La
puesta en marcha de la Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (ANEP)
supuso un auténtico hito para el sistema. La implantación en España de la
revisión por pares, definida a menudo como el menos malo de cuantos mecanismos
existen en el mundo para valorar la calidad de una propuesta científica, fue
clave en el devenir de un proceso de homologación internacional que iniciaba
por aquel entonces su andadura.
The
launching of the Agencia Nacional de Evaluación y Prospectiva (Spanish Agency
of Evaluation and Assessment, ANEP), was a definite landmark for the system.
Peer review, often described as the least bad quality evaluation mechanism for
scientific proposal, and its implementation in Spain represented a turning point
in the development of an international homologation process
Es
por todos conocido que España no ha sido un país pionero ni en éstas ni en
otras muchas lides. Sin embargo, en 1958 se creó la Comisión Asesora para la
Investigación Científica y Técnica (CAICYT) que una década después comenzó
con la evaluación científico-técnica (López Facal, 1997). Se basaba
principalmente en un esquema de conjuntos restringidos de hombres
sabios que, a pesar de su buena voluntad manifiesta, pecaban a veces de
exceso de cercanía a la hora de
elaborar sus informes y tropezaban muchas otras con decisiones políticas prácticamente
incompatibles con el respeto debido al proceso evaluador.
La
reestructuración de la CAICYT en 1983 consolidó el sistema de «evaluación
por pares» (peer review) y, además, los responsables políticos
del momento confiaron bastante en ella ya que, en gran medida, en la toma de
decisiones tuvieron muy en cuenta los informes técnicos emitidos por el
Gabinete de Estudios de la Comisión.
En
1985, la situación había variado algo; a efectos operativos, la ciencia y
la tecnología se habían dividido en doce áreas del saber a las que se
denominó ponencias; como secretario de cada una había un coordinador
que tenía la responsabilidad de seleccionar los pares
y debía dar cuenta de las evaluaciones efectuadas por ellos a un conjunto de
expertos, el presidente y los vocales de dicha ponencia. Estos
pequeños órganos colegiados, sobre la base de los informes de los evaluadores,
hacían propuestas que, tamizadas por el Gabinete de Estudios, eran, o no,
sancionadas por un Comité Interministerial de Programación.
Esta
experiencia sirvió para hacer una apuesta importante cuando en 1986 se
estableció un nuevo marco normativo para la definición de la política científica
y tecnológica en España. La Ley de Fomento y Coordinación General de la
Investigación Científica y Técnica (Ley de la Ciencia), además de regular
otros aspectos, fue innovadora al crear la Agencia Nacional de Evaluación y
Prospectiva (ANEP).
La
ley atribuyó como objetivos a dicha agencia la evaluación, «con
el máximo rigor e independencia», de cuantos asuntos científico-técnicos
le fueran encomendados por el Gobierno de la Nación, además de la realización
de estudios prospectivos en los temas que se le requirieran.
Tuve
el honor de ser nombrado el primer director de la ANEP, aunque esto supuso para
mí un alejamiento del laboratorio y de la cátedra. Me hice cargo de una unidad
administrativa deficiente desde su origen en cuanto a las dotaciones de personal
y de infraestructuras. A pesar de que, casi por definición, todos los
principios suelen ser penosos, la organización de la ANEP fue todo un reto y
toda una satisfacción. Quiero pensar, además, que la carencia de recursos
favoreció el diseño y el funcionamiento de una unidad ágil, flexible y
participativa que, quizá, con más medios no hubiera conseguido los mismos
resultados.
De
las diversas facetas del reto, la primera fue la selección del personal científico-técnico.
Siempre he creído que lo más importante de una empresa es la componente humana
o, como la ha llamado Galíndez (1993), la «estética
de una empresa». Y a eso nos dedicamos, a intentar descubrir a los mejores
entre científicos jóvenes que, a la vez, fueran destacados en su área, a
convencerles de que se sumaran al proyecto, a formar un equipo coherente a veces
con galgos y a veces con podencos,
con un único ejemplar de cada especie científica, a modo de un hemiarca
de Noé, pero siempre integrado en un equipo multidisciplinar con objetivos
comunes. En otras palabras, a «crear
ilusión» como ha dicho Pascual
(2001).
