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Impacto de la ciencia y de la tecnologia en el desarrollo general de las civilizaciones


Enviado por Ph. D. Sergio A. R. Gutiérrez Morales
Código ISPN de la Publicación: EpZyEZZVpFtAaYMuSW


Resumen: Parece necesario comenzar discutiendo los conceptos de ciencia, tecnica, tecnologia y tecnociencia, y definir con cierta aproximacion el significado que se les atribuye. Los conceptos aludidos encuentran en la literatura disponible un uso muy variado, diferenciado y aun contradictorio. Existen infinidad de definiciones de ciencia e igualmente ocurre con las de tecnologia. Pero mas alla de esa enorme diversidad esta el gran arraigo social que una y otra tienen en la sociedad contemporanea, lo que conduce a su uso cotidiano en la educacion, en todos los medios de difusion, en los discursos politicos, etc.


   

  

ÍNDICE

Introducción

Recuerdo histórico

El fenómeno llamado ciencia

La ciencia como trabajo profesional

El siguiente escalón: de la técnica a la tecnología

Cómo se puede definir a la tecnología

La esencia de la Tecnociencia

Conclusión

Comentario leve. Silogismo inconcluso, atípico

y contradictorio. Presente y futuro de la tecnociencia

 

APÉNDICE: Algunos hitos de la ciencia y de la técnica

que han influido en el desarrollo de la Humanidad

 

Bibliografía

 

 

 

Introducción

Parece necesario comenzar discutiendo los conceptos de ciencia, técnica, tecnología y tecnociencia, y definir con cierta aproximación el significado que se les atribuye. Los conceptos aludidos encuentran en la literatura disponible un uso muy variado, diferenciado y aún contradictorio. Existen infinidad de definiciones de ciencia e igualmente ocurre con las de tecnología. Pero más allá de esa enorme diversidad está el gran arraigo social que una y otra tienen en la sociedad contemporánea, lo que conduce a su uso cotidiano en la educación, en todos los medios de difusión, en los discursos políticos, etc. Esta diversidad se explica por las muy diferentes corrientes filosóficas, escuelas científicas, sociológicas, epistemológicas e históricas, que a lo largo de este siglo han estudiado sistemáticamente la ciencia y la tecnología.

Por tanto, es imprescindible, que, previamente, se adopte el necesario orden conceptual, especialmente cuando se contempla desde la perspectiva de los procesos sociales que determinan la evolución y desarrollo de la ciencia y la tecnología.

La comunidad científica está de acuerdo en destacar las profundas e intensas interacciones que caracterizan hoy los vínculos entre la ciencia y la tecnología. Esta recíproca interacción representa un elemento esencial de la actual civilización. El concepto de tecnociencia, poco conocido y por ello menos extendido, sirve, en algunos casos,  para diferenciar los límites borrosos que existen entre ciencia y tecnología, que en otros casos  se presentan como inexistentes. De aquí surgen las primeras confusiones conceptuales.

El método seleccionado de exposición de este trabajo es el clásico, es decir, comenzaré por describir, diferenciándolas, a la ciencia y a la tecnología. Luego, se irá desarrollando sucesivamente los conceptos de ciencia, técnica, tecnología y tecnociencia, todas ellas distintas entre sí pero profundamente vinculadas a la sociedad. Se estudiarán, además, cómo se han ido generando estos vínculos y cuáles han sido sus repercusiones en las diversas  civilizaciones hasta llegar a la actual, y qué se espera de ellas en el futuro.

Además, he creído oportuno incluir un Apéndice en el que se relacionan algunos hitos de la ciencia y de la técnica, tanto antes como después de Cristo, que de algún modo han influido en el desarrollo de las sociedades, y que algunos de ellos han permitido dar un enorme salto cualitativo a la Humanidad.

Sé que la labor que presento en este texto ha sido ardua, y que tal vez no alcance lo que pretendo, pero en cualquier caso, es para mí ilusionante saber que es posible que en el transcurrir de este ensayo aparezca, aunque sólo sea esto, algún dato, hecho,  cita o frase oculta hasta hoy, que haya pasado desapercibida para otros autores. En estos datos, hechos, citas o frases, tal vez se encuentre una novedosa interacción entre ciencia y tecnología, que den la clave de cómo se encauzan actualmente y sus repercusiones.

Recuerdo histórico.

El concepto de ciencia no se puede definir como opuesto al de técnica, tal como ocurre algunas veces. En principio, la función de la ciencia se vincula a la adquisición de conocimientos,  cuyo ideal tradicional  es reconocerla como la teoría que es capaz de mostrar opciones y proposiciones verdaderas que demuestren la realidad de los fenómenos. La objetividad[1], la reproductibilidad de hechos y de resultados de experimentos, la generalización, la prueba y el rigor, son atributos de ese conocimiento.

La función de la técnica se vincula a la realización de procedimientos, métodos o sistemas operativos y productos intermedios y finales generados, cuyo ideal es la utilidad práctica. Construye el saber cómo, sin interesar especialmente el saber por qué. Ese por qué, o la capacidad de proponer y avalar la prueba  y la demostración, es propia de la ciencia.

El desarrollo y supervivencia de las civilizaciones ha dependido históricamente de la capacidad de la aplicación de la interrelación entre la ciencia y la técnica. Civilizaciones como las de Egipto, China, Yemen, Corea, India o el Imperio Inca estuvieron dotadas de técnicas desarrolladas ( ábaco, el carbón, navegación avanzada, metalurgia, medición de tierras, pesos y medidas, máquinas simples, la pólvora, técnicas agrícolas, hierro colado, arreos, la noria,  los libros sustituyen a los rollos, la seda, calendario, fuegos artificiales, caracteres tipográficos móviles) y escaso conocimiento científico; de aquí probablemente el auge de la filosofía y de la religión.  En cambio, las civilizaciones clásicas, como la griega antigua que avanzó más en la ciencia (Aristóteles, Demóstenes, Platón, Demócrito, Heráclito, Pitágoras, Anaxágoras, Anaximandro, Tales de Mileto, Hecateo, Tucídides, Hipócrates, Eudoxo, Epicuro, Zenón, Hiparco, Dioscórides, Galeno, etc.), se acompañó de una técnica menos avanzada, lo que permitió un amplio desarrollo de todas las artes.

La antigua civilización árabe fue la única capaz de aunar la ciencia, la técnica, las letras y las artes. Fabrican papel, molinos de viento, canales de riego agrícola, fuentes de agua potable, astrolabio, la Alquimia se convierte en Química, Yebel descubre el SO4H2 y el NO3H, Al-Jwarizni publica las “Reglas de Cálculo Algebraico”, en Persia construyen un Observatorio astronómico y la Casa de la Sabiduría, Abu-Abdallah al-Battani estudia la excentricidad de la órbita solar, Abd al-Rahman al-Sufi escribe el “Libro de las Estrellas Fijas”, Abd al-Rahman III en el año 912 funda la primera  Escuela  de  Medicina  de  Europa y en el año 960 la primera Universidad (ambas en Córdoba, España), Al-Mazin escribe “Óptica”, una perfecta descripción del ojo y de las lentes de aumento,  Avicena escribe “De mineralibus”, el “Libro de la Curación” y el “Cánon de la Medicina”, Averroes y sus “Comentarios” sobre la teoría aristotélica y De Febribus  sobre Galeno, Al-Jawbari escribe un compendio sobre “Alquimia”, e infinidad de poetas, filósofos y literatos. Los arquitectos árabes construyen obras de extraordinario valor y belleza hoy imposibles de igualar, como la Alhambra de Granada y los juegos de agua por gravedad.

La evolución de la ciencia ha cambiado notablemente. En la antigüedad, es una ciencia basada en la contemplación de la Naturaleza e incluso en la intuición (los fenómenos se captan mediante los sentidos y no se interpretan, sólo se asumen); en el Renacimiento la ciencia se cimienta con el empirismo por la experimentación y el raciocinio, para luego dirigirse al descubrimiento, más recientemente  a la investigación de científicos aislados, que posteriormente se unen formando grupos especializados, y finalmente, lo cual sería su rasgo contemporáneo, a la necesidad de publicar. El peligroso siguiente paso, que ya se vislumbra, será el de crear, burlando a las leyes naturales y que la Bioética,  probablemente, tratará de evitar.

La ciencia moderna, que inicia Galileo, aparta la contemplación y la elucubración y promueve una racionalidad apoyada en la experimentación y el descubrimiento de las leyes matemáticas, que se supone fundamentan los “fenómenos sensibles”. Para Descartes, no es suficiente la observación: es a través del experimento la manera en que se deben formular preguntas a la naturaleza, exigiéndole revelar la estructura matemática que la sostiene. Más allá de los sentidos, lo fundamental es el intelecto.

La ciencia contemporánea investiga a la Naturaleza (a veces con métodos que por retroalimentación le facilita la técnica), mediante un conjunto de modelos físicos y matemáticos, teorías, instrumentos, publicaciones y tecnologías.

Agazzi resume este proceso diciendo que:

“... la ciencia antigua se apoyó en la observación, el de la ciencia moderna en el descubrimiento apelando fundamentalmente al recurso de la experimentación y la modelización matemática, en tanto que la ciencia actual realiza investigación en sentido estricto”.

