus valores.

Por su parte, el juicio moral es la evaluación crítica de la conducta moral de los hombres, correlacionando ésta con los valores asumidos, tanto universales como por la sociedad en la que se vive y la profesión que se ejerce, y con los principios y normas morales derivados de esos valores reconocidos y asumidos (11).

La función docente de la Universidad es contribuir a formar recursos humanos competentes que respalden las demandas sociales en 3 grandes vertientes: cultural para fortalecer la identidad nacional; política, que implica entrenar a los educandos en la participación democrática en la vida política y económica para impulsar el logro de un mundo productivo y el aporte científico para el desarrollo (12).

Pero los docentes y educandos de la Universidad son, ante todo, seres humanos que viven en sociedad. Ellos también están enfrentados al peligro mediato del desastre ecológico para la supervivencia del hombre, que afecta a la humanidad en su conjunto, sin distinción alguna. Sin embargo, la inmediatez de los estragos que produce a millones de seres, que forman parte de esa gran humanidad, la injusticia social -con su enorme secuela de pobreza, hambre y enfermedades- no es una amenaza sino una terrible realidad.

La única alternativa posible, como forma de contribuir al salvamento de la civilización del tercer milenio, radica en el enfrentamiento de la ética de la solidaridad social a la ética del egoísmo. Esta necesidad de búsqueda de una alternativa justa e inteligente, que permita la salvación no sólo de las actuales generaciones sino de las venideras, entraña otra: la de formación de valores en todos los niveles de la educación, muy especialmente en el nivel universitario, por la proximidad de sus egresados a fungir como actores sociales de cambio en sus respectivas realidades socio-históricas (13, 14).
En el caso de la Universidad médica cubana, aunque no se confronta este problema al nivel social, no quiere decir que no existan casos aislados de egoísmo y poco comprometimiento social, por lo que resulta necesario el traer nuevamente, al nivel protagónico los aspectos educativos, particularmente los relativos a la moral profesional. A partir de la reforma de la enseñanza, ocurrida en los primeros años del triunfo de la Revolución cubana, en que el diseño curricular sufrió ostensibles modificaciones y se atemperó a las nuevas necesidades surgidas como consecuencia del impetuoso avance de la ciencia y la técnica, especialmente en el campo de las ciencias biomédicas, las disciplinas humanísticas descendieron en la escala de valores. En tal sentido se argumentó que la nueva ética social impregnaba con tanta fuerza el curriculum invisible de los futuros egresados de las ciencias médicas, que no era necesario utilizar tiempo curricular para su enseñanza (15, 16).

Por todo lo antes expuesto, teniendo en cuenta la importancia del conocimiento de la bioética en la formación de los nuevos valores de nuestros educandos, y atendiendo al marco teórico que nos brinda la asignatura de Historia decidimos realizar el presente estudio exploratorio con el objetivo de profundizar en el conocimiento de la bioética: caracterizándola, describiendo su escenario, propuestas y principios, realizando además un análisis crítico desde el tercer Mundo.

OBJETIVOS
General:

. Indagar en los aspectos teóricos más significativos de la bioética desde la óptica estudiantil, como parte de los conocimientos a alcanzar en la asignatura de Historia.

Específicos:
1. Caracterizar la bioética como parte indisoluble del conocimiento médico.
2. Analizar el escenario real en el que se ha desarrollado la bioética.
3. Conocer propuestas y principios que rigen el buen desenvolvimiento de esta rama.
4. Realizar el análisis crítico de esta modalidad del pensamiento científico desde la óptica de los países del 3er Mundo.

DESARROLLO
El término “bioética” fue utilizado por primera vez por V. R. Potter hace poco más de treinta años (Potter, 1970). Con este término aludía Potter a los problemas que el inaudito desarrollo de la tecnología plantea a un mundo en plena crisis de valores. Urgía así a superar la actual ruptura entre la Ciencia y la Tecnología de una parte y las Humanidades de otra. Ésta fisura hunde sus raíces en la asimetría existente entre el enorme desarrollo tecnológico actual que otorga al hombre el poder de manipular la intimidad del ser humano y alterar el medio, y la ausencia de un aumento correlativo en su sentido de responsabilidad por el que habría de obligarse a sí mismo a orientar este nuevo poder en beneficio del propio hombre y de su entorno natural (17).

