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Dementia dichotoma: La ilusion de las dos culturas
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Enviado por Prof. Dr. Dr. h.c. Hubert Markl
Código ISPN de la Publicación: EplupuEyEZQNDiPksV
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| Resumen: El Presidente de la Academia de Ciencias de Berlin y luego del Instituto Max Planck envio a la tradicion neurobiologica argentino-germana este trabajo sobre las relaciones entre 'ciencias duras' y humanidades, aqui traducido al castellano y publicado con su original en aleman. |
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Dementia dichotoma
El griego »dichotomos« y el latín
»dichotomus« han de emplearse en ambas lenguas como adjetivos para dos
terminaciones, es decir la terminación masculina también vale para el
femenino. La forma femenina »dichotoma« se encuentra mayormente sólo en
nombres pseudocientíficos de plantas en la Modernidad. El autor se conforma con
la mala gramática consabida como buena forma de lenguaje.
- la ilusión de las dos culturas
Prof. Dr. Dr. h.c. Hubert Markl
Hubert Markl es el Presidente de
la Academia de Ciencias de Berlín y Profesor de Biología Evolutiva y Ciencias
del Comportamiento en la Universidad de Constanza; correspondencia: Jäger
Strasse 22-23, 10117 Berlin, o bien Departamento de Biología, Universidad de
Constanza, D-78434 Constanz (Alemania).
Citation: Electroneurobiología
2 (1), 23-40, March 1995 [Language of main text and Summary: Spanish].
Nota de la Redacción [en el original]:
Cuando el dualismo, allende su instrumentación binarizante en tantas ciencias,
se torna manía partitiva, no sólo hiende al objeto de estudio sino al esfuerzo
compartible. Y junto a él, quiebra grupos humanos y equipos de investigación.
Esa escalada hacia la manía de dividir en dos es una amenaza crucial contra el
estudio del cerebro en funcionamiento, sano o enfermo. Nuestra tradición, la
Escuela Neurobiológica Argentino-Germana, mantiene incólume un legado de
interdisciplinariedad científico-natural y humanística donde, en particular,
se inscribe el artículo monográfico del penúltimo número de Electroneurobiología
(Vol. 1, número 5, páginas 94 a 162, noviembre de 1994), intitulado
"Physical Assessment of the Added Interactions among Non-Distributed
References of Distributed Reverberations in the Brain Gray (Preliminary Report,
Research Project: ‘Study of the ephaptic incidences on correlogram
generation in the neurocognitive parenchyma as a diffractive medium’)".
Allí se instrumentan humanidades, concretamente se utilizan el análisis histórico-cultural
del dualismo y del pensamiento pitagórico-parmenídeo en la historia de los
estudios del cerebro, como aparato conceptual hoy necesario para la investigación
científico-natural experimental del órgano productor de los contenidos del
psiquismo y, a menudo, de su enfermarse. Tan eficaz y no yuxtaposicionadora
interdisciplinariedad, hoy como ayer, sigue llamando la atención entre quienes
la resignan para conformarse con abordajes más estrechos. Su utilización
instrumental, por una parte, y el estudio histórico-cultural de los dualismos
psicofísicos por la otra, se enriquecen ambos con síntesis como ésta, que
mucho agradecemos, que el Presidente de la Academia de Ciencias de Berlín ha
querido enviar a la revista del Hospital Borda, testimoniando con ello la atención
del pensamiento germano actual por esta tradición neurobiológica emergida de
su riñón intelectual. Testimonia también, con ello, el valor fecundante de un
órgano especializado de perspectiva interdisciplinaria como lo es Electroneurobiología.