Efectivamente, este tipo de investigación actual estricta, conlleva el peligro de indagarse y apoyarse en sí y a sí misma, en una espiral cerrada, que en gran parte la aleja cada vez más  de la realidad cotidiana. El 68% de los fondos internacionales que se utilizan para financiar protocolos de estudio, van dirigidos a investigaciones que no tienen aplicación a la sociedad o que la tienen a muy largo plazo. Ejemplos: ¿Si se muta un determinado gen a la Drosophila le crecen 27 patas?, ¿Existe CO2 en Plutón?, ¿Se puede confirmar la teoría de las supercuerdas en el Universo?..., o, mientras la Astrofísica demuestra que unos simples prismáticos a bordo de un satélite artificial  aporta más datos astronómicos que  cualquier telescopio situado en superficie, se construyen grandes instalaciones observacionales ópticas con unos costos difícilmente soportables, como el Grancan del Instituto de Astrofísica de Canarias. Son sólo algunas incongruencias poco entendibles de la investigación actual, que burlan y soslayan la importancia de problemas sociales. La ciencia, en muchos casos, se mira a su propio ombligo y se estudia a sí misma en la tecnología, importando poco graves problemas sociales que exigen rápidas resoluciones.

A la investigación actual se le debe exigir una actividad de generación de conocimientos que se despliegan a partir de los resultados anteriores expresados en modelos, leyes, teorías, instrumentos, equipos, experiencias y habilidades, todos los cuales son constructos creados por el hombre con el fin de explicar y manipular. Los científicos apelan a esos recursos creados no sólo en sus propios campos de investigación sino utilizando los que provienen de otros, a veces distantes. Pero no se puede olvidar la perspectiva fundamental que es la del aprovechamiento de los recursos asignados a la investigación para que deriven en conocimientos aplicables de forma inmediata, si fuera posible, a la sociedad, lo que habitualmente se olvida en favor de una extraña suerte de privilegios o de status personales.

La utilización de los resultados científicos precedentes, su modificación permanente, el cruce de informaciones y modelos, es lo que constituye la ciencia en una raigambre acumulativa de conocimientos y prácticas. Esto origina que los nuevos investigadores no se enfrenten a problemas que presenta la “desnuda” naturaleza que espera ser descubierta, sino  que se ven inmersos, no sólo  en disciplinas fuertemente construidas dentro de las que tendrá que aprender a formular y resolver problemas, sino además, a aprender a integrarse, a veces, en grupos de investigación fuertemente estancos. Este tipo de “ciencia cerrada” no les permite tener “conciencia” ya que se les despoja de sensaciones, sentimientos e intuiciones. No se permite la libre interpretación, ni la metáfora o el simbolismo. La “ciencia cerrada”, muy bien ubicada socialmente,  se autoalimenta:  o se dejan “robotizar” o quedan fuera del sistema.

Este planteamiento nos permite comprender la adscripción disciplinaria de la práctica científica, su articulación comunitaria y política e incluso paradigmática (Kuhn).  La conclusión es obvia. Agazzi, por ejemplo, dice de todo esto que:

"La ciencia no indica ya la necesidad de salir de si misma para continuar existiendo..." y, "... la ciencia contemporánea ha llegado hoy día a constituirse como sistema autónomo"

 Y para no caer en su propia trampa, él mismo introduce la corrección de que esto no convierte a la ciencia en "sistema cerrado" ya que:

 “...se trata de una autonomía cognoscitiva que no abarca todas las dimensiones de la ciencia como actividad”.

La importancia de esa corrección es básica para entender la ciencia que actualmente se realiza. En efecto, con la ciencia moderna se desarrolla un proceso de diferenciación: el de la ciencia como producto espiritual (por ejemplo, respecto a la teología y la filosofía) y como institución y profesión peculiar. La capacidad de explicar y manipular lo que la ciencia ha demostrado, la ha convertido en una fuerza social extraordinaria, cuya relación con los intereses sociales es indiscutible, aunque no siempre resuelva sus problemas. Por eso, decir que la ciencia no depende más que de sí misma es una afirmación de no mucho alcance que aquí sólo se debe admitir en sentido restringido: como constitución de líneas de investigación que se alimentan de los resultados precedentes, de la dependencia a las líneas de investigación que imponen algunas entidades financieras y grupos de investigación “cerrados” e “instalados”, de las “políticas científicas” y del diálogo con otras ramas de la ciencia equivalentes. En tal sentido, la ciencia se impulsa a sí misma y adopta en lo fundamental recursos conscientes creados por ella misma. Así expresa su madurez e independencia relativas.

El proceso de crecimiento acumulativo de la ciencia ha sido descrito por Price en 1980, a través de un curioso modelo que tiene en común con las ideas anteriores la identificación de la ciencia con el conocimiento que ella misma genera. Ese conocimiento puede ser estudiado a través de su expresión en forma de artículos científicos, por lo que propone considerar como ciencia lo que se publica en los artículos científicos, aparecidos en la Lista Mundial de Periódicos Científicos. A la luz de esta definición y contando con fuentes como el Science Citation Index de Garfield, es posible disponer de información sobre artículos, autores y citas que pueden investigarse y obtener a partir de esas estadísticas medidas de los inputs y outputs de la ciencia, así como comprender algunos mecanismos característicos de su crecimiento. Estudiando las citas, es posible determinar cómo los artículos se relacionan entre sí y van conformando algo semejante a la trama de un tejido. A partir de ese modelo es posible obtener alguna explicación sobre el ritmo de crecimiento exponencial de la ciencia (según Price, el número de artículos se duplica cada 10 años). La ciencia crece como la cristalización, el viejo conocimiento engendra el nuevo, la vieja ciencia se va transfiriendo a la nueva a través de un proceso acumulativo, que obliga a la desmembración, a la especialización, al análisis de las partes, perdiendo de vista la globalidad natural.

Un artículo se vincula con otros similares a través de las citas. Ese mecanismo de citaciones que relaciona unas ideas a otras, es lo que Price llama el frente de investigación, y conjuntamente reserva el nombre de Colegio Invisible para aquellos científicos que son responsables de la mayoría de la producción y de mucho más de la mitad de su valor. De ello resulta que se considerará científico[2] al que alguna vez ha contribuido a la redacción de un artículo semejante. Por tanto, la participación del investigador en las publicaciones, el esfuerzo por incorporarse al frente de investigación y aún al Colegio Invisible, es un importante motor del crecimiento de la ciencia.

Pero la ciencia no es sólo el conocimiento que circula en los artículos de las publicaciones.  También puede ser objetivada desde el ángulo de los procesos de profesionalización e institucionalización que genera. Barnes, introduce este perfil del análisis. Para ello, especifica el proceso de transformación de las ideas científicas y su impacto en la cultura que tuvo lugar entre los siglos XVI y XVIII, plazo en el que se origina una gran revolución científica, que terminó cambiando notablemente la perspectiva de la ciencia y su proyección en la cultura.

El período considerado abarca desde la formulación inicial del sistema copernicano de astronomía hasta la culminación de la filosofía que se inspiró en la obra de Newton. Esa fértil época incluye numerosos logros concretos en astronomía, mecánica, óptica, anatomía, historia natural, medicina, física y química, y, según  Barnes:

"... supone una profunda transformación del pensamiento con el rechazo de la cosmología teológica y centrada en el hombre de Aristóteles y de los pensadores aristotélicos, y su sustitución por una visión del mundo fundamentalmente impersonal y mecánica".

Es en este período, vasto en discusiones sobre aspectos del método científico, imprescindibles para desarrollar los fundamentos de la ciencia, cuando toman carta de naturaleza el papel de la observación y el experimento, la necesidad de plantear hipótesis y de recurrir a la evaluación y matematización de los modelos.

Aunque muchas de esas ideas tenían notables antecedentes, la revolución científica alcanzó mayor aceptación entre la gente culta que, en general,  se reunía alrededor de las cortes reales. Durante el siglo XVII declinaron la astrología y la brujería, se fundaron sociedades científicas de ámbito nacional en Inglaterra, Francia y Alemania y el antropocentrismo, antropomorfismo y teología experimentaron una importante decadencia. A este respecto, Barnes dice:

 "El siglo XVII merece probablemente ser considerado como un punto de inflexión en la historia del pensamiento y las ideas".

Existe otro factor muy notable que permite comprender la evolución de la ciencia y su construcción. Se trata de contemplar a la ciencia desde el horizonte de su aparición y desarrollo como una disciplina  profesionalizada, que se manifiesta claramente en el siglo XIX. El concepto de “científico” fue utilizado por primera vez en 1833 cuando  Whewell se sirvió de él durante una asamblea de la Asociación Británica para el Avance de la Ciencia  refiriéndose a los allí reunidos. El prestigio y la afirmación del término se extendió en la medida en la que los presentes aceptaron la imagen de sí mismos como profesionales.

La consideración de “científicos profesionales” tuvo extraordinarias consecuencias. Una de ellas fue la inmediata  creación de numerosos puestos de trabajo. En los siglos XVII y XVIII prácticamente no existían puestos científicos remunerados: la ciencia era una actividad que se consideraba de aficionados, más bien romántica, que durante el siglo XVII fue dominada por la aristocracia y durante el XVIII se convirtió esencialmente en una actividad de la clase media alta económicamente pudiente, lo que presionó más si cabe para conseguir la profesionalización.