La bioética surge por tanto como un intento de establecer un puente entre ciencia experimental y humanidades (Potter, 1971). De ella se espera una formulación de principios que permita afrontar con responsabilidad –también a nivel global- las posibilidades enormes, impensables hace solo unos años, que hoy nos ofrece la tecnología (18).

Acaso esta nueva disciplina viene a sustituir a la ética médica, disciplina que hasta hace poco ha venido guiando al profesional de la salud? En absoluto. Por el contrario, la ética médica permanece como matriz rectora y a la vez parte principal de la bioética. Así se deduce de la definición de bioética de la “Encyclopaedia of Bioethics”: estudio sistemático de la conducta humana en el ámbito de las ciencias de la vida y de la salud, analizada a la luz de los valores y principios morales" (Reich, 1978) (19).

La ética médica no es sólo una parte de la bioética, sino que goza además de especial relevancia en el conjunto de la nueva disciplina. Por la riqueza de su tradición científica y humana - ausente en el resto de la bioética- posee un especial valor que no puede ser ignorado. La pretensión ilusoria de construir una “ética nueva” que habría de romper con la ética tradicional no sólo carece de fundamento sino que deja traslucir una notable ignorancia. Ciertamente la bioética – y con ella la ética médica- afronta hoy problemas nuevos, pero cuenta con los mismos medios de siempre para resolverlos: el uso juicioso de la razón y la luz de los valores y principios coherentes con la específica forma de ser del hombre. No puede ser de otra forma (20).

Por el contrario, sí resulta nuevo el talante dialogante, tolerante y respetuoso que preside el ejercicio bioético. Así lo exige la diversidad cultural e ideológica del mundo actual. Sin embargo, ser tolerante no significa rebajar las exigencias de la realidad, ni el reconocimiento de sus auténticas implicaciones éticas. Traduce en cambio la conciencia de que sólo una actitud de diálogo abierto y honesto, respetuoso con la legítima libertad de las conciencias, puede permitirnos avanzar juntos hacia el reconocimiento de los valores y principios auténticos.

Podemos dividir la bioética en una parte general o fundamental y una parte especial o aplicada. La bioética general se ocupa de los fundamentos éticos, de los valores y principios que deben dirigir el juicio ético y de las fuentes documentales de la bioética (códigos médicos, derecho nacional e internacional, normas deontológicas y otras fuentes que enriquecen e iluminan la discusión, como las biográficas, literarias o religiosas). La bioética especial se ocupa de dilemas específicos, tanto del terreno médico y biomédico como referentes al ámbito político y social: modelos de asistencia sanitaria y distribución de recursos, la relación entre el profesional de la salud y el enfermo, prácticas de medicina prenatal, el aborto, la ingeniería genética, eugenesia, eutanasia, trasplantes, experimentos con seres humanos, etc (21.22).

Es claro que el enfoque que se dé a la fundamentación (bioética general) condicionará las posibles soluciones que se ofrezcan a los dilemas (bioética especial). Así ocurre con el rechazo de la eutanasia en un modelo bioético basado en la búsqueda de la verdad sobre el hombre y en el reconocimiento y respeto de su especial dignidad, o –por el contrario- la entusiasta aceptación de la eutanasia en los modelos relativistas basados en la autonomía absoluta de la libertad individual.

En ocasiones se habla de bioética clínica o toma de decisiones. En ella se examinan dilemas nacidos en el ejercicio asistencial de la medicina, analizándose los valores éticos en juego y los medios concretos disponibles para resolver el conflicto de la mejor manera. Si bien el caso particular presenta matices a considerar y priorizar, la conducta no debería entrar en contradicción con los valores utilizados en la bioética en general (23, 24).