Cuando los científicos quieren dárselas de
cultivados, o cuando los humanistas académicos quieren lucir su apertura
mental, nunca omiten referirse a la imaginaria Mesopotamia - la 'comarca de dos
ríos', desde que Sir Charles Percy Snow nos permitió echarle un vistazo con su
Conferencia Rede de 1959 (1). No hay duda sobre la realidad del culto de las
'dos culturas'. Pero ello, en sí, ¿es acaso razón suficiente para tomar en
serio la tesis que hay dos culturas separadas, la de las artes y la de las
ciencias, aun cuando el contenido verdadero de tal tesis es poco más que un
superficial atisbo, una observación estimulante exagerada?
Cuando una tesis cenceña (apenas 50 pequeñas páginas) sobre
la hacedura mental de nuestra civilización científica -por lo menos en su
versión específicamente anglosajona- corre mediante siete ediciones en un año
solo, y convoca la escritura de centenares de ensayos y libros, ¿por sí sola
no se gana tomarla seriamente como un suceso importante de nuestra historia
intelectual (11)? ¿Podemos presumir que esas 'dos culturas' sean reales sólo
porque las artes y las ciencias se ocupen incesantemente con la idea de que
existen? ¿Podemos definir como científicamente 'real' cualquier cosa que la
ciencia adscriba a la realidad, en charla o por escrito? Así resulta que
estamos considerando, en verdad, no el contenido, sino los efectos de esta tesis
de las 'dos culturas'. Luego volveremos a este punto.
Lo que choca, no obstante, sigue siendo que la inicial
publicación de un ensayo con fundamento tan flagrantemente débil sea capaz de
producir tal terremoto literario con post-sismos para varias décadas. ¿De dónde
viene que, año tras año, innumerables divulgadores científicos y formadores públicos
de opinión partisana citen inevitablemente las 'dos culturas'? ¿Como puede
ser, que tan exiguo conocimiento real haga llover tales chaparrones de citas? ¿No
es éste un estremecedor ejemplo en pro de la justificada desconfianza contra
los índices bibliométricos de citaciones como manera de medir el valor científico
de un artículo publicado?
¿Yace en el fondo -lo que sería mi más siniestra sospecha-
que únicamente muy pocos de ésos que citan las 'dos culturas' leyeron
realmente lo que citan? No es pavada que un artículo sea tan corto como para
evitar ser citado sin leerlo.
¿Quién podría, tras sobria consideración, tomar en serio
una abarcadorísima condena tan repleta de prejuicios contra la 'cultura' humanístico-literaria,
por un ridiculizador formado en ella? ¿Quién podría hoy avenirse a esa
simplificación burda sobre el carácter idílicamente salutífero de los logros
de las ciencias técnicas y naturales? Según Snow ellas tienen nuestro futuro
en su sangre: ¿éso por poco no nos congela las venas?
¿Quién no se agarra la cabeza, cuando Sir Charles afirma impávido
que las figuras literarias principales de la época son prevalentemente
ultraconservadores de la derecha política, mientras la mayoría de los científicos
principales abogan por el izquierdismo liberal? Tal observación hallaría quizás
sentido para quienes el horizonte del Cambridge en años de entreguerra comprendía
la parte esencial del universo.
Pero, ¿quién realmente considera un papel de tornasol para
comprobar pericia en formar juicios intelectuales, que alguien conozca o bien la
Segunda Ley de la Termodinámica o bien una obra de William Shakespeare? ¿Y quién
querría definir la base de una reforma del sistema educativo en la capacidad de
la sesera para acomodar ambos a un tiempo?
También lo que Snow define como 'cultura' sigue
asombrosamente nebuloso: '. . . actitudes comunes, normas y modelos comunes de
comportamiento, abordajes y suposiciones comunes.' (12). Con tal definición sin
duda se da también una 'cultura' de los ornitólogos, o de las estrellas
profesionales de tenis, o de los estudiantes católicos de derecho
internacional, o de los psicólogos sociales experimentalistas. Así uno puede
embolsar casi cualquier grupo imaginable de gente y distinguirlo de cualquier
otro. Esto tiene justo el mismo valor que clasificar flores silvestres por el
tamaño de sus hojas o sus colores - taxonomía pre-linneana, por decirlo así.