Por
otra parte, resultaba claro que cualquier propuesta debía ser examinada en el
contexto en el que tuviera mayores posibilidades de ser apreciada en sus justos
términos y siempre en comparación con otras propuestas similares. Esto forzó
a la elaboración de un sistema, lo más ecuánime que se pudo, de distribución
del trabajo entre las distintas ponencias. Esta labor fundamental de clasificación
o sexaje obligó a buscar personas
que tuvieran el conocimiento y la sensibilidad adecuadas y, a la vez, asumieran
la responsabilidad de distribuir el juego.
Creo
que se logró escoger razonablemente a las personas adecuadas para los fines
deseados en cada caso. Años después, se ha podido comprobar que la mayoría de
las personas seleccionadas en esa etapa se han distinguido claramente entre las
mejores de su área.
Los
actores de la evaluación
Ya
hemos dicho que la evaluación científica se basa genéricamente en la revisión
por pares. Pero ¿quiénes eran los pares en una comunidad científico-tecnológica
tan pequeña como la nuestra? Había un principio intuitivo fundamental: cuanto
más alejado se encuentre el evaluador de lo evaluado, mejor. Por tanto, había
que dar un paso más en el conocimiento de los evaluadores y averiguar las
distintas conexiones entre nuestros científicos, tanto las que pudiéramos
llamar positivas como las negativas; había que aumentar nuestro universo con
científicos extranjeros o españoles no vinculados directamente a nuestro
sistema. En una palabra, había que incrementar y cualificar nuestro banco de
evaluadores. Así se hizo. El banco de evaluadores creció desde unos 2700
nombres en 1985 a más de 7000 en 1990, de los que un número muy importante
eran extranjeros.
La
segunda faceta del reto estaba en la búsqueda, y posterior aplicación, de
metodologías de evaluación homologables con las de los sistemas más avanzados
(por ejemplo, con la National Science Foundation de Estados Unidos). Nos dimos
cuenta que soplaban vientos de fronda. Diversos autores se referían a la falta
de estudios convincentes sobre la evaluación, con la crítica añadida sobre
los efectos y la validez de la misma, pareciendo indicar que, generalmente, en
ella existía más oscuridad que luz y más
conflicto que consenso. Cabía dudar de casi todo y era preciso ser muy
cauto. Todo ello hizo que, en muchos casos, fuera necesario diseñar
procedimientos ad hoc lo que, a mi juicio, se hizo con éxito.
Y
ahora que digo éxito, ¿cómo se podía cuantificar el éxito de la ANEP? Pues
bien, la ANEP tenía un número fijo de los que se podrían llamar clientes
cautivos, esto es, aquellos que, por ley, estaban obligados a remitir todos
sus papeles y a esperar para su toma de decisión los informes de la ANEP; entre
ellos, la Dirección General de Investigación Científica y Técnica del
Ministerio de Educación y Ciencia, la Secretaría General del Plan Nacional de
I+D y el Centro para el Desarrollo Tecnológico e Industrial. El éxito consistía
en lograr clientes que lo fueran por
decisión propia; pronto los hubo de este tipo, como fueron diversas
comunidades autónomas, numerosas universidades, el Fondo de Investigaciones
Sanitarias de la Seguridad Social (FIS), el Instituto de la Mujer del Ministerio
de Asuntos Sociales, diversas entidades y fundaciones españolas privadas,
entidades oficiales de países como Argentina, Chile, México o Venezuela, etc.
Se había logrado prestigio. La aceptación de los resultados de la evaluación
por parte de la comunidad científica fue en aumento y su cultura se fue
introduciendo en la sociedad.
La
tercera faceta del reto fue la relativa a los tiempos de evaluación. Era muy
frecuente que los encargos de evaluación lo fueran con unos calendarios rayanos
en lo imposible. Las presiones para obtener los informes en el momento requerido
por los gestores fueron, en algunos casos, muy grandes. A pesar de la escasa
dotación de personal y de medios de que disponía la ANEP, también se
resolvieron estos problemas, esta vez gracias al voluntarismo y al buen hacer de
todo su personal que trabajó siempre como un gran equipo.
La
cuarta faceta del reto antes referido era lograr el máximo nivel de acuerdo
entre los informes de la ANEP y las decisiones de los gestores propiamente
dichos. Con los clientes cautivos
pronto surgió la idea de que la toma de decisión se basaba en el binomio calidad
+ oportunidad; el término
calidad lo ponía la ANEP y el término oportunidad lo ponía el cliente y
dependía del programa del que se tratara. Así, en programas de ciencia básica
el término oportunidad debía ser muy pequeño (tan oportunas son las matemáticas
como la lingüística,
por ejemplo), mientras que en programas aplicados, superado un umbral mínimo de
calidad, el término oportunidad podía ser muy grande (por ejemplo, la
localización de una gran instalación científica tiene una gran componente de
política territorial). Se comprobó que estos clientes, bajo la atenta mirada
de la Comisión Permanente de la Interministerial de Ciencia y Tecnología,
respetaban las reglas del juego y aplicaban adecuadamente el binomio. En los
pocos casos en los que se verificó que alguno de los otros clientes no lo hizo
así, se le descalificó como usuario de la ANEP.