A la Bioética, como disciplina, le corresponde una unidad pragmática determinada por un conjunto abierto de problemas prácticos nuevos (no sólo éticos, sino morales y políticos: la Bioética arrastra desde su constitución la confusión con la biomoral y, por tanto, con la biopolítica) que giran en torno a la vida orgánica de los hombres y de los animales, y por un conjunto, también abierto, de resoluciones consensuadas por las instituciones competentes, desde los comités asistenciales de los hospitales hasta las comisiones nacionales o internacionales que suscriben algunas de las citadas resoluciones o convenios, como pudieran serlo la Conferencia Internacional de Medicina Islámica (Kuwait 1981) o el Convenio de Asturias (Oviedo, 4 de abril de 1997) en el ámbito del Consejo de Europa, o sencillamente disposiciones legales como la Ley (española) del Medicamento (25/1990).

Los problemas prácticos de la Bioética, lejos de «surgir originariamente», a partir de supuestas inquietudes de una conciencia «aporética», se han planteado en función de los desarrollos de la medicina experimental y de la biotecnología (trasplantes de órganos, ingeniería genética, clonación, &c.), por un lado, y de las transformaciones de la estructura social (incremento espectacular de la demografía humana como consecuencia de la revolución científico industrial, neutralización de la influencia social y política de los códigos éticos, morales o religiosos propios de diferentes confesiones religiosas o partidos políticos en función de la mundialización de las relaciones internacionales de la postguerra, y expansión de las sociedades democráticas asociadas a la economía de mercado de los consumidores) por otro.

La novedad de la problemática bioética, unificada en función de la totalización del propio concepto de «Biosfera», no excluye las semejanzas con otros problemas y resoluciones heredadas de la tradición médica, moral o jurídica, susceptibles por tanto, en parte, de ser incorporadas, tras las reconstrucciones pertinentes, al campo de la Bioética como disciplina (25).

El desarrollo científico-técnico de nuestro tiempo ha impactado de forma importante en el contenido de la ética tradicional, que desde HIPÓCRATES no había conocido revisiones y aportaciones conceptuales tan importantes.

También es importante constatar que una ética profesional, en este caso médico-sanitaria, ya no se dedica sólo a la relación médico-enfermo ni en la forma tradicional, pues la laboralización de los profesionales y su relación con sus empresas sanitarias plantean una dinámica trilateral, con un orden jurídico, con obligaciones de información a la institución y a los pacientes que plantean contradicciones entre la autonomía de los mismos, los intereses empresariales e incluso la moral subjetiva de los protagonistas de conflictos en los que nos obligan a mantener una actitud laica, y que a veces por acción u omisión debemos ser beligerantes, en la aplicación de decisiones a favor de los intereses de los pacientes, del respeto a su autonomía o de sus derechos humanos, etc. El profesional también tiene derecho a que se respeten sus planteamientos e incluso a que en la toma de decisiones se vea asesorado por expertos, en casos de objeción de conciencia, o conflictos en los que en última instancia cabe la consulta al estamento jurídico, juez, magistrados, etc (27,28).

La invasión tecnológica en el sector salud no solo ha provocado un alejamiento de los profesionales de las personas que atienden, especialmente en el caso de los médicos, afectando seriamente su habitual relación médico-paciente, sino también un incremento de las iniquidades, y en el mundo de las iniquidades, los mas desfavorecidos son las mujeres, los niños y los adultos mayores. Esto ha generado un reclamo de justicia distributiva de los recursos, que, en el sector salud puede identificarse con el logro de la accesibilidad a los servicios sanitarios; pero como la tecnología es más sofisticada de lo que era antes, y también más cara, se crea la disyuntiva de ¿quién debe tener un tratamiento cuando los recursos limitados indican que no todo el mundo puede?

Si bien las personas son iguales, es decir, deben tener igualdad de derechos y de oportunidades; al mismo tiempo son distintas y en aras de esa diferencia, deben recibir de acuerdo a ellas, es decir, los mas desfavorecidos deben recibir mas para que el trato sea realmente equitativo, que es un grado superior al de la simple justicia. Por su parte, el reconocimiento de las diferencias es la expresión del respeto a la individualidad (29).
Ante esta nueva realidad, la profesión médica se ha percatado de que ya no puede confiar por entero en su propia conciencia. Las cuestiones a las que sus miembros deben responder no están ahora relacionadas simplemente por la clásica relación médico-paciente. Es precisamente en estas circunstancias en las que Potter lanza su idea de que la Bioética sirva de puente entre los nuevos problemas planteados a la biomedicina y el ethôs social.