En todas las sociedades han existido hombres e instituciones (anteriormente concentradas en escuelas dirigidas por personas de prestigio, conventos, monasterios, órdenes religiosas, algunas universidades sin demasiada influencia social hasta entonces y militares) que han trasmitido y preservado conocimientos. Pero es en el siglo XIX, donde aparece un hecho único y decisivo en la evolución social, la creación de una profesión y una institución cuya misión es ampliar y modificar el conocimiento, como cuestión de rutina, como práctica habitual de una ocupación específica.

Según Barnes, con ello surgió en el siglo XIX:

"...un gran motor de cambio en el seno mismo del tejido social".

Esa práctica sistemática, rutinaria, ha quedado integrada a la estructura institucional, sostenida por los intereses de sus practicantes y de otras instituciones y actores sociales que se apoyan en ella. Durante el siglo XIX se crearon numerosos puestos de trabajo para científicos, sobre todo como docentes, por ejemplo, las Ècoles de la France, creadas después de la revolución de 1789, y posteriormente en las universidades alemanas. El apoyo de las voluntades políticas permitió el afianzamiento de la titulación  científica oficial.

Conjuntamente con la educación académica formal se fue creando la infraestructura para la ciencia.

"Por primera vez, comenzó a ser posible una preparación sistemática en los diferentes campos de la ciencia, preparación que podía basarse en la práctica en un laboratorio. Al mismo tiempo, los diferentes niveles de formación pasaron a estar estrechamente vinculados con unas calificaciones formales, y las oportunidades determinadas de la carrera con las calificaciones. Junto a la enseñanza, también la investigación comenzó a ser apoyada, y los científicos más eminentes podían aspirar a dirigir su propio laboratorio o incluso su propio instituto de investigación, así como a conseguir la ayuda de técnicos capacitados y competentes. Esta es, ciertamente, una de las innovaciones más notables y significativa del siglo XIX; hasta entonces eran desconocidos los laboratorios permanentes, que son como las centrales eléctricas de la ciencia moderna. Finalmente, conforme avanzaba la centuria, se fundaron más y más asociaciones científicas profesionales, y publicaciones profesionales cuyo objetivo era dar a conocer las investigaciones desarrolladas en el seno de la comunidad científica, que experimentaba un rápido proceso de crecimiento y fragmentación. Las diferentes disciplinas y especialidades científicas proliferaron con notable rapidez, y cada una de ellas necesitaba con urgencia una publicación" ( Barnes).

En consecuencia, el número de publicaciones y artículos creció exponencialmente.

Aunque los procesos de profesionalización e institucionalización que se describen tuvieron diferencias nacionales, lo cierto es que, en Occidente, la infraestructura que adoptó la organización de la ciencia académica alemana, desarrollada en sus universidades, fue la que se utilizó como ejemplo  incorporándose a otros países. El carácter de ciencia oficial  incrementó la eficacia de la investigación pues resultó afianzada con una formación sistemática del personal dedicado a ella, le procuró vías de comunicación y mecanismos de control de calidad e incrementó recursos financieros y técnicos. Ese proceso de profesionalización impuso a la sociedad una nueva presencia social, organizada en un organismo especializado al que se le atribuye el objetivo de organizar y modificar el conocimiento existente.

El fenómeno llamado ciencia.

De las observaciones anteriores se derivan diferentes definiciones del fenómeno que llamamos ciencia, al mismo tiempo que se distinguen los cambios profundos que ha experimentado en su evolución y desarrollo, e incluso, el cambio en su status o consideración social.

Es difícil ofrecer una caracterización precisa de lo que se entiende por ciencia. Se le puede definir como sistema de conocimientos que modifica nuestra visión del mundo real y enriquece nuestra manera de vivir y nuestra cultura; se le puede definir como proceso de investigación que permite obtener nuevos conocimientos, los que a su vez ofrecen posibilidades nuevas de manipulación de los fenómenos; es posible atender a sus impactos prácticos y productivos, caracterizándola como fuerza productiva que propicia la transformación del mundo y es fuente de riqueza; la ciencia también se nos presenta como una profesión debidamente institucionalizada portadora de su propia cultura y con funciones sociales bien identificadas. Se le puede definir como una serie de conocimientos que “autoenrrollándose” y “desplegándose”, construyen una maraña de conocimientos cada vez más compleja  que se alimenta de sí misma, y en gran medida, se aleja cada vez más de la propia sociedad que la sostiene pero que, por ello, esa misma sociedad cada vez la entiende menos. En fin, se puede definir, también, como una serie de proposiciones que predicen el comportamiento de ciertos fenómenos.

La razón por la cual es posible apreciar tantas aristas diferentes de la ciencia es porque constituye un fenómeno complejo cuyas expresiones históricas han variado considerablemente. Por eso, las definiciones, y a veces incluso sus repercusiones,  resultan escurridizas e inalcanzables.

Bernal (1954), como epistemólogo, consideraba que:

"En realidad, la naturaleza de la ciencia ha cambiado tanto en el transcurso de la historia humana, que no podría establecerse una definición concreta”.  

En su polémica con Dingle, y con cierta ironía llegó a definirla como

"... aquello que hacen los científicos",

término este último, que sin embargo, no llegó a definir.

En el transcurrir de su categórico debate, concluyó que mucho más beneficiosa que una definición conceptual breve, era enumerar el conjunto de las cualidades que caracterizan el fenómeno en cuestión y expuso que la ciencia debe ser entendida como: institución, método, tradición acumulativa de conocimientos, factor principal en el mantenimiento y desarrollo de la producción y una de las influencias más poderosas en la conformación de las opiniones respecto al universo y el hombre. Se trata de un enfoque amplio que permite una aproximación valiosa y diversa al fenómeno “ciencia”. Desplegada, sobre todo, a lo que él consideraba como su aspecto principal:

"... estudiar su historia y contexto social".

Esta meta, anunciada por Bernal en el siglo pasado, ha ocupado un lugar de privilegio en los estudios de la ciencia, y esto ha ocurrido de la mano de dos circunstancias fundamentales. Por un lado, que en la segunda mitad de ese siglo la ciencia, por su propio auge, se convirtió en una fuerza social extraordinaria y sus estudios lo han reconocido así: las repercusiones económicas, éticas y políticas del trabajo científico, han impuesto un temario renovado de la ciencia. Por otro lado, junto a esto y en parte por ello, aquellas tradiciones teóricas que prestaban escasa atención a la dimensión social de la ciencia o la ignoraban, han sido desplazadas. Este es el caso del Positivismo y el Empirismo Lógico (Carnap, Reichenbach, Hempel) y el Racionalismo Crítico (Popper).

Sin embargo, debo insistir en que en ciertos círculos del ámbito de la investigación, aparece una tercera vía, la de los grupos del Status del Prestigio que son los que disfrutan de la mayoría de los fondos financieros destinados a la investigación y que son partícipes de la anteriormente descrita como “ciencia cerrada”. Ubicados especialmente en las Universidades y Hospitales, favorecidos por las administraciones públicas, e incoherentemente carentes de la visión social de la ciencia,  y sólo propicios al prestigio personal de ciertos investigadores pertenecientes a los citados “grupos o sistemas cerrados”. Salvo excepciones, en estos grupos constituidos por personal casi siempre ocupando puestos de carácter vitalicio y por ello mismo, se afanan antes en la consecución de un status o prestigio personal en el ámbito internacional que en la preocupación primordial de resolver problemas inmediatos a la sociedad. Son los que, además, disfrutan de las “facilidades y aportaciones económicas” a las que contribuyen las empresas multinacionales, en sus distintos niveles y ramas de la ciencia.

La perspectiva social que es la que se viene abriendo paso representa una opción radicalmente distinta a la tradición positivista en el campo de la Filosofía de la Ciencia. La tradición lógico positivista centra su atención en el sistema de conocimientos formado; se interesa por la verdad y la busca en la coherencia lógica del lenguaje científico. Este lenguaje se considera sólo si se refiere a hechos comprobables. De esta opción, empirista, fenomenalista y descriptivista, se deriva un campo de análisis filosófico reducido: estudio del procedimiento de comprobación de los fenómenos, formalización de las teorías científicas mediante la lógica matemática, y extracción y delimitación del lenguaje científico de otras expresiones lingüísticas, como literatura y gramática específicas. 

Según M. Otero (1979) y McKey (1999), esta postura realiza:

“... una operación ideológica de ocultamiento que presenta a la ciencia como autónoma, universal, y  extrahistórica".

No obstante, puede decirse que hasta mediados del pasado siglo, la tradición positivista (a través de tendencias y autores con posiciones diferentes) fue dominante en toda la filosofía occidental de la ciencia. En consecuencia, durante las primeras décadas de ese siglo esa filosofía parecía atrapada en una visión estática de la ciencia, concentrada en el estudio del lenguaje de las teorías ya formadas, dominada por una visión simplificada de la relación entre las teorías científicas y la naturaleza a las que ellas se remiten y en un enfoque enciclopédico del progreso del saber científico. La elaboración de una concepción del método científico entendido como cierto algoritmo conducente a la verdad, absorbía buena parte del trabajo en epistemología.

Sobre todo a partir de 1960, el temario de análisis de la ciencia se ha enriquecido considerablemente. Un conjunto de reacciones académicas y sociales (González García, et al, 1996,) favorecieron el establecimiento  de nuevas perspectivas.

Lo que interesa subrayar aquí es que desde entonces los enfoques sociales de la ciencia han cobrado la mayor relevancia, lo cual debe ser reflejado en el concepto de ciencia que adopto para este trabajo teórico. Lo medular es que el concepto seguido debe abrir la puerta al estudio social de la ciencia. La búsqueda de un concepto debe subordinarse al objetivo de procurar un fundamento teórico que sirva de base a una estrategia de investigación de aplicación social de la ciencia.

