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1883: el primer mapeo con electricidad en todo el mundo - durante ocho meses! -de un cerebro humano consciente, realizado en San Nicolas, Provincia de Buenos Aires
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Enviado por M. F. Crocco
Código ISPN de la Publicación: EplupuEuEZcdaiSMav
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| Resumen: La primera vez que se hizo esto en el mundo ocurrio en San Nicolas, desde el 15 de septiembre de 1883. Lo plagiaron, el autor de la hazana murio amargado, los pacientes debieron esperar que un norteamericano lo redescubriera veintiseis anos despues y el plagiario tiene un monumento de bronce cuidadosamente mantenido. |
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A l b e r t o A l b e r t i
y el primer mapeo con electricidad ¡durante
ocho meses! de un cerebro humano
consciente: hazaña científica
silenciada durante un siglo
Contribución leída en las XI
Jornadas Municipales de Historia de la Ciudad de Buenos Aires, sobre el tema
"La Modernidad", Centro Cultural Gral. San Martín, el 29-VIII-1994.
Sumario:
La hazaña científica y humana del
inmigrante trentino Dr. Alberto Alberti -el
primer mapeo con electricidad en el mundo, prolongado durante ocho meses,
de un cerebro humano consciente y expuesto- fue
suscitada (1) para forjar la neurocirugía
(era necesario perforar el cráneo: reimplantar
el uso del trépano, abandonado porque los pacientes con cualquier
foco cerebral fallecían del exceso de perforaciones inútiles, ya
que se desconocía casi toda localización de funciones en el cerebro humano),
(2) por el uso político de la neurobiología en la
modernidad, (3) por el valor personal y
esfuerzo científico del mismo Alberti y de un sabio
polaco que asentó su hogar en una pieza de la calle Victoria, y
(4) por la fáustica necesidad humana de tocar el alma. Pero,
¿no era el alma lo que movía el cuerpo? ¿No estaba el alma repartida por todo
éste? ¿Por qué se la habría de poder
electrizar sólo en el cerebro? ¿Sería
acaso la electricidad veneno para la mente? ¿No
debería ineluctablemente morir el paciente cerebral electroestimulado, a
causa de esa desmesura violatoria de nuestra condición terrenal? Para
impedir esa osadía modernista, el primer Congreso médico internacional en
Londres condenó de antemano todo futuro
ensayo semejante, maguer su utilidad y
necesidad clínica.
¿Interactuaría la electricidad con
el alma? ¿Saberlo, la des-sobrenaturalizaría?
Y, en una formulación mucho más
grave y profunda, ¿sería endogenista la semoviencia?
En nuestra remota Argentina se osó
adquirir respuestas de la naturaleza y un
truhán las inutilizó.
A nueve años de su
redescubrimiento, ulteriores investigaciones históricas permiten contextuar
para estas Jornadas el plagio y bloqueo, realizado por el estudiante -luego
político, intendente del colindante Partido de Almirante Brown y falso médico-
Llobet, quien en Buenos Aires silenció los
resultados de Alberti y se graduó inválidamente
en nuestra Universidad haciéndolos pasar por propios con
forzosa discreción. Tal discreción obligatoria acalló su difusión local
y dejó su comunicación internacional a la
ineficacia y cautela del bribón, generando
un despiste del conocimiento científico por
el cual el mismo plagiario no pudo tratarse y falleció en el clímax de su
carrera política.
Pero por casi treinta años el
bloqueo perpetró idéntico perjuicio contra
multitudes de enfermos neurológicos en todo el mundo.
Por éso es menester recuperar la
historia de este drama local de incidencia mundial, para
que la frágil ciencia encuentre en nuestra sociedad la defensa que tanto
necesita.
–In memoriam, Marjorie Ledesma
El descubrimiento y la comunicación técnica, en
octubre de 1985, del plagio, realizado por el estudiante Llobet, de los
resultados de la hazaña científica y humana del inmigrante trentino Dr.
Alberto Alberti, promovieron entre 1986 y 1988 varios actos académicos y
comunicaciones en Europa y en la República Argentina. Su propósito no fue
solamente el desagravio del plagiado Dr. Alberti, tan olvidado ahora cuanto
querido hace un siglo por su labor médica repartida en San Nicolás de los
Arroyos, en Génova y como Médico Interno (en italiano "Primario":
responsable médico en ausencia del Director) del Hospital Italiano en la ciudad
de Buenos Aires. Tampoco fue objetivo de esos actos exaltar el interés científico
o la importancia intrínseca y la prioridad mundial de su descubrimiento, sino,
en particular, destacar el gravísimo daño infligido a toda la sociedad cuando
los incapaces se apoderan del trabajo científico ajeno.
Fue un drama histórico, perenne al iluminar la hesitación
modernista-antimodernista tan enfatizada por nuestra cultura y destacar el
interjuego de sus agentes individuales y colectivos; promovido por la necesidad
humana de tocar el alma, como Tomás el Dídimo al meter su dedo en la
llaga; viabilizado por el profesor Richard Sudnik y sus cursos al regresar de la
Expedición al "Desierto" (1879) donde entre malones aplicaba su máquina
eléctrica de manivela para estimular el cerebro de cuanto cuis, mara o conejo
se le cruzaba cerca; y llevado a cabo en San Nicolás por el Dr. Alberto
Alberti, al abrazar una decisión de gravísimo riesgo para su joven carrera médica
y su futuro familiar, tras siete meses de estudiar las agitaciones
(locomovilidad funcional) de la masa encefálica en una paciente con toda la bóveda
cerebral a la vista, doña Severa Velo, quien había sufrido la voladura de toda
la calota o tapa craneal por una progresiva carie sifilítica (osteítis luética).