La diversidad de la investigación
científica del Universo
Mientras tanto, también se ha explicado una y otra vez
que la imagen de las 'dos culturas' no corresponde, de ninguna forma, a la
verdadera multiplicidad e interconexión de las estructuras intelectuales
comunicativas en artes y ciencias (lo que además C. P. Snow tenía claro, como
él mismo explica en "A Second Look" ["Una Revisión",
(13)], escrito en 1963).
Wolf Lepenies [en "Die drei Kulturen" (1985)] (7)
argumentó con gran detalle que por lo menos deben distinguirse tres racimos de
métodos para sondear científicamente nuestro universo. Yo mismo esbocé en
otra ocasión ("Wissenschaft: Zur Rede gestellt", 1989 (8): en el título,
aproximable como "Ciencia: Al habla", este traductor advierte un juego
de palabras sobre la Conferencia Rede, de Snow; sobre el habla, "Rede"
en alemán, y sobre la famosa Gerede, o charlatanería ontológica, de
Heidegger. N. del T.) que la compartimentalización de disciplinas y la división
cooperativa del trabajo científico permite diferenciar otras muchas culturas de
comunicación y argumentación. Similares contraargumentos fueron adelantados ya
en 1962 por Frank Leavis en su Conferencia Richmond (6), y por Lionel Trilling
(15).
Además, los sociólogos de la ciencia -sea que busquen
investigarla teórica o bien empíricamente- evidentemente han encontrado también
menguada base para la tesis de Snow de las 'dos culturas'. Talcott Parsons y G.
M. Platt, en "La Universidad Estadounidense" (1973) (10), ya en 1973
distinguieron por lo menos cuatro 'culturas' del saber y de la ciencia académicas:
las ciencias que buscan el conocimiento puro por métodos estrictamente
racionales; las disciplinas diversas de las artes y las humanidades,
comprometidas en preservar y aumentar el saber humanístico general; las
disciplinas profesionales, desde la economía y ciencias ingenieriles a la
medicina, a las que atañe la aplicación práctica de su conocimiento; y
finalmente disciplinas diversas de las ciencias sociales y humanas,
estrechamente conectadas al dominio de la política y más o menos ideológicamente
improntadas o ideológico-contestariamente activas.
En sus trabajos preliminares, estos autores acentúan también
las múltiples intersecciones, superposiciones y flúidos intercambios entre sus
cuatro categorías, e incongruencias de detalle (como cuando disciplinas
cumplidamente diversas, para avanzar, confluyen en el mismo compartimiento).
Esto luego condujo a autores posteriores, edificando sobre este esquema, a
describir niveles incluso más finos de diferenciación -una multiplicidad casi
ilimitada de 'culturas'.
Pierre Bourdieu, asimismo, no ve el universo del "Homo
Academicus" (1984) (2) como dicótomo en el sentido de Snow, desintegrándose
en campos antagónicos, mutuamente agresivos. A lo largo de su minuciosa obra
"La distinction: Critique sociale du jugement" (3), Bourdieu brinda
fundamentos para estructurar una tridivisión con base en intereses culturales,
sociales o económicos. Aquí francamente uno encuentra otra vez múltiples
dificultades para ubicar disciplinas individuales: la medicina, por ejemplo, ¿es
influída más por las fuerzas económicas o por las sociales? Es una pregunta
que cada uno de nosotros presumiblemente contestará de manera diferente, según
nuestra experiencia individual de la profesión médica, cuánto hayamos sufrido
o ganado en sus manos, y cuán propensos estemos para envidiar su condición
social.