A partir de las ideas de Potter, especialmente en EUA, los filósofos de su país habían comenzado a fundamentar teóricamente sus propuestas (30). A partir de ahí fueron derivadas varias posturas, acordes con la filosofía liberal. Las principales corrientes han estado representadas por el principalismo (privilegiando la autonomía por encima de la justicia –que había esgrimido Potter), el consecuencialismo, el casuismo y el utilitarismo (pragmatismo neoliberal); también en Europa, se desarrollan diferentes teorías bioéticas (31):

·Principalistas: Beauchamp and Childress; Instituto Kennedy de la Universidad de Georgetown.
·Casuísticos: Jansen, Toulmin, Siegler, Winslade.
·Ética de las virtudes o narrativa: MacInyre, europeos y latinoamericanos.
·Proceso de toma de decisiones conflictivas: Thomasma, Pellegrino, Engelhardt, Hans-Martin Sass.
·Sincréticos: Hastings Center of Philadelphia.
·Dilemáticos: Erde, Brody.
·Juicios éticos principalistas y casuísticos al mismo tiempo: Candee y Puka.
.Modelo racionalista: Peter Singer.
·Sistema de referencia, principios y consecuencias morales: Diego Gracia.

En las sociedades pluralistas, con diferentes filosofías y creencias religiosas, la ética profesional además de ser respetuosa debe ser beligerante en defensa de los pacientes y de los derechos humanos y no supone que esté vacía de contenido. La toma de decisiones siempre supone una elección entre alternativas diferentes, en las que siempre una será mejor (o menos mala) para el paciente que el resto. Por ello ya sabemos que por procedimientos deductivos, inductivos o de inferencia, o reflexivos con coherencia, los procedimientos y planteamientos siguen basándose en los principios de: BENEFICENCIA, NO MALEFICENCIA, JUSTICIA Y AUTONOMIA (32, 33).

Las declaraciones de «principios» constituyen, de hecho, una de las actividades más características de la disciplina bioética. En muchas ocasiones estas declaraciones son ratificaciones o «recuperaciones» de principios propuestos con anterioridad a la constitución de la Bioética como disciplina (Código de Núremberg o Declaración de los Derechos Humanos en 1947; Declaración de Helsinki de 1964). Podríamos poner por caso la Declaración universal sobre el genoma y derechos humanos del Comité de Bioética de la UNESCO de 1997. Han adquirido un predicamento especial tres principios incluidos en el llamado Informe Belmont, propuesto por la comisión del Congreso de los Estados Unidos que trabajó durante los años 1974 a 1978 -el «principio de autonomía», el «principio de beneficencia» y el «principio de justicia»- a los cuales se agregó, en otras propuestas, el «principio de no maleficencia», como es el caso de la propuesta de T.L. Beauchamp (que fue miembro de la Comisión Belmont) y J.F. Childress, en su libro Principles of Biomedical Ethics (Oxford University Press 1979, 3ª ed. 1984).

La propuesta de reglas es explícitamente diferenciada de la propuesta de principios en muchas ocasiones. Por ejemplo, en el Convenio de Asturias del Consejo de Europa, antes citado, se establece como regla general el contenido del artículo 5 del capítulo II, sobre el consentimiento («regla general: una intervención en el ámbito de la sanidad sólo podrá efectuarse después de que la persona afectada haya dado su libre e informado consentimiento») (34, 35).

Principio de no maleficencia:
Este principio ya se formuló en la medicina hipocrática: Primum non nocere, es decir, ante todo, no hacer daño al paciente. Se trata de respetar la integridad física y psicológica de la vida humana. Es relevante ante el avance de la ciencia y la tecnología, porque muchas técnicas pueden acarrear daños o riesgos. En la evaluación del equilibrio entre daños-beneficios, se puede cometer la falacia de creer que ambas magnitudes son equivalentes o reducibles a análisis cuantitativo. Un ejemplo actual sería evaluar el posible daño que pudieran ocasionar organismos genéticamente manipulados, o el intento de una terapia génica que acarreara consecuencias negativas para el individuo (36).