La conjetura de que la carnalidad del psiquismo acarrearía la
carnalidad del espíritu (ocasionada por la impropia yuxtaposición de ambos en
la concepción vulgar del alma) promovió el uso político de la neurobiología,
empleada ofensivamente desde los enfrentamientos, en la India del siglo -VI, de
los Carvakas (no creyentes en la infalibilidad de los Vedas) con sus
gobernantes, hasta las pugnas y violencias ideológicas movidas o motrices en el
modernismo del Erklärung y la Revolución Francesa. Los descubrimientos
eléctricos -Galvani, Volta y tantos más- habían promovido una moda en toda
Europa, la de electrizar organismos vivos para ver si por acaso, insuflando
alma, podían revivirse cuerpos muertos. En tal situación, los trabajos serios
de electroestimulación cerebral integraban un caótico contexto donde se
abigarraban aventuras poco serias, novelas resurreccionistas, efectos circenses
con cabezas degolladas de ganado debatiéndose en espasmos por la electricidad,
interrogatorios a decapitados en el patíbulo, y una vehementísima polémica
entre conservadores y transformadores socioeconómicos a la cual ningún amigo
de la historia es ajeno.
En Buenos Aires ya se había dictado cátedra sobre
electricidad en un primer nivel internacional. Entre 1828 y 1835, el exiliado
lombardo Octavio Fabricio Mossotti (Novara, 1791 - Pisa, 1863) había dictado
sus clases como titular de una cátedra, la de Física Experimental en la
Universidad de Buenos Aires (clases que Vicente Fidel López y Juan María Gutiérrez
llamaron "inolvidables"), centrándose en los problemas de la
electricidad acumulada en lo interno de alguna masa material.
Es singularmente curioso, para quienes nos dedicamos
profesionalmente a estudiar el nuevo órgano anatómico invisible e intangible
que se forma dentro de la substancia gris cerebral (al tallarse con formas rápidamente
cambiantes los campos electromagnéticos que ocupan su volumen) que, mientras
dictaba aquí su cátedra, Mossotti maduraba sus ideas sobre la acción eléctrica
en lo interno de la materia. Mossotti las publicó al regresar a Europa y tales
ideas le dieron relevancia mundial en los estudios sobre las acciones
moleculares dentro de los cuerpos dieléctricos, como, hoy sabemos, lo es la
materia gris cerebral. ¿Abonaron aquí la receptividad hacia los cursos
dictados por Sudnik cuarenta y seis años después? ¿Llegaron luego, desde Pisa
donde trabajaba Mossotti, a Bolonia y Padua donde estudiaría Alberti? Como
Sudnik, el científico Mossotti no vaciló en tomar las armas por su patria:
regresó a Italia por el "profundo sentimiento de misión" -son
palabras de Máximo Barón, físico historiador de Mossotti- que enhebra
patriotismo y sacrificio científico. Allí, al mando de un batallón y con
grado de mayor, intervino contra los austríacos en las acciones de Curtatone y
la librada en su natal Novara; luego, por su labor científica y docente se le
hizo Senador del Reino, sin que ello perjudicara la divulgación de sus ideas
sobre dielectricidad. Aquí, entre los numerosos alumnos de Mossotti, había
estado Luis Tamini, miembro del ambiente de Sudnik y de Alberti en la época
previa a la hazaña de éste, y Vicente Fidel López, sostén del Círculo Médico
donde Sudnik dictó su histórico curso y donde el plagiario Llobet era
conservador del Museo. Aquí había sido Mossotti profesor de Saturnino Salas
(catedrático de Física Matemática de la U.B.A.), Carlos Tejedor, José Mármol,
Esteban Echeverría, Miguel Cané padre, Marcos Paz, Juan Bautista Alberdi,
Marco Avellaneda, Antonio Aberastain y el médico Indalecio Cortínez, entre
muchos otros. Sus ideas desarrollaban las que simultáneamente iba publicando
desde 1831, en el Philosophical Magazine de Londres, otro joven de su
misma edad, cierto Michael Faraday, a quien casi con seguridad Mossotti habría
tratado personalmente en Inglaterra cuando se familiarizó con otros miembros de
la Royal Society, Thomas Young y J. F. W. Herschel. Young había rebatido las
teorías ópticas de Newton, y Faraday era también antinewtoniano y buscaba
construir una descripción no- newtoniana de la electricidad corriente y estática.
A ello lo había precipitado el descubrimiento de Volta de 1800, de que se podía
producir corriente eléctrica disponiendo materiales de una manera determinada,
la pila eléctrica. La interconversión de fuerzas químicas en eléctricas y
viceversa no cabía en esquemas newtonianos, y alentaba la metafísica de
Leibniz y Platón al destacar la unidad de las fuerzas y su consecuente
reductibilidad a movimientos (o sea, la inexistencia en la Naturaleza de series
causales que no emergieran de afuera de las cosas, exogenísticamente), lo que
contacta por su ángulo más sensible al uso político de la problemática
psicofisiológica.
