Cuando los dinosaurios deambulaban por la
tierra sin miedo a perderse y se sentían los “amos y señores” de este
planeta, una gran cantidad de especies se debieron adaptar a la vida nocturna,
ya que de otra manera terminarían en las mandíbulas de estos gigantes.
Tuvieron que desarrollar buen olfato, buen oído y un buen cerebro: esto les
permitió subsistir a la era reptiliana, de unos 170 millones de años.
Se sabe que el cerebro de un dinosaurio no era
muy grande y que carecía de gran complejidad: una bestia de 20 toneladas poseía
uno que pesaba menos de 200 gramos y no era más grande que el de el tamaño de
una naranja. Este cerebro respondía a órdenes fijas como comer a un animal
pequeño o huir de uno de mayor tamaño.
Las posibles víctimas de estos mastodontes,
se debieron orientar por ruidos y olores, recibiendo una información incompleta
que, evidentemente, requería una mayor elaboración. Se encontraban obligados a
recordar y meditar. No respondían sólo a impulsos e instintos. También debían
aprender, ya que por medio de este aprendizaje elaboraban nuevas conductas,
sacando provecho de viejas experiencias. Sin embargo, ninguno de estos animales
encontró oportunidad de demostrar su inteligencia hasta que el último de los
grandes dinosaurios abandonó la tierra.
Para muchos científicos los animales actúan
con premeditación. Trazan planes penetrando en el pensamiento de sus semejantes
y adaptan su conducta para engañar las mentes de los demás. Comprenden las
situaciones de una manera que sugiere una representación mental del mundo que,
lejos de limitarse al presente, abarca lo que fue y podría ser. Partiendo de
estas premisas, los etólogos hacen preguntas cada vez más profundas y
perturbadoras debido a su connotaciones éticas: ¿A qué llamamos inteligencia
entre los animales? ¿Poseen una vida interior y practican la introspección, en
vez de seguir como autómatas reglas de conducta predeterminadas, ya sean genéticas
o aprendidas? En otras palabras, ¿Poseen esa cosa sublime denominada
conciencia?
Las respuestas van surgiendo lentamente, en
parte porque por mucho tiempo la mejor formulación de estos interrogantes se
consideró un faux pas científico.
Hace algunos años. Jacques Cousteau persiguió
un cardumen de orcas formado por un enorme macho de por lo menos tres toneladas
y diez metros de largo, una hembra casi tan grande como él, siete u ocho
hembras un poco más chicas y seis u ocho crías. El macho era el líder y
“dueño” del grupo. Al principio de la persecución, las orcas estaban muy
seguras de sí mismas, se escondían en las aguas cada tres o cuatro minutos,
reapareciendo a más de medio kilómetro. Por lo general esto hubiese bastado
para perder a cualquier enemigo. Pero no así a la nave de Cousteau, a la que no
podían perder de vista. Los animales aumentaron su velocidad, pero esto no
resultó suficiente para perderlos. Entonces las ballenas giraron rápidamente a
la derecha, en un ángulo de 90 grados, luego a la izquierda y finalmente hacia
atrás. Intentaron simular giros de 180 grados. Finalmente, jugaron su “as de
espadas”, el macho dominante permaneció visible nadando hacia delante y
saltando cada tanto, acompañado por la hembra de mayor tamaño, en tanto que el
resto del grupo escapaba en dirección opuesta. Era obvio que intentaban perder
el barco.
Los monos y los simios, también suelen
mentir. El chimpancé de rango inferior que se aparea subrepticiamente con una
hembra de rango superior, sabe cómo debe comportarse si el macho dominante
acierta a pasar justo en ese momento: el adúltero se tapa rápidamente el pene
erecto, pues de otra manera sería severamente castigado por su superior.
Donald Griffin, observó la siguiente escena
en las praderas de Kenia: dos leonas subieron a sendos montículos bajos, y
permanecieron sin moverse tanto que parecían estatuas, ante la vista de dos
manadas de gacelas, en tanto que una tercera leona avanzaba encondiéndose por
una zanja paralela a una de las manadas. De pronto una cuarta leona salió del
monte con la velocidad de una flecha, y las gacelas comenzaron a dar unos
saltitos muy especiales y curiosos, con las cuatro patas al mismo tiempo, elevándose
en el aire. La tercera leona, que había logrado acercarse lo suficiente, atrapó
a una de un salto y, muy pronto, las cuatro cazadoras devoraban un excelente
costillar. Las dos primeras leonas ¿Por qué habrían permanecido en posiciones
visibles, si no era para impedir que las gacelas en estampida tomaran esa
dirección, alejándose de la leona agazapada en la zanja? ¿Fue casual que una
cuarta leona apareciera de golpe del monte para guiar a la presa hacia su congénere
escondida?