Por ello, la caracterización de la ciencia ha pasado por varios albures. La atención se ha desplazado de los productos de la ciencia (en particular los conocimientos, con énfasis en las teorías científicas) a la actividad científica misma, es decir, a la ciencia en el proceso de ser construida. El problema de las fuerzas generadoras del desarrollo de la ciencia, la interacción de la ciencia con otras actividades sociales (políticas, económicas e incluso académicas), los factores subjetivos e intersubjetivos que intervienen en los procesos de producción, canales de difusión y aplicación de conocimientos, aparecen con carácter principal.

Un segundo desplazamiento de las diferentes percepciones de los resultados de la actividad científica, tienen relación con las perspectivas de los variados niveles culturales, de las vivencias, necesidades y exigencias actuales de la propia sociedad. La idea del conocimiento científico propuesto como teorías objetivas, rigurosamente formalizadas, probadas, y por ello verdaderas, ha sido sustituida por una visión que acepta la relatividad del conocimiento, su carácter transitorio; admite una frontera menos radical entre ciencia y otras formas de conocimiento y entiende el conocimiento científico como un producto de la historia, la sociedad y la cultura, influido por tanto por sus valores y prioridades.

Al mismo tiempo, se reconoce que la ciencia no consiste sólo en el trabajo de investigación que perfecciona sistemáticamente el universo de las teorías disponibles. La ciencia tiene diversas expresiones en la educación, en la industria, en los servicios, en las labores de consultoría, en las publicaciones científicas y de divulgación, en la recopilación y organización de información y en la dirección que realizan las personas que poseen una educación científica, especialmente ubicados en el funcionariado público de todo orden. En esos y otros ámbitos, la ciencia tiene una presencia relevante. El análisis de esos contextos, no reductibles al ámbito del laboratorio, ofrece posibilidades colaterales para captar la interrelación o nexos entre ciencia y sociedad.

Una tercera perspectiva consiste en profundizar el estudio de la ciencia desde el ángulo de los procesos de profesionalización e institucionalización que hacen posible la actividad científica. La ciencia, por la complejidad que ha adquirido, no es la obra de un solo investigador o docente aislado. La ciencia es una actividad profesional institucionalizada que supone educación prolongada, construcción de nuevos valores éticos, creencias, desarrollo de estilos de pensamiento, de búsqueda de información y actuación. La ciencia es todo un modelo complejo que así debe ser estudiado.

Con las derivaciones descritas apenas se perciben algunas de las muchas transformaciones que en las últimas décadas ha experimentado la comprensión de la ciencia. Parece fundamental que sea captada cada vez más como una actividad social. Este planteamiento tiene consecuencias teóricas y metodológicas fundamentales. A continuación trataré de aclarar un poco más esas consecuencias apelando en parte a los argumentos anteriores e incorporando otras consideraciones.

La ciencia como trabajo profesional

La actividad que denominamos ciencia se desenvuelve en el contexto de la sociedad, de la cultura, e interactúa con sus más diversos componentes. Al hablar de ciencia como actividad nos dirigimos al proceso de su desarrollo, su dinámica e integración dentro del sistema total de las actividades sociales. Desde esta perspectiva se promueven a un primer plano los nexos ciencia-política, ciencia- ideología, ciencia-producción, así como sus recíprocos intercambios y dependencias, por lo que en general, habrá que considerar el fenómeno como ciencia-sociedad. Es una actividad multifactorial, multidisciplinaria y multidimensional, donde cada fenómeno, incluso la elaboración de conocimientos y antes, de sus protocolos de investigación, cobran sentido exclusivamente si se relacionan con el modelo total de la ciencia. El conocimiento aparece como una función de la existencia humana, como una dimensión de la actividad social desarrollada por profesionales que se amparan en relaciones objetivamente condicionadas y normalizadas, e incluso validadas y fuertemente enclaustradas. Sólo dentro del entramado que constituyen esas relaciones es posible comprender y explicar el movimiento histórico de la ciencia, al menos en estos momentos.          

No obstante, todo ello implica que la actividad social que denominamos ciencia tenga sus particularidades, que se hace preciso reconocer. El enfoque social de la ciencia apunta a sus diferentes interrelaciones y se involucra con las restantes formas de actividad humana, lo que no significa que desaparezcan sus diferencias. Hay que admitir, sin embargo, que este punto de vista no goza de unanimidad. En general, las ciencias que estudian el desarrollo e intercambio social son las que apoyan y  originan el mayor número conocido de teorías. Incluso contradictorias. Woolgar (1991), por ejemplo, cree que entre las constricciones que se presentan ante los estudios de la ciencia se encuentra

"... la persistente idea de que la ciencia es algo especial y distinto del resto de formas de actividad social y cultural, aún a pesar de todos los desacuerdos y cambios en las opiniones de los filósofos que han tratado de dilucidar un criterio de distinción. En lugar de tratarlos como logros meramente retóricos, muchos analistas de la ciencia siguen respetando los límites que delimitan a la ciencia frente a la no-ciencia. Muchos otros niegan la posibilidad de la demarcación pero siguen discutiendo en términos de límites. El uso continuado de un esquema que construye la ciencia como un objeto tiende a reforzar la concepción de la misma como algo distinto antes que a potenciar un desafío a tal punto de vista."

A diferencia de esta apreciación, en mi opinión, considero necesario admitir que la ciencia, al menos desde el punto de vista teórico,  debe suponer la búsqueda de la verdad o al menos un esfuerzo en favor del rigor y la objetividad; la ciencia es, ante todo, productividad investigadora[3], difusión y aplicación de conocimientos lo que la distingue y la califica en el sistema de la actividad humana. Pero la ciencia no se da al margen de las relaciones sociales, sino penetrada de determinaciones prácticas, materiales e ideológico-valorativas, tipos de actividad a las que también influye considerablemente. El privilegio de la actividad científica supone una tergiversación cientificista, internalista y en última instancia idealista, que conduce a la incomprensión de sus fuerzas motrices, funciones sociales y otros problemas de significación social relevante. Si por el contrario, se desconoce la especificidad de la ciencia, entonces desaparece la diferencia entre ciencia y pseudociencia, entre investigación seria y charlatanería. Si se pierde la identidad de la ciencia, el economicismo ciego del externalismo se adopta como alternativa para explicar su movimiento histórico y el voluntarismo asoma su faz en la política científica. Una política correcta debe surgir de la identificación adecuada de la ciencia como actividad y de sus determinaciones, responsabilidades y competencias en el cuerpo total de la cultura donde se desenvuelve. Pero esto no quiere decir que la ciencia debe establecer unos límites estrictos más allá de los cuales nada existe. Muy al contrario, debe contemplar todos aquellos aspectos hasta este momento desconocidos, lo cual no implica dar chance a la pseudociencia.

La ciencia no deber ser meramente intersubjetiva, ajena a los propósitos de rigor, objetividad y verdad. La ciencia supone tanto relaciones hombre-objeto como hombre-hombre. Las primeras permiten comprender que el objetivo creativo de la ciencia cobra sentido en la medida que refleja realidades que están más allá de sus esquemas conceptuales y más aún, los determina en última instancia. Ciencia es descubrimiento, pero creación con arreglo al plan de reflejar en las representaciones y teorías, objetos que guardan una relativa independencia ontológica respecto del sujeto que investiga. Este es un criterio que se sitúa frente al convencionalismo e intenta superar la imagen de la teoría como plagio inmediato del objeto.

La imagen de la ciencia vista como interrelación sujeto-objeto ha sido desarrollada, sobre todo, por la metodología del conocimiento científico y la epistemología, que generan sus sistemas clásicos: método, verdad, objetividad, explicación, argumentación, etc.

Sin embargo, comprender la ciencia exige también entenderla en el marco de la relación sujeto - sujeto. Este es el ángulo preferente que ha aportado la Sociología de la ciencia. El sujeto de la ciencia no es un individuo aislado, no es un hombre abstracto. Si se presta atención a la naturaleza social del proceso científico, pudiera indicarse como sujeto a la sociedad toda. Es preferible, sin embargo, un enfoque 

estratificado que identifique a los diferentes sujetos-grupos que definen la actividad científica. Se trata, para comenzar, del individuo (cuya actividad cognoscitiva está socialmente condicionada) que en su interacción con otros conforma comunidades científicas u otras comunidades profesionales, las que interactúan con sus semejantes tanto nacional como internacionalmente.

Dentro de las instituciones la producción de conocimientos puede sólo lograrse estableciendo un conjunto de relaciones sociales intracientíficas (Kelle, 1978). Son, en primer lugar, relaciones informativas que aseguran los flujos de información imprescindibles para el trabajo científico; son sociales no sólo porque suponen la interrelación con el conocimiento social y su producto se destina al consumo social (al menos del socium científico) sino porque la participación del científico en tales relaciones está influida por factores propios del contexto social en que se desenvuelven: prioridades sociales, políticas y de multinacionales que imponen líneas de investigación convenientes a sus intereses económicos,  factores que frenan el flujo informativo (monopolización del conocimiento por grupos, clases, entidades o países, y aún por consejos editoriales).

Se constituyen además relaciones de organización, entendiendo que, por un lado, se determinan por las exigencias de la producción de conocimientos, y por otro, por las características particulares del medio social.