Faraday había innovado descubriendo que la acción a través
de un campo lleva tiempo para su transmisión (Nota del 12-III-1832, en la Royal
Society) y ello, lentamente, armonizaba con la posibilidad de que la acción del
campo eléctrico y magnético tuviera su origen dentro del mismo campo y que éste
fuera una especie de "substancia". Aunque faltaban décadas para que
Maxwell, Heaviside y Poynting estableciesen la base del electromagnetismo
moderno, ese concepto, de un campo de fuerza cuyas acciones salen de adentro
(endogenismo) y tardan un tiempo en transmitirse, resultaba crucialmente
compatible con los preconceptos substancialistas en boga acerca del espíritu.
La "materialidad" dejaba de ser pitagórico-parmenídeamente inane y
comenzaba a acoger algo parecido a un origen de acciones.
Y Mossotti, en "Sobre las fuerzas que rigen la constitución
de los cuerpos" (Taylor's Sci. Mem. 1, 448-469, 1840); en
"Investigaciones teóricas sobre la inducción electrostática, encaradas
según las ideas de Faraday" (1847, quod in manibus non habui; apud
Baron) y en su "Discusión analítica" (Soc. Ital. Modena, Mem. XXIV,
49-74, 1850) introdujo, en los modelos mecánicos de la física de su época, la
acción endogenista de la inducción molecular eléctrica del medio dieléctrico.
En efecto, su descripción impuso la necesidad intrínseca (de los campos) de
que se conserve la carga (dicho técnicamente: anuló la integral de las cargas
desplazadas).
En otras palabras: mientras el electromagnetismo fuera mecánico,
no servía para suponerlo en algún modo homólogo al alma y en consecuencia no
era posible su uso ideológico con fines contestatarios. Pero . . .
. . . cuando los campos eran concebidos endogenísticamente, y
su acción a distancia como no instantánea, se alentaban las especulaciones
sobre sus posibilidades de contactar al alma, repetidas en innumerables ecos
divulgatorios o de menor seriedad o precisión conceptual. En la documentación
de sus cursos en Buenos Aires, Mossotti se limitó a los modelos mecánicos de
la electricidad. Pero es difícil que su enseñanza oral y sus charlas
particulares hayan dejado de caracterizar hórmicamente esos fenómenos
naturales. Y su eventual influencia sobre los origenes de la neurobiología y
psicofísica argentina, bien preparando el clima de donde surgió el experimento
de Alberti, o bien en la formación que Alberti recibió en Bolonia y en Padua,
requiere ulterior investigación histórico-técnica.
A su regreso del fortín de Bahía Blanca, el profesor Richard
Sudnik, uno de los fundadores en París de la Sociedad Internacional de
Electricidad, brindó en Buenos Aires los cursos de su cátedra paralela a la
Universidad, sostenida por el Círculo Médico (que, en realidad, antes que a médicos
agrupaba a jóvenes y activos estudiantes de medicina). Esos cursos, de primer
nivel internacional, fueron durante varios años fermento y levadura de la
neurobiología y psicofísica en la Argentina. Sudnik introdujo en nuestro país
el estado mundial contemporáneo de esa ciencia en 1880, deleitándose, por
ejemplo, en narrar las observaciones moscovitas de su compatriota J.
Mierzeyewski, quien publicó en Paris el llamativo descubrimiento de neuronas
gigantes que hacían mover el cuerpo y que, agregaba Sudnik, eran controlables
con electricidad.
Perfectamente se conocían aquí los hallazgos de Betz de esas
mismas células. Pero, por ser Mierzeyewski compatriota de Sudnik, aquí era más
conocida su reciente descripción; la palabra que él empleó,
"nidos", para indicar como se agrupaban las células gigantes,
circulaba con preferencia. Perfectamente, también, se conocía aquí el mortífero
experimento de Bartholow, de Cincinnati, quien mató a una adolescente débil
mental -¡tras pedirle su consentimiento para operarla!- colocándole
corriente en el cerebro durante breves segundos por medio de electrodos durante
una intervención quirúrgica (y quien brindó patéticas excusas en el Congreso
de Londres de 1880, donde asistieron seis argentinos capitaneados por el Dr.
Guiliermo Rawson). Y también era cumplido el conocimiento local del no menos
mortífero ensayo ("observación") de E. Sciamanna, quien con idéntica
fatalidad electrizó el cerebro de su paciente, el hasta entonces vivo
Ferdinando Rinalducci, conectándolo igual que Bartholow sólo durante escasísimos
segundos. La consecuencia fue que en nuestro país, como en todo el mundo académico
internacional, se compartió la condenación expresada por el mismo Bartholow,
compungídisimo con su prioridad, y por el Congreso de Londres, prohibitiva de
experimentos tan políticos como deletéreos, a los que ahora exigía considerar
"una acción altamente criminal".
Pero para desarrollar la neurocirugía era ineludible perforar
el cráneo: reimplantar el uso del trépano. Las intervenciones habían disminuído
grandemente, y el trépano casi se había abandonado, por muy sólido motivo:
faltaban noticias sobre la localización de la función cerebral. Si una lesión
o cuerpo invasor (un tumor, una "várice" o aneurisma cerebral) producía
síntomas periféricos -p.e., temblor en un codo-, no había modo de relacionar
estos síntomas con la localización de su origen dentro de la cabeza. Y, en la
impotencia para ubicarlo, se trepanaba muchas veces, quizás diez o doce, hasta
que el paciente se moría de las trepanaciones sin haberse podido localizar
-menos, curar, limpiar o extraer- el origen central (cerebral) del síntoma
periférico visible. Estimular eléctricamente producía movimientos y
sensaciones localizados en partes chicas de todo el cuerpo y debía ser el medio
más preciso de localizar las funciones en el cerebro: el estimulador eléctrico
colocado en tal o cual punto se correspondería con tal o cual localidad del
cuerpo -mano, pie, etc.- y así podría construirse un mapa. Un mapa isomórfico
central-periférico. Pero . . .