Otra forma de conceptualizarlo se refiere a la búsqueda del bien o beneficio del paciente, a la protección de sus derechos, a la obligación de socorro y a las decisiones que requieren a veces un análisis de coste-beneficio en la toma de decisiones terapéuticas, etc. Evitando tratamientos y medidas ineficaces o fútiles, etc. Todo ello se deriva de que cada paciente es un fin último en sí mismo, y nuestra actividad diagnóstico-terapeútica es un instrumento a su servicio.

Principio de beneficencia:
Se trata de la obligación de hacer el bien. Es otro de los principios clásicos hipocráticos. El problema es que hasta hace poco, el médico podía imponer su propia manera de hacer el bien sin contar con el consentimiento del paciente (modelo paternalista de relación médico-paciente). Por lo tanto, actualmente este principio viene matizado por el respeto a la autonomía del paciente, a sus valores, cosmovisiones y deseos. No es lícito imponer a otro nuestra propia idea del bien (37).

Este principio positivo de beneficencia no es tan fuerte como el negativo de evitar hacer daño. No se puede buscar hacer un bien a costa de originar daños: por ejemplo, el "bien" de la experimentación en humanos (para hacer avanzar la medicina) no se puede hacer sin contar con el consentimiento de los sujetos, y menos sometiéndolos a riesgos desmedidos o infligiéndoles daños. Como dice Hans Jonas (1997 edición española), aunque la humanidad tiene un interés en el avance de la ciencia, nadie puede imponer a otros que se sacrifiquen para tal fin.

Matizado de esta manera, el principio de beneficencia apoya el concepto de innovar y experimentar para lograr beneficios futuros para la humanidad, y el de ayudar a otros (especialmente a los más desprotegidos) a alcanzar mayores cotas de bienestar, salud, cultura, etc., según sus propios intereses y valores.

También se puede usar este principio (junto con el de justicia) para reforzar la obligación moral de transferir tecnologías a países desfavorecidos con objeto de salvar vidas humanas y satisfacer sus necesidades básicas (38).

Como regla general para este campo podríamos tomar el quinto mandamiento de Moisés: «No matarás.» Subrayamos que este «mandamiento» se toma aquí como una regla y no como un principio. Al limitarlo a la condición de regla quiere decirse que tiene excepciones; excepciones que podrían considerarse derivadas (cuando nos mantenemos en la perspectiva de la Bioética) de la dialéctica entre la firmeza y la generosidad. La regla general se aplica al propio individuo, y toma la forma de una censura del suicidio; sin embargo tiene excepciones, en los casos en los que el mantenimiento de la propia vida sea incompatible con el principio de la firmeza (es el caso del suicidio decidido por el autor de un «crimen horrendo»). Asimismo, de la regla general, se sigue la prohibición del homicidio; pero esta prohibición tiene también sus excepciones (no atenta a ninguna norma bioética matar a otra persona en legítima defensa, o en virtud de una sentencia de eutanasia procesal) (39).

Principio de autonomía o de libertad de decisión:
Este concepto se está abriendo paso en nuestro entorno cultural, con muchas implicaciones referentes a la capacidad de tomar decisiones de las personas, tanto pacientes como sanitarios y armonizando las contradicciones y conflictos.

Se puede definir como la obligación de respetar los valores y opciones personales de cada individuo en aquellas decisiones básicas que le atañen vitalmente. Supone el derecho incluso a equivocarse a la hora de hacer uno mismo su propia elección. De aquí se deriva el consentimiento libre e informado de la ética médica actual (40)

El concepto del CONSENTIMIENTO INFORMADO, ha aparecido como instrumento para exponer la información al paciente y así con más compresión de los hechos obtener su consentimiento ya ilustrado y más consciente. Todo ello supone una garantía para los pacientes y también para los sanitarios que lo practiquen en situaciones de conflicto, siendo importante para eliminar y evitar prácticas de “cobayismo”, etc, en los proyectos de investigación y evitando los abusos espeluznantes vividos en campos de concentración nazi y algunas prácticas con presos, etc.