Tampoco el estudio empírico de las condiciones reales dentro
de las universidades confirma, de ninguna manera, la disolución en 'dos
culturas'. Ello se muestra, por ejemplo, en entrevistas con estudiantes de
Departamentos diferentes (Bargel, 1988) (1). Sin sobreestimar la importancia de
tales encuestas, parece notable que ésta, en particular, haya producido no dos,
sino más bien diez vistas y expectativas diferentes, expresadas por gente joven
en campos distintos de estudio respecto a sus expectativas y actitudes para con
su trabajo. Lo que particularmente choca al columbrar cómo los estudiantes ven
los principios operativos, tareas, metas y demandas de sus estudios, es la
amplia arbitrariedad de las definiciones en casos individuales; y, también, el
hecho de que las diferencias medibles entre disciplinas formaron un continuo,
antes que separarse nítidamente en categorías. Las diferencias verdaderas
aparecieron, pero expresaban principalmente las diferencias de requerimientos y
de habilidades exigidas por la división de labores en una sociedad compleja. ¿Como
podría ser de otra manera en el 'cerebro' de nuestra sociedad, la comunidad
académica? ¿Y cómo habría ello de conducir, justamente aquí, a una bisección?
Es de confiar que nadie imaginará que artes y ciencias se relacionan del mismo
modo que el lado izquierdo del cerebro al lado derecho (aunque Snow casi parece
quererlo sugerir).
La fusión de métodos científicos
Otra diferencia aparentemente obvia, y por cierto una
base para las opiniones de C. P. Snow, es la distinción entre las ciencias que
investigan fenómenos naturales y sus causas y legalidades (y de ellos hacen uso
práctico adondequiera es posible), es decir las ciencias naturales en su
sentido más pleno; y las otras, que se dedican al estudio de los productos y
efusiones de la mente humana y del cotidiano ajetreo y actividades creativas que
de aquéllos provienen (y a hacer uso práctico, si es factible, de los
conocimientos así adquiridos), a saber, las disciplinas conocidas como ciencias
del espíritu o la cultura, o "humanidades". Esta distinción pierde
aprisa su fuerza cuando uno echa una ojeada desde más cerca sobre la diversidad
de métodos usados para investigar en estos campos.
Así se reducen rápidamente las diferencias que otrora
parecieron tan aclaratorias; por ejemplo, cuando consideramos la existencia de
una creciente combinación de disciplinas teórico-matemáticas, combinación
que atañe desde a las matemáticas puras, hasta a la física teórica, la lógica
formal y la linguística teórica, la investigación operativa y la teoría de
los juegos económicos. O cuando apenas se reconoce diferencia de procedimientos
o métodos fundamentales entre el trabajo de geólogos, paleontólogos y biólogos
evolutivos por un lado, y de arqueólogos o historiadores que usan métodos empíricos
por el otro. También apenas se discierne cómo echar una divisoria entre psicólogos
experimentales, que hacen uso de toda técnica científica posible, y los
neurofisiólogos y estudiosos del cerebro que utilizan todo registro de la
autoexperiencia introspectiva. En ello hasta otra disciplina, la neurofilosofía,
tentó establecerse a sí misma (Churchland, 1986) (4).
Decurso evolutivo e historia
humana
Otra distinción, que sugiere otra congruente dicotomía,
abarca las ciencias que intentan comprender problemas en una manera
interpretativa, hermenéutica y aclaradora del sentido, desde el punto de vista
de la conveniencia del pensamiento y el obrar humanos, y pone por la otra parte
las disciplinas que -aunque no hayan dejado de marchar allende la ilusoria
explicación del cosmos desde el punto de vista de la mecánica newtoniana-
tampoco cesaron aún de ver al universo que estudian como algo que puede
entenderse, cuyos mecanismos obedecen leyes inferibles desde causas, efectos y
condiciones de presencia -aun cuando estas legalidades sean estocásticas o
no-linear-, caótico-dinámicamente regulares. Sin embargo, esta distinción no
presta nueva ayuda para fundamentar un orden jerárquico de disciplinas y, ni
hablar, la existencia de dos 'culturas'.