Pero, ¿no era el alma la que movía el cuerpo? ¿No estaba el
alma repartida por todo éste? Y, ¿sería esa electricidad pitanza o ponzoña
para la mente? ¿No debería ineluctablemente morir el paciente
electroestimulado, a causa de esa desmesura violatoria de nuestra condición
terrenal? ¿Interactuaría la electricidad con el alma? Y, en una formulación
mucho más grave y profunda, ¿sería endogenista la semoviencia? Muy pocos podían
formularse esta pregunta, pero eran quienes decidían: el desarrollo del
aristotelismo en la escolástica europea retenía el objetivo de Aristóteles,
de convalidar que el único movedor y semoviente del Universo era el Fundamento
de la realidad, y que toda la naturaleza se movia por él. Precisamente el
ascenso del platonismo con la ciencia moderna tuvo por objeto repristinar ese
objetivo, que se había relajado con el reconocimiento de entelequias naturales,
virtudes intrínsecas e ímpetus interiores. De paso, las "leyes" de
la física moderna asumirían majestad divina (aunque los más lúcidos científicos,
como Newton, rechazaban ésto, y no precisamente por devoción). ¿Qué diria la
electricidad: que los hechos temporales no originan acciones sino sólo las
continuan (y que el alma, mero nudo atisbador entre estímulo y respuesta, nada
decide ni se mueve por sí misma) o bien que el origen de la acción es intrínseco
y es necesario volver al relajamiento endogenista, tildado de
"animismo"? Y en todo caso, ¿a quién le importaba preguntarle a la
Naturaleza, arriesgando más problemas? Mejor ignorar; hagamos neurocirugía con
tisanas . . .
Alberto Alberti conocía a su paciente, Severa Velo, desde
1882. Quería a esa sufrida madre de seis hijos, a quien había logrado mantener
con vida y deambulando, no menguada proeza clínica en época sin posibilidades
de asepsia y con una herida tan extensa. Pudo estudiarle aspectos importantísimos
para la neuropsicología, durante esos siete meses, y llegó así al día crítico,
el quince de septiembre de 1883, en una clara mañana nicoleña. ¿Averiguaría,
electrizándola, cómo se conecta el cerebro con el cuerpo? ¿No pecaría, quizás,
descubriendo cómo se conecta el alma con el cuerpo?
No había razón terapéutica para hacerlo; el experimento
humano era necesario para operar a otros seres humanos: don y riesgosísimo
servicio que sólo la paciente misma podía disponer. Sabía Alberti que el
resultado de electroestimular podía ser perfectamente condena y cárcel, su
sindicación personal como un "modernista" de deletéreas ideas
avanzadas, la excitación furiosa del antimodernismo, su expulsión del país,
la pérdida de su habilitación médica y . . . la ruptura con su novia, una
bella chica nicoleña que como todas sus amistades, jamás le hubiera perdonado
asesinar a Severa por una curiosidad; importante, sí, y aún crucial, pero no
terapéutica. Como plomo hirviente debió pesar esa posible muerte -pura hybris-
sobre el alma profundamente religiosa de este italianito sensible, médico
rebosante de ternura, cuando tomó su decisión. Sólo en segundo término
contaría su carrera, su novia, su deportación. No en vano venía de las
mejores escuelas médicas de Europa; pesó con exactitud todos los hechos clínicos.
Pero el conocimiento decisivo fue la experiencia técnica de Sudnik, no en vano
físico electricista de primer nivel mundial. Severa no habría de morir por el
experimento; las maras, cuises y conejos no morían como los pacientes de
Bartholow y de Sciammanna. Sólo por el despliegue de esa experiencia técnica
sabemos que Alberti conocía el trabajo de Sudnik y sus cursos en Buenos Aires;
hasta ahora ninguna otra constancia histórica nos ilustra directamente sobre
esa conexión. Debido a las características técnicas de la corriente empleada,
Severa no murió. Y durante ocho largos meses, cada vez con más confianza,
Alberti siguió mapeando, en la geografía sanguinolenta de la bóveda del alma,
las localizaciones de la función cerebral en todas las ocasiones posibles:
despierta, dormida, bajo barbitúricos, durante la ejecución de acciones
concretas, en la producción eléctrica de movimientos (es decir, la causada por
el electrodo y no por la voluntad de Severa), en la generación eléctrica de
sensaciones, en el estornudo, en la tos, en el acto de contar, de hablar, de
imaginar, de gritar, hasta en los esfuerzos del vientre . . . Alberti tenía
veintisiete años; sí, veintisiete, aproximadamente la misma edad que Einstein,
que Newton, que Nietzsche en sus más radicales contribuciones.
El estudiante de tercer año de medicina, Andrés Llobet, nada
sabía de todo ésto. A sus veintidós años, no estaba produciendo los
descubrimientos que unas décadas antes Helmholtz había conseguido a esa misma
edad. No; Llobet estaba estudiando lejos de San Nicolás, en Buenos Aires,
aunque cierta temprana megalomanía ya lo había llevado a nombrarse Presidente
del Círculo de Estudiantes Nicoleños de Medicina en Buenos Aires, donde
contaba con la multitudinaria aquiescencia de sus cinco compañeros: un circulo
no deja de serlo por ser reducido.