En lo que a la práctica clínica se refiere se recomienda la confección de modelos de fácil comprensión en su redacción, huyendo de tecnicismos crípticos que bajo cientifismos no se explique lisa y llanamente al paciente el procedimiento, ventajas e inconvenientes, complicaciones y riesgos, etc. En este procedimiento hay que distinguir dos aspectos el de la información que lleve a la comprensión, y posteriormente el de la decisión tomada libre y voluntariamente. Aunque resulte sorprendente, también hay pacientes que renuncian y no quieren ser informados, por motivos distintos, miedos, etc. Y también hemos de acostumbrarnos a este tipo de personas que renuncian al derecho de información y toman sus decisiones sin querer ser informados de los riesgos, etc, a pesar de la insistencia del médico en informar (41).

Cada vez que se plantean problemas de bioética, o de ética profesional médica, nos encontramos con novedades y hallazgos científico-técnicos que no podemos ignorar. Por otro lado detrás de cada decisión subyace una filosofía o ideología, pero si queremos ser respetuosos con el pluralismo social, los profesionales tendremos que regular nuestras conductas de forma compatible con este fenómeno es decir con arreglo a un código ético universal o laico, algo similar o a partir de los derechos humanos, para así no estar exentos de contenido y seguir procedimientos de reflexión amplios y no ideologizados con arreglo a credos subjetivos o fundamentalistas.

Resulta evidente que la medicina y la investigación científica son no sólo instrumentos de conocimientos, sino también de aplicación útil a favor de la humanidad, enfermos, etc. Otra cosa son las políticas sanitarias y sus enfoques económicos, que incluso plantean contradicciones cuando la finalidad exclusiva es el lucro o negocio, incluso a nivel mundial con la globalización, y dejan de ser instrumentos al servicio de la salud del hombre, sólo persiguen beneficios económicos, excluyen a los enfermos que no suponene un buen mercado, como ha planteado el tratamiento del SIDA en el continente africano, con los genéricos o medicamentos de menor costo, frente a las multinacionales que expusieron sus derechos de patentes etc, por encima de la situación socio-económica de esos países y enfermos (42, 43).

Justicia:
Este principio encierra enfoques tan diferentes, como filosofías o planteamientos ideológicos se adopten. No hace referencia a un concepto penal, civil o rectificador. En muchos casos se plantean disyuntivas de acceso desigual a la atención sanitaria, necesidades desiguales ante recursos limitados, oportunidad de elecciones sobre tratamientos a pacientes en listas de espera, donación de órganos, sin tráfico económico de los mismos, etc. Derecho a un mínimo decente de aistencia sanitaria, distribución y prioridades en el uso de recursos económicos-santiarios.

Hay que hacer y construir reflexiones constructivas en la política sanitaria, no se puede ser fundamentalista de una teoría ideológica de la justicia, que es insuficiente en la resolución de conflictos y enfrenta a veces prestaciones y financiaciones, etc. Siendo realistas y planteando con eficiencia el gasto sanitario, un sistema sanitario que busque un acceso a la atención sanitaria, en función de las necesidades de los pacientes, antes que otras consideraciones sociales o económicas de desigualdad en el acceso al sistema, corregirá la falta de oportunidades de los débiles o más necesitados.

También se plantean situaciones conflictivas, que han creado el concepto de objeción de conciencia, para así poder solucionar la colisión entre derechos de los pacientes y de los sanitarios etc, lo que nos ratifica en la importancia de abandonar fundamentalismos y enfoques o concepciones unívocas de la justicia. No es conveniente ideologizar los temas, y tomar decisiones confesionales cuando no proceden o se aplican sobre quienes no comparten la misma filosofía, o visión religiosa de la vida (44).

La bioética nació en un mundo bipolar en términos de poder – Este y Oeste. Curiosamente, en la década que precedió a la de la aparición de la bioética, se hablaba cada vez con mayor insistencia de un Tercer Mundo al que ni Potter ni Gafo jamás ignoraron. Por debajo y en el fondo de aquel mundo, con un poder distribuido “a diestra y siniestra”, subsistía el mundo bipolar en términos de distribución de las riquezas “de arriba hacia abajo” – Norte y Sur.