La habilidad para el engaño no deja de ser un
síntoma de inteligencia: hay que conocer la situación, prever sus
consecuencias y montar una estrategia para modificarlas.
Para el etólogo Alejandro Kacelnik, el
comportamiento de cada especie está determinado por su genoma. Pero, contra lo
que suele creerse, no existe un gen específico para un comportamiento. “Un
mismo comportamiento depende de muchos genes –explica Kacelnik-. Cada uno está
determinado no sólo por mucho genes, sino por la interacción de éstos con la
historia del individuo”.
El desarrollo biológico es epigenético:
interacciona la información genética con las circunstancias en las que está
se manifiesta. “Y esa interacción dinámica da lugar a lo que en biología se
llama fenotipo, que es el resultado de la información genética y el proceso de
desarrollo individual”. Y Wilson, E. O., conocido como el padre de la biología
social, manifiesta que “los animales no se limitan a caminar respondiendo a
estímulos, como vehículos exploradores enviados a Marte. Tienen una imagen
mental de lo que quieren y pueden revisar las alternativas”.
Sin embargo, son pocos los científicos
especializados en fauna silvestre que han podido observar semejante cooperación
entre animales. Para la mayoría de ellos, estos relatos pertenecen a una mera
anécdota... y éstas no son bien recibidas por la ciencia, que desea ver
ejemplos repetibles y estadísticas firmes. No obstante, cuando de su conciencia
animal se trata, los comportamientos habituales pueden ser justamente lo no
deseado. Lo más probable es que un acto reiterado con regularidad obedezca a
una regla simple y aprendida, en cuyo caso el animal tiene tanta conciencia como
un termostato. De ahí que, pese al desden por lo anecdótico, algunos de los
inicios más convincentes de una conciencia animal, provenga de actos poco
frecuentes y hasta únicos.
Durante las décadas del 70 y del 80, los
esfuerzos de los psicólogos por enseñar a los animales a responder ciertas
preguntas, por ejemplo: ¿Qué es esto?, valiéndose de un teclado o un lenguaje
de signos, dieron por fruto toda clase de trabajos polémicos acerca de su
captación de la semántica y la estructura de las frases. Cuando las filmadoras
y los lápices se llamaron a sosiego, los animales manifestaron poseer algo más
que inteligencia.
El científico Heribert Schimid, manifiesta
que “la rigidez, el automatismo y el carácter rutinario de la comunicación
entre los animales inferiores facilitan enormemente el acceso a otras formas más
complejas. Ello no significa, sin embargo, que los animales citados sean meros
autómatas, si bien hay que reconocer que los animales superiores disponen de
mayores facilidades de elección en lo que respecta a su forma de reaccionar
ante determinadas señales, posibilidades que alcanzan sus mayores cotas en el
hombre, hasta el punto que sólo en éste puede hablarse de libertad. Pero también
nosotros, los seres humanos, reaccionamos automáticamente en múltiples
situaciones, en muchas más de las que creemos y de las que quisiéramos.
En la naturaleza encontramos constantemente
animales que se aparean con miembros de su misma especie, que cazan juntos, que
se asocian para defenderse de un enemigo común y que crían conjuntamente a su
prole. Entre los miembros de una misma especie tiene que existir necesariamente
alguna forma de comunicación y entendimiento.
Todos sabemos que los loros hablan, pero
durante los últimos 15 años. La etóloga Irene Pepperberg ha estado trabajando
con un locuaz loro africano llamado Alex. Este loro hace comentarios sobre todo
lo que ve. “Caliente”, le advierte con voz suave y aniñada a una visita que
está a punto de tomar un café. Alex detecta un plato lleno de frutas y snuncia
su elección en voz alta: “Uva”. Hasta cierto punto, Alex, aparentemente
entiende que el lenguaje es un medio de interacción social y lo usa para
mantener el contacto y llamar la atención. “El inglés que Alex usa no tiene
necesariamente todas las características del lenguaje”, explica Pepperberg,
“pero ofrece un sistema de comunicación bidireccional que permite explorar su
proceso de pensamiento”. Sin embargo, sus arranques no provocados resultan aún
más desconcertantes. Cierta vez, Pepperberg lo llevó al consultorio de un
veterinario para someterlo a una operación de pulmón. Al ver que iba a
marcharse sin él. Alex le grito: “Ven! Te amo. Lo siento. Quiero volver”.
Creía que ella lo abandonaba en castigo por una mala acción.
Los
monos demostraron su capacidad real para expresarse, para “hablar” en términos
comprensibles para los humanos.