Llegó la primavera de 1883. Y pasó toda. Recién para las
Navidades volvió Llobet a San Nicolás -las vacaciones universitarias eran
entonces sólo desde el veinte de diciembre hasta el primero de febrero-, hijo
de una adinerada e influyente familia muy amiga de la dueña del Hospital
privado donde trabajaba Alberti. Éste recién ahora había dejado de ser médico
raso; había ascendido a Jefe de una Sala. Al enterarse el estudiante (y
Presidente del Círculo de sus pares nicoleños) de la comidilla local, acerca
de las brujerías que hacía el inmigrante italiano en la criolla que mantenía
viva sin tapa de los sesos, quiso curiosear asombrado en esa singularísima acción
no terapéutica, que Alberti venía llevando a cabo cotidianamente desde hacía
ya tres meses y medio.
Subió al piso alto del Asilo, valido sin duda de la privanza
de su familia con la dueña y de la bonhomía de Alberti, y éste por una única
vez le permitió colocar los electrodos. Debe tenerse en cuenta que ello
requiere un mínimo de delicadeza médica manual, y que Llobet ni siquiera era
estudiante de los últimos años de Medicina, y mucho menos era
"perro" (estudiante del sexto y último año), sino apenas de tercero,
el último de la parte introductoria de la carrera; el "CBC", o
curso básico común, diríamos ahora. Pero la mejor amiga de su madre era dueña
del Hospital.
Ella, Justina Acevedo, era la viuda de Felipe Botet. Éste,
tras larga lucha junto con dos amigos, había logrado constituir el hoy Hospital
Neuropsiquiátrico "Dr. José Tiburcio Borda", haciéndolo denominar
"Hospicio de San Buenaventura" en invelada y personal canonización de
uno de aquellos dos restantes amigos (y primer director desplazado políticamente
de su conducción, el médico Buenaventura Bosch). Fallecido Felipe Botet, su
muy adinerada viuda, antes de volver a su natal Buenos Aires, dejó fundado en
San Nicolás un nuevo hospital de caridad. Y por idéntico motivo lo denominó
"Asilo San Felipe", en igualmente invelada santificación de su
difunto esposo.
Después, el drama. Hacia abril o mayo del siguiente año
(1884), Alberti terminó los experimentos. En los próximos treinta años sus
resultados hubieran debido permitir que unos trescientos millones de pacientes
neurológicos en todo el mundo, los más por cierto carentes de médico, si
llegasen a consultar uno pudieran beneficiarse con un método infalible de diagnóstico,
un método para utilizarse desde la primera observación preliminar: el
conocimiento de la localización anátomofuncional. En esa enorme masa de
enfermos en eventual consulta, esa capacidad localizatoria indicaría el origen
central de cualquier síntoma periférico y permitiría volver a emplear el trépano.
Un pequeño adelanto de los dedos con el electrodo y un gigantesco paso
constitutivo para la neurocirugía. Un trufador se interpuso -Llobet-; la
extrema fragilidad y vulnerabilidad del avance científico auténtico lo
hicieron trizas ante la estéril argucia de la canalla, y el mundo debió
esperar hasta 1909 -veintiséis años, suficientes para madurar un genio, y la
diferencia entre vivir o morir para no pocos en la mencionada masa de pacientes-
para que el norteamericano Harvey Cushing sintetizara experimentalmente una
deshilvanada serie de tímidas intentonas posteriores a Alberti (historiadas en
1897 en Burdeos por Lucien Lamacq: "Les centres moteurs corticaux du
cerveau humain déterminés d'aprés les effets de l'excitation faradique des hémisphères
cérébraux de l'homme", Arch. Clin. Bordeaux 6, 11-13, nov. 1897)
y, creyendo innovar, recuperara la información perdida.
¿Cómo perpetró Llobet su crimen? Alberti, justamente
satisfecho con sus resultados y plenamente consciente de su enorme importancia
mundial, había terminado el 31 de julio de 1884 la Memoria para
comunicarlos . . . corriendo, porque se le vencía el término para presentarla
en Buenos Aires ante la sociedad elegida. "Creemos que nuestro caso
narrado" -escribe el apurado sabio- "sea uno de los más importantes
que se conocen; pues no sólo disipa muchas de las obscuridades existentes en la
fisiología cerebraI, sino que tiene también una importante aplicación clínica
y es de una grandísima utilidad práctica". Como otros grandes aquí,
confió en su patria de adopción; y tal como Christofredo Jakob, en el siglo
XX, vería ignorarse en el mundo valiosísimos descubrimientos suyos por
haberlos publicado en Buenos Aires y en castellano, igualmente Alberti decidió
confiar su Memoria al "Gran Concurso" convocado por el Círculo
Médico Argentino donde Sudnik había profesado su Cátedra "paralela"
a la Facultad y . . . donde el joven Llobet era el influyente
encargado del Museo.