La biología evolutiva moderna, desde Darwin, por una parte ha
mostrado convincemente la organización sobremanera expeditiva y adaptada de la
naturaleza viva, mientras con no menos persuasión ha demostrado a la vez la
ausencia total de propósito pre-planificado; la génesis literalmente
'inconsciente' del proceso evolutivo. Por otra parte no poca gente, incluso al
considerar el curso presente del mundo, ve la marcha de la historia humana
-tropezando de una fatalidad a otra y desde un triunfo al próximo- como expresión
de una continuación, igualmente insensata e inconsciente, de un ciego proceso
natural, efectuada con los medios superiores provistos, junto a sus anexos gnósicos,
por las refinadas capacidades culturales de la humanidad. Los humanos, por lo
menos ocasionalmente, pueden permitirse ser orientados por la búsqueda
consciente de una meta. Ello en todo caso puede ser necesario para explicar la
historia humana, pero no es suficiente. Cuando se considera la historia humana
entera desde un punto de vista global a largo plazo, llega a ser difícil verla
como cualquier otra cosa fuera de la puesta que la Naturaleza produce mediante
el inguiado trabajo de sus facultades primordiales, para felicidad y dolor,
muerte y prosperidad, repleta tanto de milagros como de horrores.
Explicar y comprender
Que un tipo de cultura científica -las humanidades- se
ocupa principal y noblemente con el sentido que dirige nuestra existencia,
mientras la otra cultura, la de los mecánicos reduccionistas (en tanto en serio
se les considere capaces de tener una cultura), provee meramente las necesarias
habilidades manuales y calculatorias, de suyo no puede sostenerse. Pero la tesis
de las 'dos culturas' de C. P. Snow se pondría esa descripción justo a la
cabeza, ya que él insiste que a la última, a la cultura científico-natural técnica,
es a la que atañe conocer y la que puede resolver problemas futuros -si no
fuese malentendida, criticada y frenada por la hueca y retrógrada cultura
literaria.
Claro que algunos pensarán en Wilhelm Dilthey: '¡Las
ciencias explican, las humanidades comprenden!' Hay mucho de verdad en esto,
ciertamente, ya que aquéllo que ha surgido con pleno sentido de la mente humana
sólo puede ser comprendido por seres humanos. Pero en el comportamiento y la
historia humana, demasiado permanece ‘incomprensible’ incluso cuando podemos
'explicarlo'. Y ello no es distinto para las relaciones interpersonales. En
contraste, la moderna ciencia natural del comportamiento nos ha enseñado justo
a ‘comprender’ cada vez mejor a los animales.
Intereses y procedimientos de
investigación
Mis incertidumbres sobre la validez de describir al universo
de artes y ciencias en 'dos culturas' se nutrieron no solamente por la escasez
de la evidencia de Snow, sino aun más por mi experiencia práctica con los
pedidos de fondos para investigación recibidos por organizaciones
multidisciplinarias de alto nivel federativo, como la "Deutschen
Forschungsgemeinschaft". Sin disputa, allí brotan impresionantes a la
plena luz las ‘culturas’ de argumentación y fundamentación acentuadas por
el egoísmo de los intereses de oficio de las diversas disciplinas. Tan poco
titubean los científicos médicos en apuntar a la achacosa humanidad sufriente
para fortalecer sus demandas, como renuncian químicos e ingenieros, cuando
cabe, a pintar con vivos colores cuán ahorrativos de energía, ecológicos y
seguros nuevos productos pueden esperarse. Los economistas, con la amenaza de
aplicar sus últimos modelos matemáticos, azuzan a la economía hacia altos
vuelos de competencia global, mientras filósofos y matemáticos, separados o
juntos, se encandilan con el esplendor de la pura razón autoreflectora. Unos
afirman que debemos seguir al creciente adelanto científico japonés; otros,
que hemos de defender la posición encumbrada propia de nuestra ciencia alemana.