El mundo llega al borde entre dos milenios, aquejado por problemas que amenazan con borrar a la especie humana de la faz de la Tierra. Concluimos el segundo milenio, con fuertes y fundadas dudas de que nuestra especie llegue a ver la conclusión del tercero. El fin del pasado milenio vio desaparecer la frontera –de carácter aparentemente político-ideológico– simbolizada por el muro de Berlín, que dividió al mundo entre el Este y el Oeste. Con ella se esfumó la bipolaridad del poder. En la actualidad vivimos en un mundo manifiestamente unipolar en términos de poder.

En este mundo, sin embargo, la bipolaridad de la distribución de las riquezas no sólo no se ha desvanecido, sino que se acentúa cada vez con mayor dramatismo. Pueden existir en otras latitudes símbolos de la persistente división de la humanidad, pero para los entendidos el más ilustrativo de todos es el otro muro, el que se refuerza y se hace cada día más sofisticado tecnológicamente, el que siempre fue más letal que el que se alzó en Berlín: el muro que separa los territorios sustraídos a México por los Estados Unidos de América, del extremo norte de los que aún permanecen bajo la soberanía mexicana (45).

El modesto aporte de los filósofos de hoy propone el uso de la bioética en su carácter de puente hacia el futuro, entre disciplinas, entre ciencias y humanidades y entre culturas, pero además, como ariete para derribar los muros que dividen a los seres humanos entre sí. En no último lugar, tratamos de demostrar la utilidad de la bioética contra el muro cartesiano interior que ha pretendido aislar dentro de compartimientos estancos a la materia y al espíritu, en el que vemos la raíz de todo conflicto humano.

Los principios éticos enunciados desde la época de la Ilustración francesa, de libertad, igualdad y fraternidad, no han perdido ni su vigencia ni su universalidad, solo que se han quedado –en buena parte– en simples enunciados. Hay que estar de acuerdo con autores que, como Darryl Macer, demuestran que “la bioética existe en todas las sociedades, y en ese sentido es universal” mediante estudios rigurosos que evidencian las coincidencias en las aspiraciones básicas de gentes procedentes de contextos culturales muy diferentes (46).

La necesaria tolerancia hacia las prácticas consagradas por la tradición, en sociedades que sufren enormes penurias económicas (cuya máxima expresión se alcanza en países del tercer Mundo) y que se encuentran retenidas en fases primitivas del desarrollo social, no puede conducir a la consagración de diferencias que ofenden a la dignidad humana. El folklore y las tradiciones culturales de grupos étnicos que viven en el mundo no industrializado, han de conservarse cuidadosamente como patrimonio hereditario de quienes acuden a la cita del futuro de la humanidad llevando ese valioso aporte. Al mismo tiempo debe dárseles a esos grupos humanos la oportunidad, cuyo disfrute es aún privilegio de una minoría que monopoliza la cultura científica, de someter sus modos de interrelación humana al escrutinio de la ciencia unificada y holística de la Nueva Ilustración (47).

La globalización de la bioética, en un mundo que avanza inexorablemente hacia la globalización, es una necesidad muy poco discutible. Los intentos de fundar bioéticas particulares (nacionales, regionales, étnicas) deberán ir a parar, como el postmodernismo, en el baúl de curiosidades de la historia. Ni siquiera vemos en el auge de una bioética para el Sur diferente a la del Norte, una iniciativa feliz que pueda tener perspectivas de viabilidad. De lo que se trata es de aprovechar el momento de una conciencia acrecentada del destino común de toda la humanidad, para fortalecer una bioética global solidaria y humana, respetuosa del medio ambiente y de las diversidades tolerables. Pero una bioética global que siguiera la orientación neoliberal (teóricamente derrotada, pero con la vitalidad que le prestan sus interesados y poderosos promotores), avanzaría hacia una bochornosa anexión de la bioética del Sur por la Bioética del Norte.

En particular la parte mayoritaria de la humanidad que vive en condiciones de desventaja económica y social requiere apoderarse de las conquistas científicas para salir de su situación. Los países del llamado Tercer Mundo, a solas con sus conocimientos tradicionales –y su tradicional ignorancia, no será capaz de salir de su atraso. "Hacer que los pueblos teman a la ciencia es alejarlos de su posible salvación " esta sabia reflexión de Potter hace mención a la necesidad de usar la ciencia para alcanzar el desarrollo económico posible (48).