Para terminar, existe otro grupo de relaciones de carácter multifactorial: jurídicas, morales, psicológicas, ideológicas, religiosas, etc., que siendo específicas de la producción científica se hace inevitable el que penetren dentro de estos conocimientos las peculiaridades de la sociedad en que se desenvuelve, generando, a veces, interferencias indeseables que acaban frenando a la propia ciencia en perjuicio de la sociedad, que origina ella misma, en definitiva, un círculo cerrado.

Este conjunto de relaciones sujeto-sujeto siendo imprescindibles para la ciencia. es aún un enfoque restrictivo.

En haber propugnado el análisis de tales entidades como portadoras del conocimiento, radica el mérito y la limitación que Kuhn (1982), muy especialmente en su obra “La Estructura de las Revoluciones Científicas”, propone como modelo de desarrollo de la ciencia,  varios de cuyos aspectos destaco en otros apartados de este ensayo. Aquí sólo deseo destacar que en su modelo, la comunidad científica se propone como sujeto de la actividad científica. Este punto de partida ofrece la posibilidad de salir de un enfoque puramente inmanente de la ciencia y a permitirle ampliar el marco de su comprensión. En principio, si la ciencia se aprecia como actividad realizada por las comunidades científicas, entonces lo social y lo individual se presentan como elementos propios de la creación[4] científica.

De esta manera, Kuhn se manifiesta contra el neopositivismo y desarrolla una teoría opuesta al "tercer mundo" popperiano, que priva los conocimientos de sujetos portadores y los remite a un mundo platónico. Tampoco coincide con la noción de Lakatos (1983) sobre los Programas de Investigación, pues, como argumenta el propio Kuhn, las teorías no se plantean por encima de las circunstancias sociales, esto es, los investigadores no se desenvuelven en un vacío social, sino en el seno de grupos sociales que son los productores y validadores del conocimiento.

En su postdata de 1969 y en respuesta a numerosas críticas, Kuhn observa que de reescribir su libro, comenzaría por considerar la estructura “grupal” de la ciencia y señala que en gran parte del ensayo ha permanecido subyacente la noción intuitiva de comunidad que comparten extensamente científicos, sociólogos e historiadores:

"Una comunidad científica consiste en quienes practican una especialidad científica. Hasta un grado no igualado en la mayoría de los otros ámbitos, han recibido una educación y una iniciativa profesionales similares".

Por tanto, la "ciencia normal" (períodos evolutivos) como la “extraordinaria” (períodos de transformaciones radicales con grandes saltos cualitativos) son actividades basadas en comunidades. Son estas las que portan los paradigmas que, por tanto, en su sentido sociológico se pueden definir, según el mismo autor como:

"La constelación de creencias, valores, técnicas, etc., que comparten los miembros de una comunidad dada".

Se trata de modelos descriptivos, ejemplares compartidos con ayuda de los cuales las comunidades resuelven los problemas de la ciencia normal.

De esta forma, el paradigma unifica a los miembros de la comunidad, les proporciona determinado modo de ver el mundo, determinados patrones conceptuales a partir de los cuales investigan la realidad. Obviamente, ese modo de ver el mundo está íntimamente vinculado al contexto socio cultural más amplio donde se produce la ciencia. En Kuhn, sin embargo, esta noción se limita a sus componentes filosóficos y científicos, quedando sin resolver el problema. De igual modo, cuando considera los valores que comparten los miembros de las comunidades, se refiere a la preferencia por la exactitud, las determinaciones cuantitativas, la sencillez, coherencia y probabilidad de las explicaciones y sólo de pasada menciona como un valor la utilidad social de la ciencia.

En correspondencia con esta idea, la noción de ciencia como actividad que realizan las comunidades científicas, permite la introducción de algunos factores socio-psicológicos en el análisis, pero a la vez, la cohesión de las comunidades alrededor de determinados paradigmas les proporciona cierto aislamiento respecto a los contextos sociales. Para Khun, este aislamiento se da, sobre todo, en las ciencias que han alcanzado un cierto desarrollo respecto a las demás, aquellas que en la expresión de Foucault han rebasado un cierto umbral de “epistemologización”.

La tesis de Kuhn subraya la autonomía relativa de la ciencia: podrán existir demandas sociales pero estas tienen que ser traducidas en términos de problemas científicos y por ello se exige su incorporación al tejido conceptual de la ciencia que proviene del paradigma vigente. Pero aquí se absolutiza un lado de la dinámica más general. Falta por considerar lo que Engels indicó claramente:

“...una necesidad técnica particular (no social) impulsa más a la ciencia que diez universidades”,

es decir, no existe una acumulación del saber absolutamente al margen de las demandas técnicas o económicas. Sobre todo, actualmente, el papel de tales exigencias en la dinámica de la ciencia, en la definición de la ciencia que ha de practicarse y por ende en el rumbo que ha de tomar, es decisivo.

Se puede decir que el modelo kuhniano carece de una adecuada caracterización de lo social. Su noción de comunidad es intuitiva y sólo de modo impresionista la presenta como factor en la incompatibilidad de los paradigmas. Su planteamiento queda a nivel de la intersubjetividad que aquí implica un control colectivo de la comunidad sobre sus resultados. Intersubjetividad institucional, es cierto, pero ello no lo conduce a buscar las raíces sociales que nutren la ciencia e influyen en las relaciones intelectuales entre los científicos. Quedan planteadas las diferencias en términos de paradigmas distintos pero no se esclarecen las raíces sociales de esos conflictos.

"Queda sin problematizar la forma básica en que se estructuran lo lógico y lo social en los conflictos" (García Canclini, 1981).

La comprensión de las interacciones sujeto-sujeto vinculadas a la ciencia debe ampliarse más allá de las comunidades; ello significa relacionar las colectividades científicas agrupadas en instituciones con otros sujetos de la vida social, entre ellas las clases sociales. Estas, según sus intereses, en primer lugar económicos, y a la luz del proyecto político e ideológico que propugnan, definen su posición ante la ciencia, promoviéndola, retardándola y aún frenándola, planteándole fines humanitarios o deshumanizados, confiriéndole un sentido social o elitista a su acción; en fin, las clases no sólo son sujeto de la política en un sentido estrecho sino que en la medida en que la política asume a la ciencia como vehículo para materializar proyectos económicos, militares o de otra índole, la propia ciencia queda incorporada a ella como una de sus variables. La ciencia se presenta así como un valor social: ciencia para algo y ciencia para alguien. Se le asigna determinado interés e importancia, se le orienta en una u otra dirección, o simplemente se le menosprecia. En cualquier caso, se manifiesta una definida proyección valorativa de las clases sociales respecto a la ciencia, que dependerá de la utilidad que esperen de ella.

El enfoque de la ciencia como actividad social, presta especial atención a la institucionalización de la ciencia.

Como se ha visto, la actividad científica supone el establecimiento de un sistema de relaciones (informativas, organizativas, etc.) que hace posible el trabajo científico orientado a la producción, difusión y aplicación de conocimientos. Garantizar ese sistema de relaciones es la tarea de las instituciones científicas. En tanto institución, la ciencia se presenta como un cuerpo organizado y colectivo de personas que se relacionan para desempeñar tareas específicas, que han seguido un proceso de profesionalización y especialización que los distingue de otros grupos de investigación y también sociales. El largo proceso de educación que ello supone, implica no sólo la adopción de lenguajes compartidos, así como métodos y técnicas, sino también, de la internalización por sus practicantes del ego propio de la profesión, de los criterios de evaluación del trabajo científico, del estilo y la psicología que le es típico. Como toda institución, tiene su ordenamiento interior con la consiguiente jerarquización y distribución de funciones.

La historia y el funcionamiento contemporáneo de las instituciones científicas transparentan claramente su condicionamiento social. Desde la Royal Society of London y la Academie de les Ciencies de París, creadas durante el siglo XVII y que sirvieron de modelos a las instituciones que se crearon en los siglos siguientes, hasta los modernos laboratorios, sociedades, academias y organismos gubernamentales dedicados a realizar, organizar y promover el trabajo científico, su difusión y aplicación, la historia revela una línea ascendente de compromiso de las estructuras políticas y económicas de la sociedad con la institucionalidad de la ciencia. Un hito fundamental lo marcó la Segunda guerra Mundial y la generalización de la práctica gubernamental de establecer políticas para la ciencia y la tecnología, especialmente armamentística.

Lo curioso es que esta misma historia de sometimiento está asociada a la génesis y extensión paralela de una ideología propia de algunos medios académicos, según la cual, la ciencia debe permanecer al margen de los conflictos sociales y los científicos, como una especie de sacerdotes, sólo tienen como función la de producir saber objetivo, neutral, sin que su trabajo sea influido por la sociedad. Con ello, desde luego, se les niega la responsabilidad social de los científicos. Esta respuesta de la comunidad científica (ya apreciable en el Acta de Constitución de la Royal Society of London) está originada más por el temor a la acción sobre ellos de agentes y valores sociales (políticos, religiosos, económicos) que por la convicción de que son irrelevantes (Mendelsohn, 1982).

Algunos autores han argumentando que la acentuada separación de la ciencia de la política, la moral, los movimientos por reformas sociales y la religión, se debió sobre todo a situaciones sociales, es decir, al medio absolutista donde se producía la institucionalización de la ciencia. Paradójicamente, fue por razones sociales por lo que se formó el postulado normativo de la neutralidad de la ciencia.