Para algunos, la Naturaleza tienta con tesoros, sólo a la espera de personal
científico y un presupuesto modesto para comprar instrumentos simples y
reactivos, mientras otros nunca se rebajarían a tan bajos reclamos -ellos se
conforman con basar sus pedidos de fondos simple y noblemente señalando la
importancia irrenunciable de su investigación.
Obviamente, no falta diferenciación retórica entre las
disciplinas individuales. Una única cosa está ausente: el pulcro hendimiento
en dos culturas científicas, encaradas una contra otra sin comprenderse ni
comunicarse. Por supuesto encontramos falta de comprensión, y mala voluntad
para comunicarse, entre biólogos y físicos, filósofos y abogados, científicos
médicos y sociólogos. Pero mientras hay controversias donde médicos,
ingenieros y economistas, juntos, o por otra parte psicólogos [= investigadores
científico-naturales del psiquismo y su enfermarse, no psicoterapeutas: N. del
T.], biólogos y bioquímicos, se encuentran a sí mismos colaborando
abiertamente en una coalición natural de acción científica, entre tipos
diferentes de biólogos, por ejemplo teóricos de la evolución y neurofisiólogos,
son igualmente frecuentes las fosas profundas que los dividen, a menudo con
mucho más profundidad que si esos tipos de biólogos fuesen disciplinas bien
alejadas en el modelo de las ‘dos culturas': por ejemplo, de las primera, los
economistas matemáticos y, de la segunda, los psicólogos cognitivos.
El tipo de universo científico que C. P. Snow y sus acólitos
nos sugieren, en el cosmos cargado de controversias donde han de substanciarse
los verdaderos intereses y procedimientos de investigación, simplemente tampoco
se encuentra.
C. P. Snow - ¿Un Coloso de Rodas
intelectual?
Ha de preguntarse por qué la tesis de las 'dos culturas' logró
un éxito tan velozmente creciente y perdurablemente resonante, si la crítica
aquí implicada del corto ensayo de C. P. Snow fuera apenas aproximadamente
correcta.
¿Se debe a la personalidad del autor? Quizás. Charles Percy
Snow, en la vida política e intelectual británica de los pasados cincuenta años,
fue lo contrario de un Don Nadie. Su curriculum vitæ es impresionante. Nacido
en Leicester en 1905, estudió física allí y en Cambridge. Como
"Fellow" del Colegio de Cristo ["Christ’s College"] trabajó
desde 1930 a 1950, entre otros campos, en física molecular. De hecho pronto
desplegó actividades mucho más influyentes fuera del puro círculo académico.
Desde 1940 en adelante se le asignaron deberes cada vez más importantes en política
científica. Su brillante ascenso vino con los gobiernos de postguerra: desde
1947 a 1964 fue Director de la estatal Compañía Eléctrica Inglesa, y desde
1964 a 1966 Secretario de Estado en el Ministerio de Tecnología. Falleció en
1980, recipiendario abrumado con incontables honores y casi dos docenas de
doctorados honorarios. Junto a todo ello, y elevado a la nobleza en 1957, desde
1964 sentábase como Barón de Leicester en la Cámara de los Lores. Además ganó
fama en las letras mediante sus dos docenas de novelas y otros trabajos
literarios, compuestos desde el decenio de 1930, entre ellos la serie famosa de
once volúmenes "Extraños y hermanos" ["Strangers and
Brothers"] (1940-1970) (14).
A través de todo ésto, ¿no comienza a aparecer como un
verdadero Coloso de Rodas intelectual, individuo prototípico si no
absolutamente único en su capacidad de pontear el insondable abismo de
incomprensión entre las dos culturas, la de las ciencias naturales y técnicas
por una parte y la de las artes y humanidades sobre la otra? [Al creer que Snow
pudiera plausiblemente presumir de rara avis, el autor mienta al
referencial público septentrional; Rodas queda por el Hemisferio Norte y el
hendimiento disciplinario nunca operó efectivamente en nuestra marginal Escuela
Neurobiológica Argentino-Germana. N. del T.] ¿No parece Snow estar en casa en
ambas culturas, singularmente calificado para condenar su separación y exigir
su unificación?