Algunos de estos
animales llegaron a dominar más de 500 signos de lenguaje para sordomudos
“Armeslan”. Constan en los informes de una hembra que utilizó
–gestualmente- las expresiones “ir” y “dulce” cuando pretendía
acercarse a un plato de frutillas, y de un macho que para pedir que abrieran la
heladera expresó “abrir-comer-beber”. Esta capacidad de asociación es el
elemento que diferencia a estos animales de otros.
El ordenador fue otro de los sistemas de
comunicación empleados: una tecla cumple las funciones de signo lingüístico.
Entre los experimentos se mostraba alimento y se debía informar a otro de su
especie –a través del teclado- cuál era el contenido del recipiente y éste
solicitar al ordenador el alimento en cuestión. El porcentaje de aciertos fue
del 90%: cuando la comunicación entre los dos animales era perfecta, se abría,
automáticamente, la caja cerrada.
En una pileta soleada no demasiado lejos del
clamor de Waikiki Beach –Hawaii- dos delfines hembras, con la cabeza fuera del
agua, esperan la orden “bien”, dice Louis Herman “ahora vamos a intentar
hacer un tándem creativo”. Dos estudiantes universitarios ubicados en los
extremos opuestos de un tanque de 15 metros se entregan en cuerpo y alma a la
tarea de comunicar este mensaje a los delfines. Primero, los humanos, con el
brazo en alto y el índice extendido, piden a Phoenix y Akeadamai que presten
atención. Luego golpean los índices de ambas manos entre sí, con un gesto
que, de acuerdo con lo que les enseñaron, significa tándem. A continuación:
levantan los brazos formando una figura amplía que quiere decir creativo. Lo
que acaban de decirles es: “Hagan algo creativo juntos”.
Los delfines se alejan de sus entrenadores y
se sumergen a dos metros de profundidad, donde se los puede ver trazando círculos,
hasta que empiezan a nadar en tándem. Una vez que están sincronizados, los
animales, al unísono, salen del agua de un salto, arrojan chorros de agua por
la boca y se zambullen de nuevo.
La comunicación entre los seres humanos y los
delfines tiene lugar mediante un lenguaje gestual. Algunas de cuyas palabras las
tomaron prestadas del lenguaje americano de signos. Los entrenadores hacen los
gestos con grandes y entusiastas movimientos de brazos, con los que piden a
Phoenix y Akeadamai que cumplan determinadas órdenes.
Herman admite que los delfines están muy
alejados de los humanos en cuanto al uso del lenguaje. Pero insiste con
vehemencia en que tienen dominio conceptual de las palabras que aprenden.
“Si uno acepta que la semántica y la
sintaxis son atributos esenciales del lenguaje humano”, dice, “habremos
demostrado que los delfines también cuentan con estas dos características
dentro de los límites de este lenguaje”.
Un animal necesita especialmente un
pensamiento consciente original para resolver un problema sin precedentes...
Unos vándalos abrieron un gran orificio en el dique de unos castores,
provocando la salida precipitada del agua retenida. El grupo jamás había
sufrido semejante cataclismo. Sin embargo, cuando el macho adulto despertó al
atardecer y vio el daño, actuó inmediatamente: pidió ayuda a otros castores,
todos se zambulleron hasta el fondo de la laguna, recogieron lodo y vegetación
y taparon con ello los agujeros por debajo del agua. Los castores rara vez
reparan sus diques con cieno y desechos (prefieren las varas) pero cómo señalan
Griffin, “esta vez parecieron reconocer que las varas amontonadas nada podrían
contra el torrente” y alteraron su conducta normal. Al día siguiente, no bien
despertó, el macho tomó una vara de su madriguera y la arrastró hasta el
dique. ¿Había estado pensando concientemente en las filtraciones? Ningún
programa genético, ninguna regla aprendida dice “despierta y arrastra una
vara hasta el dique”.
Estas historias de animales son tanto más
asombrosas por cuanto van más allá del animalito “simpático e
inteligente”. Apuntan hacia una mente que no actúa reflexivamente, pero
sopesa alternativas, reconoce las creencias ajenas y es capaz de concebir
futuros posibles. “Si admitimos que poseen conciencia, sensibilidad y
emociones, tendremos que hacer un largo y severo examen del modo en que los
tratamos”. Ya que arrogante, el hombre observa con escepticismo cómo el
animal destruye las barreras y se acerca a su superior tradicional.
De todos modos, el tiempo juega a favor, hasta
igualarlo –si esto ocurriera alguna vez- pasarán algunos años, unos pocos
millones de años.
Cristian Frers.
Tte. Gral. Juan D. Peron 2049
7mo. “55”.
(1040) Ciudad Autonoma de
Buenos Aires.
República Argentina.
E-mail: cristianfrers@hotmail.com