Esta situación se acentuó con el desarrollo de la profesionalización de la actividad científica. Fue en las primeras décadas del siglo XIX cuando los filósofos naturales se autodenominaron científicos; en esa misma época fueron cambiando el tono de las publicaciones científicas, abandonando su aspecto de elucubración, mezcla de normas y experiencias, configurándose con una cierta rigurosidad. El estilo riguroso, conciso, claro y el dominio de los hechos pasaron a ser el signo distintivo del científico (actualmente se ha normalizado esta manera de comunicar ciencia por el que se conoce como Estilo de Vancouver, inspirado en una reunión, en principio informal, que mantuvieron en la Columbia Británica algunos editores de revistas de alto factor de impacto, en 1978). Fue intensificándose la idea de desnudar a la ciencia de sensaciones, sentimientos e intuiciones, tesis que sería sancionada por la filosofía neopositivista de inicios del siglo pasado, con énfasis en el neopositivismo de las décadas del 30 y el 40. La interpretación estrechamente funcional del científico como simple portador de saber especializado, ajeno a la esfera de los valores, apareció en el desarrollo de la ciencia, bajo condiciones sociales e históricas no muy precisas.

El planteamiento de la dialéctica de lo cognoscitivo y lo valorativo en la producción científica, no persigue restituir la especulación y la falta de profesionalidad. Exige ofrecer una imagen concisa de la multitud de factores que influyen en este problema, y la necesidad de comenzar la discusión sobre las normas de valoración recomendable. El modelo universal de la intervención profunda de los gobiernos y de la red empresarial en el desarrollo científico-técnico, deja un espacio muy reducido para la justificación de la neutralidad de la ciencia.

Desde otra perspectiva, el enfoque de la ciencia como actividad, ofrece un excelente punto de partida para estudiar sus relaciones con el marco cultural en que actúa. Los conceptos de ciencia y cultura han estado frecuentemente disociados, en una mezcla de ideas confusas. La cultura se debe entender como el espacio de toda la actividad creadora de los hombres. Estudiar las direcciones de la inventiva y sus obstáculos, es decisivo para asumir y comprender a las diferentes sociedades, sus tendencias de desarrollo, su vitalidad y capacidad de respuesta al reto que plantea el ambiente físico y social y las relaciones competitivas o hegemónicas que entre ellas se establecen. Para responder a esta expectativa, la cultura deberá pensar el proceso de asimilación, producción, difusión y asentamiento de ideas y valores en que se funda la sociedad; es el conjunto de representaciones colectivas, creencias, usos del lenguaje, difusión de tradiciones y estilos de pensamiento que articulan la conciencia social, es el ámbito en que se producen y reproducen nuestras formas de vida y nuestra ideología. Desde este horizonte, la cultura es un mecanismo de autoregulación social.

Como parte de la cultura social, la ciencia se construye como una subcultura cimentada por la actividad de los grupos practicantes (Kuhn). El profesional que ha  escogido el camino de la ciencia, se integra en un tipo de subcultura, la científica, diferente de las demás (religión, derecho, filosofía, etc.). Como en cualquier otra,  adquiere sus propios rituales y se incorpora en una estructura piramidal, jerarquías, estándares, autoritarismos, controles, etc. No es un círculo donde el talento destaca sólo por estímulos personales, sino que resulta de la formación que tiene lugar en el interior de esa subcultura.

Pero esa subcultura no está desligada de las determinaciones culturales de la sociedad global donde la ciencia se inserta. Fenómenos perceptibles en la ciencia contemporánea como la superespecialización, burocratización, autoritarismo, competitividad, la coartación por parte de la política y de las empresas industriales multinacionales y militarizadas, entre otros elementos, no pueden interpretarse sino a partir de los rasgos y tendencias que tipifican el medio socio cultural donde esa ciencia se realiza. (Vessuri, 1986, 1987)

Los argumentos precedentemente descritos generan la siguiente conclusión: la subcultura de la ciencia como un conjunto de cogniciones objetivas (teoremas, leyes, axiomas, teorías, métodos, modelizaciones, técnicas, etc.) adquiridos por la Humanidad, que se incrementa de forma exponencial, y de hecho, contribuye al progreso social, no es más que una representación somera de corte cientificista. A su lado se encuentra también la idea de la ciencia dotada de un espacio autónomo en relación de exterioridad con el contexto social con el cual se limita a mantener relaciones de aplicación (aunque sean bilaterales), por lo que estas dos instancias influirán "a distancia" la una en la otra.

En lugar de estas proposiciones:

"... hay que partir, pues, de la idea de que la producción científica ocupa un lugar bien determinado en la sociedad que condiciona sus objetivos, los agentes y el modo de funcionamiento. Práctica social entre otras, irremediablemente signada por la sociedad en la que se inserta, contiene todos los rasgos y refleja todas las contradicciones, tanto en su organización interna como en sus aplicaciones. Se trata pues de verdaderas relaciones de constitución entre la ciencia y la sociedad" (Levy-Leblond, 1980).

Para entender el funcionamiento de la ciencia hay que evitar las dos posiciones extremas y que Foucault denomina extrapolación genética reduccionista y extrapolación epistemológica reduccionista. En la primera, se privilegia el efecto de las fuerzas y dinámicas socioeconómicas sobre el cambio científico, mientras que en la segunda, se acepta la autodeterminación de la ciencia y con ello su independencia.

La alternativa no puede ser otra que un enfoque que conjugue dialécticamente dos movimientos aparentemente contradictorios. Por una parte, debe sostenerse que la ciencia no es una entidad autónoma, determinada por si misma. Como ha quedado expresado, es, fundamentalmente, la dimensión de un mundo real en cambio y está marcada por la sociedad en que se inserta, tanto en sus fines, proposiciones y individuos participantes, como en sus modos de organización y funcionamiento, en los resultados y su aplicación, y en los valores que le trasmite. Por otra parte, la ciencia está determinada por  las demás actividades e instituciones sociales: las fuerzas, actores, relaciones, estructuras y procesos actuantes en la sociedad, condicionan la urgencia, subsistencia, desarrollo, orientación y el propio ocaso de la ciencia. Estos parámetros son determinantes para la escenificación donde actúa la ciencia y que influyen directamente en su constitución y realizaciones.

Debe entenderse a la ciencia como un fenómeno sociocultural complejo que posee sus propias fuerzas motrices, lo que no permite establecer un condicionamiento casual, lineal y mecánico entre la sociedad y la ciencia. De tal forma que posee su especificidad, autonomía relativa, eficacia propia y capacidad de influencia sobre las restantes actividades e instituciones sociales. En su progreso y desarrollo, la ciencia puede crear potencialidades que trascienden las expectativas que tienen sus propios agentes actores y estructuras sociales que la fomentan o al menos, toleran. En su capacidad de penetración en la vida material y espiritual de la sociedad, la ciencia deviene como un factor decisivo de ésta.

Transcurridos los párrafos anteriores y comprendiendo la trama interna de la ciencia, se está en condiciones de definirla resumiendo sus diferentes aspectos. Kröber (1986), siguiendo las teorías de Marx, la resume de esta manera:

 "... entendemos la ciencia no sólo como un sistema de conceptos, proposiciones, teorías, hipótesis, etc., sino también, simultáneamente, como una forma específica de la actividad social dirigida a la producción, distribución y aplicación de los conocimientos acerca de las leyes objetivas de la naturaleza y la sociedad. Aún más, la ciencia se nos presenta como una institución social, como un sistema de organizaciones científicas, cuya estructura y desarrollo se encuentran estrechamente vinculados con la economía, la política, los fenómenos culturales, con las necesidades y las posibilidades de la sociedad dada" .

El siguiente escalón: de la técnica a la tecnología.

En la descripción anterior se ha tratado de entender a la ciencia respecto a su naturaleza social. A continuación se estudian las nociones de técnica y tecnología.

En general, el concepto  de técnica lo entendemos relacionado, habitualmente, al cómo hacer las cosas, al conjunto de procedimientos operativos útiles desde la perspectiva práctica para determinados fines. En una manera elemental, asociamos ciencia al conocer y técnica al hacer. Por las exposiciones anteriores se ha intentado explicar que la idea de ciencia como teorización, como conocimiento puro, ha quedado desplazada como una visión que involucra las diversas dimensiones del trabajo científico. Por ello, puede admitirse que, conocer, describir, explicar, analizar, son atributos indiscutibles de la ciencia. Del mismo modo, aunque la técnica esté sustentada por conocimientos, su sentido principal es realizar procedimientos y productos y su objetivo primordial es la utilidad.

La retroalimentación entre ciencia y tecnología determina unos límites difusos entre conocer y hacer. Sin embargo, el concepto de tecnociencia contribuye a la delimitación de sus propias competencias.

Con la finalidad de argumentar las nociones de técnica y tecnología, se puede admitir inicialmente que la técnica se refiere al hacer eficaz, es decir, a normas que permiten alcanzar de modo correcto y preciso ciertos objetivos prácticos (Agazzi, 1996). La técnica, en primer lugar, consecuencia de la ciencia, y por tanto, vinculada al saber, ha experimentado también profundas transformaciones en su evolución; la técnica se ha desarrollado por un proceso de diferenciación que ha dado lugar a la tecnología que

"... constituye aquella forma (y desarrollo histórico) de la técnica que se basa estructuralmente en la existencia de la ciencia" (Agazzi).