Cuba, que se encuentra a la misma distancia –tan lejos o tan cerca – como los demás países del mundo de la creación de una teoría bioética global, holística y unificada, es uno de los países periféricos que cubre el área geográfica de Ibero América. La bioética en Ibero América es uno de los bloques temáticos cubiertos por el II Congreso Mundial de Bioética. América Latina y el Caribe son la región del mundo donde la distribución de riquezas alcanza los mayores extremos de desigualdad. Sin embargo, Cuba está haciendo –a pesar de estar sometida al más prolongado y férreo bloqueo – una esforzada contribución a la práctica bioética. Cuba aparece entre los países del mundo con más alto índice de equidad y es aquí donde está el secreto de que, en medio de la pobreza ocasionada por el subdesarrollo económico y agravada por el bloqueo, este país puede exhibir indicadores de salud superiores a los de todos los países del Tercer Mundo, como es una expectativa de vida de 76 años y una tasa de mortalidad infantil inferior a 7 (49).

La contribución práctica de Cuba a la bioética en el campo del manejo del paciente HIV-SIDA, consiste en tener en funcionamiento un Programa de lucha contra esta enfermedad, que garantiza una atención integral a portadores y enfermos, tratamiento gratuito con antirretrovirales a todos los enfermos, centros de atención médica especializada para los casos que lo requieren, y lucha sin descanso por la más plena integración social con todos los derechos y sin discriminaciones. Gracias a eso, existe en Cuba la prevalencia más baja de las Américas y una de las más bajas del mundo, con el 0.03 % de la población entre 15 y 49 años de edad.

Mientras tanto, a los bioeticistas les queda seguir el consejo de Diego Gracia, de “hacer como Sócrates, salir a la plaza del pueblo...” a razonar con la gente sobre temas de bioética. Y con Umberto Eco pensar que: “Dios está donde no hay barullo". Esta máxima también es válida para quien no cree en Dios, pero cree que en alguna parte hay una Verdad que descubrir... En el trasiego del mundo de hoy, los lugares del silencio siguen siendo las universidades... Nosotros, la gente de universidad, estamos llamados a librar sin armas letales una infinita batalla por el progreso del saber y de la compasión humana.” (50, 51)

CONCLUSIONES
1. La bioética constituye, desde tiempos hipocráticos, el paradigma de conducta ético moral a seguir por el personal médico y paramédico en el perfecto ejercicio de la profesión.
2. La bioética se ha venido desarrollando en un escenario desigual, donde predomina la globalización económica de la salud, sin importar el alcance espiritual del trabajo humano.
3. Los principios que dieron origen y rigen las buenas prácticas éticas médicas son: beneficencia, no malignidad, autonomía o libertad de decisión y justicia. Todos ellos se cumplen de manera desigual en este planeta nuestro, donde los del Tercer Mundo no gozan de beneficio ético alguno por no haber alcanzado un desarrollo económico sostenible y sustentable.

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30. Ibidem.
46. Darryl Macer. “Bioethics”. Biotechnology and Development Monitor, No. 32, p. 2-5. 1997.
47. Homenaje póstumo a Javier Gafo, en sesión especial del Comité Cubano de Bioética y la Academia de Ciencias de Cuba, con la participación del Prof. José Ramón Amor Pan. La Habana, Cuba. Octubre 3, 20001.
48. Potter V.R. Deep and Global Bioethics For a Livable Third Millennium. The Scientist, Vol: 12, #1, p. 9, January 5, 2000 (cursivas añadidas - DPH).
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51. Marcelo Palacios. "La Bioética en el Siglo XXI". Conferencia en el I Congreso Iberoamericano de Bioética. Febrero 6-9, 2001. Caracas. Venezuela.

AUTORES
Alejandro Novo Fleitas.
Gisela Hernández Molina.
Lenia J. Blanco Noguera.
Leyanis García García.
Lissette Romero Quiñones.
Yudeysis Jorge Ledesma.
Tutor: Lic. Gilberto R. Justiniani Fernández.

Filial Ciencias Médicas Oeste, Habana. Artemisa 2008.


Enviado por Lic. Gilberto R. Justiniani Fernández
Contactar mailto:justiniani@hab.uci.cu


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Publicado Monday 19 de May de 2008