Sacó Alberti el décimo y último "premio" -un
diploma, que terminó en exposición en el Museo nicoleño, como si hubiera
podido enorgullecerle-, muy por detrás de Llobet. Éste obtuvo el séptimo
premio por aportar a la humanidad un insuflador, un globo para echar -¿qué?:
nada menos que aire en los pulmones, por medio del original expediente de
estrujarlo con los dedos. Pero Alberti fue premiado, y con ello –he aquí la
madraza del borrego- le correspondía publicar su Memoria en los Anales
del Círculo Médico. Esto se comprueba ya que, por error, esa Memoria conservó,
cuando fue publicada finalmente a costa del autor, algunas de las reveladoras
leyendas de cabeza de página -"headers", en microsofés- sobre
algunas de las figuras posteriores, mientras que se las sacó de las iniciales.
Pero, en síntesis, Llobet impidió que fuera publicada por el Círculo. La copió,
y fraguó así una ilegal tesis doctoral con la que obtuvo un doctorado de la
Universidad de Buenos Aires en la Facultad de Medicina, nulo de nulidad absoluta
por basarse en delito. Tocando el cielo con las manos, pero confiando en
contactos masónicos muy vinculados al Círculo y en el modernismo de su
contenido, la tradujo y envió como propia para deslumbrar a Jules Simon,
presidente de la Academia francesa de Medicina. El que no le prestó más que
una cortés contestación, sin análisis; Llobet había confundido una autoridad
sectorial política con una autoridad sectorial científica.
Clínico absorbido por sus pacientes, esposo y padre tierno y
delicado, no por ello carecía Alberti de la fierezza personale necesaria
para allanar el imprescindible avance de la ciencia y de paso para vengar el
plagio. Imprimió a su costo una exigua tirada de la Memoria, utilizando
para ello la composición en plomo ya preparada para los Anales del Círculo
Médico y que jamás le iban a publicar, pero que evidentemente no pudieron
negarle porque el trabajo era suyo. Pero la conexión de los Llobet con la dueña
del Asilo "San Felipe" -donde ahora Alberti había llegado a ser un
Director - le ató manos y lengua. La noble viuda, que vivía en la Capital y
con quien el italianito no tenía acceso ni menos privanza, puso, como condición
para transferir a la municipalidad nicoleña su "Asilo San Felipe",
que el Director del mismo Asilo -el plagiado- entregara el Hospital: al cabildo,
en manos del Intendente, y al pueblo nicoleño, en manos de . . . la madre del
plagiario.
Amargadísimo, Alberti guardó su silencio. No podía frustrar
la transferencia tan anhelada por la población de San Nicolás. Viajó a Italia
-donde nació su hija Laurita, cuya devoción preservó la documentación
necesaria para redescubrir la hazaña de su padre-, gozó de la amistad de
Lombroso. Pero su esposa nicoleña -Isabel Sánchez Cernadas- añoraba demasiado
su gente, su familia descendiente de españoles, nuestros compatriotas, los que
tan vilmente nos habíamos portado.
Volvió. Fue Alberti médico "primario" y así por
azar efímero Director del primitivo Hospital Italiano en Buenos Aires, donde
renunció tras otro grave disgusto personal, y se retiró a su casa en la
avenida Rivadavia, justo frente al ruidoso obrador donde el tren subterráneo de
la línea "A" haría emerger en Primera Junta su flamante orgullo.
Espiritualmente reseco, desatendió una afección renal que, entre el barullo de
esos primeros convoyes subterráneos -los que inútilmente procuró evitar
viajando a su campo en Santa Fe- le llevó a la muerte en 1913.
En cambio, Richard Sudnik fue un sabio que eligió el ambito
académico para expresarse. "Era una figura inconfundible. Alto, recio y
fuerte con su larga barba que acariciaba coquetamente siempre; caminaba lenta y
cadenciosamente, con una gravedad solemne apoyado en su bastón grueso y tosco,
adminículo que le era indispensable para la marcha por llevar una secuela trófica
y paralítica en una pierna (habIa sido herido en la insurrección por la que se
le desterró de Polonia); llamaba así la atención de cualquiera. Hablaba muy
poco y sentenciosamente siempre; era parco en el reir y expresábase con
dificultad en una mezcla de polaco, francés y español que le era peculiar,
provocando comentarios risueños y a hurtadillas de los que le escuchaban",
recuerda uno de sus queridos discípulos, Mariano Alurralde en El Cocobacilo
(5, 58, primavera de 1924). Salvo esos queridos discípulos (ver notas al
final), y pese a ser Sudnik catedrático titular por décadas de la más
acreditada Universidad argentina, su diálogo debió articularse primordialmente
con el extranjero. Publicó allí -especialmente, en Francia- decenas de
experimentaciones electroneurobiológicas del mismo primer nivel internacional
con que había brindado sus cursos del Círculo Médico al regresar del
"Desierto". Pero la academicidad no vino sin sinsabores. Es
conmovedora la carta dirigida por su esposa francesa al Decano de la Facultad de
Medicina en 1915, pidiéndole costear aunque fuera un ataúd, ya que falleció
en la más supina inopia tras sentar su hogar por décadas en un cuartucho de la
calle Victoria. Sólo lo recordaron aquellos discípulos suyos y, ya en la
actualidad, el Laboratorio de Investigaciones Electroneurobiológicas del
Hospital "Dr. José Tiburcio Borda"; desde 1988 también el Centro de
Investigaciones Neurobiológicas deI Ministerio de Salud y Acción Social de la
Nación bautizó en su memoria una de dos aulas, recuperadas físicamente con
enorme esfuerzo y sacrificios personales. Una de ambas aulas hoy se denomina
"Richard Sudnik"; la otra, "Alberto Alberti".