La tecnología representa el desarrollo de la técnica en la que la alianza con la ciencia introduce su rasgo definitivo.

La ciencia contemporánea no suprime otras formas de conocimiento y saber, sino que coexiste con ellas. La aparición de la moderna tecnología no deroga la existencia de otras dimensiones de la técnica cuya relación con el conocimiento científico no tiene el mismo carácter estructural.

Una primera aproximación para diferenciar entre técnica y tecnología, la podemos encontrar en los usos que se les da en diferentes lenguas. En inglés,  technology es el vocablo más usado y circunscribe los significados que en español atribuimos a técnica y tecnología. El vocablo technics, se asigna a metodologías utilizadas en determinadas actividades. En francés, por el contrario, technique, es el vocablo predominante, mientras que el de  technologie se considera más bien un anglicismo poco utilizado.

En español se emplean ambos términos lo que parece sugerir que los utilicemos con significados diferentes. En sentido amplio, la técnica constituye un conjunto de procedimientos operativos para ciertos fines provechosos, que se someten a verificación y, progresivamente, se van mejorando con la experiencia.

Fue en el seno de la civilización griega, a partir del siglo VI antes de nuestra era, cuando se produjo la notable innovación que consistió en la búsqueda de los por qué. En esa búsqueda, coordinadas pero indiferenciadas, emergen la filosofía y la ciencia, ocupadas y preocupadas por las razones últimas de la existencia del hombre y su sentido, y la estructura y constitución del universo. Esa búsqueda del por qué de los procedimientos más o menos eficaces que el hombre utilizaba, fue el génesis de la noción de téchne:

“...  que es precisamente la de un operar eficaz que conoce las razones de su eficacia y sobre ellos se funda" (Agazzi).

El origen de téchne se asemeja con la idea de tecnología, pero son, sin embargo, aspectos diferentes. La idea griega de téchne expresa la necesidad de poseer un fundamento teórico que permita justificar el conocimiento práctico que ya está constituido, lo que favorece su consolidación. Sin embargo, la téchne no justifica la capacidad de producir un progresivo saber hacer, ni mejora la eficacia operativa del existente. A la téchne la dirige un propósito de inteligibilidad (semejante a la epistéme[5] o saber puro) más que de eficacia.

“La idea de un conocimiento que ha de ser puesto al servicio de la práctica es ajena al pensamiento de la época, y por ello mismo, no se contempla en la sensibilidad cultural clásica. A este modo de concebir la gnoseología se acompañaba igualmente un cierto modo de concebir el mundo y la naturaleza: ambos se consideraban como elementos que constituían para el hombre un objeto de conocimiento y no de intervención, una realidad a la cual es razonable, útil y sabio, adecuarse, y no una realidad que se manipula y transforma según el capricho o los intereses del hombre"(Agazzi).

El pensamiento filosófico griego desdeñaba la técnica, la practicidad del conocimiento y consideraba superior la vida contemplativa o teorizadora.

“Platón y Aristóteles propusieron que ningún trabajador manual pudiera ser ciudadano; el trabajo artesanal y manual es vergonzoso y deformador (Hottois, 1991).

Esta aserción, que hoy sigue latente e impregnada en algunos ámbitos, aunque reducidos, de la civilización moderna, es uno de los orígenes remotos del privilegio concedido a la ciencia como teoría más que como práctica social, y más si cabe, una de las razones de la profunda diferenciación entre ciencia y técnica. Desde una perspectiva general, esta disparidad estratificó definitivamente el concepto de clase social.

En este sentido, el Renacimiento se caracterizó por crear un punto de inflexión al instituir la primacía del hombre sobre la naturaleza. El dominio del hombre exige del conocimiento útil. La simple idea de un saber idealista o filosófico va a ir admitiendo el paso, paulatinamente, a la idea de un saber práctico, orientado hacia el dominio de la naturaleza. La nueva ciencia natural propone el proyecto del descubrimiento de las leyes naturales con el objetivo de manipular a la naturaleza. Esos conocimientos permitieron inventar máquinas, aparatos e instrumentos que se basan en proyectos racionales fundamentados en la nueva ciencia, la tecnología, abstracta y matematizada; estas características son las que le otorgan el poder proyectar instrumentos y experimentarlos, en definitiva: un inventar experimentador.

Es ese proceso de interrelaciones renovadas y recíprocas entre conocimiento teórico, abstracto, de modelos físicos y matemático, y creación de equipos, aparatos y máquinas, lo que permite el tránsito a la tecnología: la técnica se enriquece en virtud de su asunción dentro de un nuevo horizonte de racionalidad, la racionalidad científica, engendrada para un móvil utilitario.

Esta fue la manera de cómo la tecnología vino a proporcionar poderes originales a la técnica. No obstante, se debe tener en cuenta otra faceta de esa relación: en gran medida, esa convicción evolutiva fue posible por su íntima conexión con los desarrollos técnicos y sus demandas.

"El proceso de teorización de la mecánica dinámica, en especial de la balística ingenieril del Renacimiento, será uno de los desencadenantes de la ciencia moderna" (Medina, 1995).

La mecánica cinética y dinámica, el arreo y las máquinas de guerra,  experimentaron enormes avances en la Edad Media con la introducción del trabuco, de la catapulta de contrapeso y del cañón[6]. A  diferencia de la ingeniería clásica, dedicada a la producción de artilugios, la ingeniería balística de la época se comprometió con los problemas del uso de estas máquinas de guerra. Los problemas de balística movieron a Galileo a ocuparse de la caída libre y parabólica de los cuerpos.

"La ciencia moderna es, pues, el resultado del reencuentro renacentista entre la antigua tradición teórica científica y la tradición operativa inmanente en la mecánica ingenieril. Ambas tradiciones confluyen en los ingenieros académicos como Galileo, conocedores entusiastas, por un lado, de la ciencia antigua y de los tratamientos teóricos medievales de cuestiones mecánicas, y poseedores, por otro, de amplios conocimientos e intereses técnicos". (Medina, 1995).

Por lo expuesto, los comienzos de la ciencia moderna se generan entre los siglos XV y XVII, en los que se produjeron innovaciones sobresalientes cuyos efectos nos alcanzan actualmente.

Hottois resume ese proceso como la sustitución de la ciencia antigua (a la cual denomina logoteórica), de la ciencia aristotélico-tomista, por un proyecto de ciencia orientado a la operatividad que él llama tecnomatemática. El ideal de la ciencia antigua consistente en construir un cuerpo lógicamente estructurado, apoyado en definiciones de seres, elementos y cosas, y en principios a partir de los cuales se procede deductivamente, ofrece una imagen del mundo de indudable valor, pero que al mismo tiempo es bastante poco operativa. Esa imagen logoteórica no permite la predicción ni la intervención efectiva en la realidad. En cambio, las grandes características de la ciencia moderna son la matematización, la experimentación y la información, que le permiten convertir al mundo en un gran campo de acción. Se trata de una ciencia operativa que permite cálculos, predicciones y ejecución:

"La característica fundamental de la ciencia moderna es la tecnomatemática, es decir, la operatividad" (Hottois, 1991).

Bacon, ideólogo de la nueva ciencia, ridiculizaba a los filósofos aristotélicos por no atreverse a manipular  la naturaleza, por estar sólo dedicados a la contemplación o al conocimiento puro. El objetivo de la tecnomatemática trata de conquistarla y someterla.

Los procesos expuestos implican cambios profundos en las relaciones entre ciencia y técnica. La técnica se circunscribe a una nueva perspectiva de raciocinio científico, en tanto que la propia racionalidad científica, sus modalidades y sus objetivos, advierten cambios notables al proponerse como tecnología.

Cómo se puede definir a la tecnología.

He intentado describir los diferentes principios que a través de la historia permiten comprender el fenómeno que denominamos ciencia, como modelo global, relativamente autónomo, pero insertado en su propia naturaleza social. Sin embargo, no se debe ocultar que existe una concepción tradicional de la ciencia de origen positivista, que admite el ocultamiento del carácter social de la misma.

Algo equivalente ocurre en relación con la tecnología.

“Hay por lo menos un par de imágenes de la tecnología que limitan su comprensión: la imagen intelectualista y la imagen artefactual” (González García, et. al, 1996).

En la primera concepción, se entiende como ciencia aplicada: la tecnología es un saber práctico que deviene directamente de la ciencia, entendida esta como concepto gnoseológico. De los modelos y teorías científicas se derivan las tecnologías, aunque no necesariamente, pues existen modelos y teorías que no generan tecnologías. Una de las consecuencias de este enfoque es desestimar en cierto grado el estudio de la tecnología; la clave de su comprensión está en la ciencia, ya que estudiando esta última es suficiente.

"La imagen ingenua de la tecnología como ciencia aplicada sencillamente no se adecúa a todos los hechos. Las invenciones no cuelgan como frutos del árbol de la ciencia" (Price, 1980).

En el horizonte intelectualista el inexorable  desarrollo científico (sucesión de teorías, ideas, modelos, etc., en la perspectiva tradicional) genera una lógica de transformaciones tecnológicas también inexorable. Cualquier consideración sobre los condicionamientos sociales del desarrollo tecnológico y las alternativas éticas que se le asocian, queda fuera de lugar, pues derivan de la propia sociedad.