La
credibilidad del sistema
Creo
que la ilusión se logró. La
comunidad científica y técnica se sintió partícipe de esa ilusión
y comenzó a admitir mayoritariamente la evaluación como una práctica habitual
para el logro de parámetros de calidad. Se mejoró la transparencia y la
credibilidad en las reglas del juego y se generó, por una parte, conocimiento
acerca del propio proceso de evaluación y, por otra, información sobre el
conocimiento científico que producía el sistema y sobre los actores
responsables de su generación, acumulación, difusión y utilización. Todo
ello confirió a la ANEP una reputación sin precedentes en el sistema español
de ciencia y tecnología.
Como
conclusiones habría que decir, en primer lugar, que la evaluación es una
cultura que sólo tiene sentido en el contexto de una estrategia definida y
participativa entre los diversos agentes y que se plantee como objetivo la
optimización del potencial del sistema español de ciencia y tecnología,
factor clave para la tan deseada (y deseable) innovación. No hay ninguna duda
acerca de la contribución de la ANEP, desde su establecimiento hasta ahora, a
la creación y a la generalización de esta cultura en un país en el que existía
una gran carencia en esos ámbitos.
En
segundo lugar, es preciso afirmar la importancia de no desechar lo preexistente
ni intentar partir de cero para lograr un objetivo. El desprecio a las
experiencias previas es, en general, una señal inequívoca de ignorancia y, en
el caso de la evaluación, supone desconocer que ella misma constituye un
elemento esencial en el proceso de aprendizaje de cualquier sistema, en la
medida en la que contribuye a la creación de capacidades. A riesgo de parecer
petulante quiero mencionar un concepto muy en boga hoy: el de inteligencia
organizativa. La ANEP, en los años mencionados, a pesar de sus diversas
carencias, fue buen ejemplo de este concepto. Personas inteligentes trabajando
de manera inteligente. Sin un proceso de aprendizaje basado en un análisis
exhaustivo de aciertos y errores, difícilmente se puede llegar a diseñar
organizaciones inteligentes. Ojalá las nuevas agencias de evaluación
recientemente creadas por los actuales responsables políticos puedan gozar de
esta misma inteligencia para poder evitar que se sigan acumulando años
perdidos como, según Lafuente y Oro (2001), han sido los últimos ocho años
en los que no nos hemos acercado más a Europa en términos de inversión en I+D
y, además, junto con Europa, nos hemos alejado de Estados Unidos y de Japón.
Roberto
Fernández de Caleya
es Catedrático de Química y Bioquímica de la Universidad Politécnica de
Madrid. En el período comprendido entre 1990 y 1995 fue Director General de
Investigación Científica y Técnica del Ministerio de Educación y Ciencia.
Con anterioridad ejerció como primer Director y organizador de la Agencia
Nacional de Evaluación y Prospectiva.
Bibliografía
Galíndez
A.: El
factor humano y la estética en la empresa, Publicaciones ETSII de Bilbao,
Colección Perfiles Profesionales, Bilbao, 1993.
Lafuente
A., Oro L.A.: «El Sistema Español de Ciencia y Tecnología, Diez años
después», Papeles y Memorias de la Real
Academia de Ciencias Morales y Políticas 2001;
9: 48-61.
López
Facal J.: «El sistema español de I+D», Arbor
1997; 617-618: 23-36.
Pascual
P.: «Ha desaparecido la ilusión», Boletín
de la Sociedad Española de Bioquímica y Biología Molecular 2001;
131:4-5.
Frases
destacades
«La
Ley de la Ciencia atribuyó como objetivos a la Agencia Nacional de Evaluación
y Prospectiva la evaluación, con el máximo rigor e independencia, de cuantos
asuntos científico-técnicos le fueran encomendados por el Gobierno.»
«La
evaluación es una cultura que sólo tiene sentido en el contexto de una
estrategia definida y participativa que se plantee como objetivo la optimización
del potencial del sistema español de ciencia y tecnología.»