Mientras tanto, el plagiario Llobet -formalmente no debe llamársele
médico- tenía alcanzado el que parece haber sido su objetivo dominante:
proyectar su ego en el entorno. Quien rechazara reconocer admirado su excelencia
no contaba: transpapeló la vida en el curriculum. Según las publicaciones de
la época, carecía de toda modestia: "Su tono es dogmático, magistral: magister
dixit. Aconseja a los especialistas, corrige a los médicos, recomendando
paternalmente a los colegas mayores, cuidados en las atenciones profesionales .
. . hace elogio de sus propias observaciones, de sus brillantes resultados, de
su espíritu innovador y progresista y expresa sus opiniones con mucha libertad,
como de gran altura, apoyado en once años de práctica quirúrgica."
Repitiendo su gesto de juventud, de cuando se había erigido en Presidente de la
comunidad, maguer parva, de estudiantes nicoleños en la Facultad de Medicina
porteña, en 1902 se hizo elegir Intendente Municipal del partido de Almirante
Brown, donde vivía. Se aprestaba a alcanzar una cuota considerable de poder político
nacional; casi abandonó sus publicaciones profesionales. Podía ser diputado.
Inesperadamente, comenzó a padecer extraños síntomas neurológicos. Quedó
privado del habla y de otros movimientos y acciones, pero la neurobiología,
privada de los descubrimientos de Alberti, no había podido reprogresar lo
imprescindible para identificar a tiempo donde estaba la localización central
de la lesión o tumor cerebral que generaba tales síntomas. Su plagio había
retrasado la ciencia que ahora necesitaba.
Desesperado, viajó mudo al fin a París, donde el célebre
"radiologue" Henri Béclere le diagnosticó -por medio de los rayos
Roentgen- una ubicación en el lóbulo temporal -lateral e inferior- izquierdo
que a esa altura del desarrollo ya era inextirpable. "En su silencio",
comentamos, "el progreso de su enfermedad le habrá revelado, a no
dudar, elementos de la constitución humana que su ciencia le mostró
extramentalmente, ahora observados desde otra objetividad, la de lo subjetivo; y
su vida de luchador, que ya vimos cómo sabía tomarse ventajas, quizás haya
quedado suspensa de la pregunta por la transcendencia de la acción".
Sudnik y Alberti fueron sepultados en el olvido, y Llobet,
muerto así en 1907, es meramente recordado como neurocirujano: el consabido
bronce estatuario municipal hoy honra al falso doctor en la entrada al
ex-Hospital Rawson. Curiosamente, la placa bajo su exaltada escultura es pulida
con diligencia todas las semanas, régimen harto infrecuente para la
administración de nuestra imaginería. Pero en 1899, por impulso de Domingo
Cabred y Amancio Alcorta había llegado a esta tierra el fundador de la Escuela
Neurobiológica Argentino-Germana, Christofredo Jakob.
Pese a trabajar a menos de dos cuadras de donde lo hacía
Llobet, a los fondos del hoy Asilo "Prof. Dr. Guillermo Rawson",
Jakob, ubicado en el Centro de Investigaciones Neurobiológicas (actual Avda.
Amancio Alcorta 1602, a los fondos del Hospital Borda) ignoró a Llobet. Ello no
podría haber sido así, si a Llobet se lo hubiera reputado verdadero autor de
su propia, importante tesis. En efecto, aunque socialmente era imposible osar la
denuncia, por supuesto Sudnik, Alurralde, Frank Soler y muchos otros científicos
conocían la verdad; vivía también el silenciado Alberti, y ello explica que
Jakob nada haya querido saber de Llobet. Éste no tenía disposición para
congratular a otros investigadores por sus aportes, y a más debió percibir la
radicación de Jakob como una amenaza; no en la cirugía que profesaba, sino en
la neurobiología, donde si necesitó copiar su tesis es porque su verdadero
nivel se lo requirió; cada quien sabe lo que hace. "Nadie más sagaz que
los sabios de cartón para columbrar peligros con la proximidad de un estudioso
sincero", dijimos al comunicar los hechos; "nadie más estólido que
ellos para convencerse de que pueden ocultarlo." El profesor Dr.
Christofredo Jakob trabajó cincuenta y siete años en la Argentina y bajo su égida
de mentor y referente esta tradición se desarrolló proficua, desde su
tradicional edificio actualmente en trámite de declaratoria como monumento histórico.
Entre centenares de aportes, venció la problemática de la topografía cráneoencefálica,
propuso desde 1906 los mecanismos corticales básicos del funcionamiento del
cerebro que actualmente adoptamos (como órgano interneuronal y no neuronal; y
que desde 1965 conocemos como modelos de inteferencia holográficos y holofónicos),
aplicó la neuroanatomía a la identificación de vertebrados fósiles, y
descubrió que la materia gris tiene siempre doble función (sensitiva y motriz)
porque en la prehistoria se originó a partir de dos capas de función separada.