Mientras tanto, la imagen artefactual o de manufactura o instrumentalista (González García, et.al.) sopesa las tecnologías como simples herramientas, máquinas, artefactos o elementos de consumo cotidiano. Por lo tanto, están a disposición de todos los individuos y serán sus usos y no los productos mismos, los susceptibles de un debate social o ético. Se acepta usualmente que esta imagen de la tecnología tiene efectos negativos (contaminantes, armamentos, factores de riesgo para la salud, tales como efectos yatrógenos, infecciones nosocomiales y patologías profesionales, etc.) pero  con toda seguridad se debe a la utilización extrínseca que de ella deriva: por ejemplo, una nefasta y poco solidaria política social, cultural, medio ambiental e industrial generalizadas, y un acendrado y poco escrupuloso espíritu de obtención de beneficios inmediatos o una voracidad impositiva, a cualquier costo. Por ello, la propia tecnología y su oportunidad económica, ética, cultural o ambiental debe quedar fuera de la discusión.

Es obvio que esta imagen manufacturera reduce considerablemente el ámbito de la evaluación de tecnologías. En el caso más extremo, no priva de la capacidad de discutir los fines sociales y humanos que deben modelar el desarrollo tecnológico. Por lo expresado, aquellos que diseñan, desarrollan, financian y controlan la tecnología, con esa visión reduccionista, impiden su análisis crítico e ignoran los intereses sociales, económicos y, en algunos casos, aún  políticos. 

Mockus (1983), ofrece una alternativa alentadora a las imágenes anteriores. Respecto a la producción industrial, asegura que las decisiones que ahí se adoptan dependen cada vez menos del conocimiento empírico y más de los conocimientos científicos. La ciencia se encarga de la "exploración racional de lo posible", mientras queda pendiente encauzar lo real de lo posible, a través de seleccionar  variantes excelentes. Esa debe ser la tarea de la tecnología: la búsqueda sistemática de lo óptimo dentro de un campo de posibilidades varias. Así, la tecnología no se identifica con algunos productos ni tampoco con la ciencia aplicada. Hay decisiones y acciones propiamente tecnológicas influidas por un criterio de optimización inevitablemente afectado por circunstancias sociales. Por ejemplo, industrializar la agricultura no es simplemente introducir equipos y maquinarias, es sobre todo algo que se basa en una comprensión de la naturaleza y de la acción humana sobre ella y se adoptan decisiones que sólo se generan de racionalidades económicas y sociales, de valores e intereses, sin tener en cuenta daños obvios a la ecología y a la necesaria diversidad biológica. Son decisiones incongruentes e incoherentes, que derivarán en perjuicios irremediables, pero que la tecnología, como tal, no es responsable. 

La tecnología, sin embargo, no es un mecanismo inocuo. Sus relaciones con la sociedad son muy complejas. Por un lado, no hay duda de que está sujeta a un cierto determinismo social. La evidencia de que se encuentra movida por intereses sociales parece un argumento sólido que apoya la idea de que la tecnología está socialmente moldeada.

Por otro lado, es importante tener en cuenta la otra faceta de la relación entre tecnología y sociedad. Para ello hay que detenerse en las características intrínsecas de las tecnologías y ver cómo influyen directamente sobre la organización social y la distribución de poder. Un ejemplo tomado de la planificación urbana puede ilustrar lo dicho:

"Un artefacto tan aparentemente inocuo como un puente puede estar cargado de política, tal como muestra Langdon Winner (1986) en su conocido ejemplo de los puentes de Long Island, Nueva York. Muchos de los puentes sobre paseos de Long Island son notablemente bajos, con apenas tres metros de altura. Robert Moses, arquitecto de la ciudad de Nueva York responsable de esos puentes, así como de otros muchos parques y carreteras neoyorkinas desde 1920, tenía un claro propósito al diseñar los doscientos pasos elevados de Long Island. Se trataba de reservar los paseos y playas de la zona a blancos acomodados poseedores de automóviles, las clases acomodadas que Francis Scott Fitzgerald describe en El Gran Gatsby (1925). Los autobuses que podían transportar a pobres y negros, con sus cuatro metros de altura, no eran capaces de llegar a la zona. Más adelante, Moses se aseguró de ello al vetar una propuesta de extensión del ferrocarril de Long Island hasta Jones Beach" (González García, et.al, 1996).

No existe un grupo social en este planeta que no haya sufrido las consecuencias de una nefasta aplicación de la tecnología, por ejemplo, por las apetencias napoleónicas o sueños faraónicos de algún político estúpido o por técnicos irresponsables. Los ejemplos son lamentablemente cuantiosos. Las consecuencias políticas y sociales de la energía nuclear, las telecomunicaciones, las políticas tributarias, son ejemplos, entre muchos, del notable impacto social de la tecnología en los estilos de vida, en las relaciones interpersonales, en los valores, en las relaciones de poder.

En la civilización tecnológica en la que nos hayamos inmersos, la tecnología conforma una red que prácticamente incorpora a todos los sectores de la actividad del ser humano.

"... un modo de vivir, de comunicarse, de pensar, un conjunto de condiciones por las cuales el hombre es dominado ampliamente, mucho más que tenerlos a su disposición" (Agazzi, 1996).

Las imágenes manufacturera e intelectualista de la tecnología, anteriormente citadas, nos dirigen hacia una concepción de su evolución advertida como un proceso autónomo, ante el cual es posible contraer posiciones tecno-optimistas o tecno-desastrosas, según sea la percepción positiva o no del papel de la tecnología en la evolución social. En ambas expectativas, la tecnología se encuentra, por un lado, descontrolada, y sólo cabe esperar que su desarrollo termine por dominarnos completamente y deshumanizarnos (con consecuencias desastrosas) o por otro, dejar que disperse su acción bienhechora deseando que nos alcance a todos (optimismo). En el primer caso, el esperado final fatídico habrá que evitarlo destruyendo la tecnología; en el segundo, acomodar todas las vivencias humanas a las exigencias de la tecnología y dejar que imponga su lógica.

Ambas posturas perjudican la adopción de actitudes sensatas en términos económicos, políticos, sociales y culturales respecto a temas cruciales como la evaluación de tecnologías, las políticas tecnológicas, la transferencia de tecnologías, entre otros. Estas posturas sacan de contexto a la tecnología e ignoran las redes de intereses sociales que informan su desarrollo, por lo que ofrecen pocas posibilidades al debate sobre los fines sociales de la propia evolución tecnológica.

La superación de la tesis de la autonomía tecnológica pasa por rebasar la concepción estrecha de la tecnología como un conjunto de elementos construidos a partir de teorías científicas. La tecnología, más que como un resultado, único e inexorable, debe ser vista como un proceso social, una práctica, que integra factores, como mínimo, psicológicos, sociales, económicos, políticos y culturales; siempre influido por valores e intereses.

De hecho, es interesante repasar algunas definiciones de tecnología existentes, lo cual demuestra su complejidad.

Según Price (1980):

"Definiremos la tecnología como aquella investigación cuyo producto principal es, no un artículo, sino una máquina, un medicamento, un producto o un proceso de algún tipo".

Para Quintanilla (1991):

"... los términos 'técnica' y 'tecnología' son ambiguos. En castellano, dentro de su ambigüedad, se suelen usar como sinónimos. Se tiende a reservar el término 'técnica' para las técnicas artesanales precientíficas, y el de 'tecnología para las técnicas industriales vinculadas al conocimiento científico.  Los filósofos, historiadores y sociólogos de la técnica se refieren con uno u otro término tanto a los artefactos que son producto de una técnica o tecnología como a los procesos o sistemas de acciones que dan lugar a esos productos, y sobre todo a los conocimientos sistematizados (en el caso de las tecnologías) o no sistematizados (en el caso de muchas técnicas artesanales) en que se basan las realizaciones técnicas. Por último, el concepto de técnica se usa también en un sentido muy amplio, de forma que incluye tanto actividades productivas, artesanales o industriales como actividades artísticas o incluso estrictamente intelectuales, como la técnica para hallar la raíz cuadrada.

Este mismo autor también define a la tecnología como:

 "... técnicas industriales de base científica. Para estas reservamos el término tecnología",

 y, además, como:

"Las tecnologías son complejos técnicos promovidos por las necesidades de organización de la producción industrial, que promueven a su vez nuevos desarrollos de la ciencia".

Sábato y Mackenzie (1982), definen tecnología a partir de la noción de paquete, el cual subraya el carácter de sistema de los conocimientos que conforman la tecnología.

"Tecnología es un paquete de conocimientos organizados de distintas clases (científico, técnico, empírico) provenientes de distintas fuentes (ciencias, otras tecnologías) a través de métodos diferentes (investigación, adaptación, desarrollo, copia, espionaje, etc.".

En mi opinión, un análisis social de la tecnología debe explicitar otros elementos no contenidos en las definiciones anteriores. La definición que da Pacey (1990), cumple esos requisitos. Este autor, a otro nivel, haciendo suyos los conceptos de Einstein, considera que existen dos definiciones de tecnología, una restringida y otra general. A la primera, se le adjudica sólo su aspecto técnico: conocimiento, destrezas, herramientas y máquinas. A la segunda se le incluyen, además, los aspectos organizativos: actividad económica e industrial, actividad profesional, usuarios y consumidores, y los aspectos culturales: objetivos, valores y códigos éticos y códigos de comportamiento. Entre todos esos aspectos existen tensiones e interrelaciones que producen cambios y ajustes recíprocos, generalmente derivados por interferencias ideológicas/políticas/económicas de distinto signo.