Propuso en 1910 la homologación funcional de la convexidad de la corteza a la médula
dorsal y su concavidad a la médula ventral, descubrió y publicó en 1911 el
aparato neurovisceral conocido desde 1937 como "circuito de Papez" por
el redescubrimiento ejecutado ese año por el norteamericano de ese apellido,
realizó una gigantesca labor sistemática en patología, psicofisiología,
anatomía comparada y del desarrollo y biología teórica. Abrigó esta tradición
una explosiva tensión interna motorizante, en su concepto del tiempo físico,
dejando en herencia a más de cinco mil intelectuales aquí formados una fecunda
contradicción conceptual en este tema. Esa contradicción conceptual, a los
quince años de la muerte de Jakob, condujo, en el seno de la Escuela, al
reconocimiento de la eficiencia física y la plena objetividad de los fenómenos
subjetivos (eficiencia y objetividad que Jakob por largo tiempo denegara, al
igual que Th. Ziehen por quien bebió en las fuentes del paralelismo psicofísico
tal como Karl Kleist lo hizo a través de DuBois Reymond). Así integró esta
tradición la formación médica, biológica y en Filosofía y Letras por más
de noventa años; desde 1969 un sector de la misma viró desde un paralelismo
psicofísico al reconocimiento mencionado de la eficiencia causal de los fenómenos
físicos unitestigo, antiemergentista, y demostró la homología filética entre
los mecanismos corticales neuroeléctricos y los mecanismos de control ciliar en
Infusorios precámbricos, y hacia 1970 elucidó la anatomía de la comisura
anterior en el hombre y propuso importantísimos modelos de la producción del
lenguaje, emociones y la desinhibición instintiva. Durante la década de 1970
alcanzó un nivel enteramente novedoso en el entendimiento de qué es un
organismo vivo y una teoría conformacional, no estadística, de la información;
obtuvo en Europa la primera de las patentes por dispositivos experimentales para
observar externamente la acción de diferentes fenómenos subjetivos, analizó
en detalle el cuerpo estriado cerebral integrándolo en una explicación de las
bases biológicas de la funcion volitiva, logró la descripción física de la
autorreferenciación objetal ("yoizar", o formación de un objeto
mental que funcione como un Yo), y con alta vocación histórica reconstruyó la
problemática científica del área desde sus orígenes; adquirió importantes
conocimientos morfoanatómicos sobre la histología de la lateralidad y los
efectos dentro de la corteza de ablaciones zonales en humanos y, ya en la década
de 1980, descubrió los episodios históricos silenciados del origen de la
neurobiología y psicofísica en la Argentina, que aquí nos ocupan, y logró
desmenuzar analíticamente, desde sus motivos protohistóricos, el bloqueo
cultural de la investigación física experimental de la subjetividad normal y
patológica.
Empero no es bueno pretender ignorar que la investigación auténtica
se realiza penosamente entre las bajezas y grandezas de la condición humana.
También reptó en esta tradición alguna figura excéntrica y perversa, formó
corte y se desvivió por graduar opas mancebas (para que el erario se las
mantenga con cargos de investigación); se llegó al crimen y a la maniobra política
para encubrirlo; desgraciadamente es lo esperable y sólo en ese sentido (porque
nunca se repite en otro) es la Historia magistra vitæ. De ese sector
emergieron los últimos loores a Llobet, como no podía ser de otra manera. Pero
la ciencia es mucho más vulnerable a las bajezas que impulsable por las
grandezas humanas y de ahí el valor de señalar ambas. Los trufadores, que la
lunfardía moteja "chantas", son, maguer su aspecto simpaticón y
hasta inocente, los de más peligro. Al igual que, diz, los vampiros de lejanas
supersticiones, parecen humanos pero en realidad no lo son. Así como los
primeros no darían imagen en los espejos, los barbianes y trufadores también
parecen externamente humanos, pero se diferencian secreta y relevantemente en
que emiten unas feromonas o perfumes, imperceptibles para quienes se comprometen
auténticamente; perfumes que ellos detectan para reconocerse desde increíbles
distancias. Y, así, se congregan silenciosos, con sonrisa mentecata, siempre
dispuestos a ayudarse, porque usarse mutuamente es su necesidad fundamental. Y
odian a quien es capaz de crear por sí mismo; y guay! si a éste le falta
ayuda solidaria, porque le victiman irremisiblemente. Por éso es menester
recuperar esta historia, para que la frágil ciencia encuentre en la sociedad la
defensa que tanto necesita.-
Notas:
En dos extensos e importantes estudios posteriores
del área, tanto Mariano Alurralde ("Trabajos de Fisiología
Experimental y Clínica (1896 -1901)", Buenos Aires, Spinelli, 1901; 159
pp.) como Frank L. Soler ("Localizaciones cerebrales", Fac. Cs. Médicas,
Lab. de Fisiología - Director: Prof. H. G. Pinero-, Bs. Aires, Librería Las
Ciencias, 1912; 107 pp.) omiten mencionar una serie experimental conducida por
Llobet, lo que indica, atento a la inmediatez de estos autores al ambiente y a
los hechos relatados, que ya a poco de "su" Tesis a Llobet no se le
concedía crédito. Conociendo la influencia de Llobet (que era creciente a la
aparición del libro de Alurralde y cinco años tras su muerte para el libro
de Soler) ello manifiesta además motivo para evitar comentarios sobre
Alberti, o sobre el episodio que nos ocupa, en vida del relacionado Llobet o
ante la subsistencia de su imagen social. El agraviante efecto de tales
compromisos fue sumir la obra de Alberti en el silencio.
Enviado por M. F. Crocco
Contactar http://electroneubio.secyt.gov.ar/general.htm
Código ISPN de la Publicación: EplupuEuEZcdaiSMav
Publicado Saturday 8 de May de 2004
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