Podría parecerlo -pero, nuevamente, no. Lo que C. P. Snow
tiene realmente para decir sobre la cultura política, literaria y tradicional
que se dice prevalente en la moderna Inglaterra, es una reprimenda
"fraterna" cargada con tanto prejuicio rastrero, y tan desbordante de
engreimiento científico-natural, que apenas se comprende como podría pontear
tal abismo en vez de ahondarlo. Desde este punto de vista, la diatriba de las
'dos culturas' se lee como el sermón capuchino de un redomado fundamentalista
científico contra una turba literaria pagana.
Pero aquí debe serse cuidadoso. ¿Era C. P. Snow realmente
pleno propietario de la verdad de ambos universos, como alegaba? Al respecto
permítaseme citar una revisión compuesta por Walter Gratzer, un respetado
científico natural, aparecida en una respetada revista ["Nature",
(5)] del último libro escrito sobre él, [John de la Mothe: "C. P. Snow y
la Pugna del Modernismo", (9)]: 'Snow reclama para los científicos acceso
exclusivo a una sapiencia ["wordly" = terrenal: elidido en el
original. N. del T.] que pocos se arrogarían para sí mismos (ni qué decir
para sus colegas). Los científicos detentan, afirmó, "el futuro en sus
huesos", una facultad que por implicación se niega a los miembros de otras
profesiones. A mi entender, fue un pobre portavoz de nuestro negocio. Como
novelista fue bastante bueno por ser científico, como científico por lo menos
mejor que la mayoría de los novelistas y como político meramente, por todos
lados y a fin de cuentas, un fracaso . . . Primero y último Snow fue un
arribista, sin interés en el viaje, sólo en la meta. Su propia investigación
. . . era una casi ininterrumpida sucesión de meteduras de pata, pifias a
resultas, por lo más frecuente, de delincuencia intelectual o lujuriante
negligencia. El clímax llegó con la publicación [por Snow y Bowden: elidido
en el original. N. del T.] sobre la identificación espectroscópica y supuesta
generación fotoquímica de la vitamina A. Sus reivindicaciones fueron
brutalmente atomizadas por lan Heilbron y R. A. Morton. En particular, y no por
primera vez, Snow había hecho el tonto por su ignorancia de la literatura; ya
estaba probablemente demasiado ocupado con sus otras ambiciones para molestarse
en leer publicaciones."
El "Morbus Snow"
La tesis de las dos culturas ¿es, pues, sólo un figmento
fantástico, al que nada corresponde de la realidad de nuestra vida intelectual:
'dementia dichotoma’, la delusión de las dos culturas? Desde luego así
parece. Por supuesto, hay científicos que echan una fugaz mirada a las páginas
literarias de su periódico sólo cuando están sobre un tren en largo viaje y
no ha quedado nada más que hojear; y quienes prefieren dormir antes que leer
buena poesía. Conocemos gente que disfruta de una alta cultura literaria, pero
no sólo ignoran qué es un valor de pH, sino alardean también de saber sólo
una cosa sobre tecnología genética: que se oponen. Pero, por otra parte, ¿no
conocemos también filósofos que estudiaron la teoría de relatividad más a
fondo que la mayoría de los físicos, y bioquímicos de profunda y amplia
versación sobre literatura y artes (como Erwin Chargaff y Carl Djerassi)?
¿A qué, entonces, repartir la humanidad en grupos
-‘culturas’ cerradas, aisladas e incapaces de comunicarse una con otra-
cuando por todos lados vivientes ejemplos lo contradicen? Por ejemplo, en esta
dicotomía del ámbito intelectual algunas de las mejores cabezas de ambas
‘culturas’ ¡no pueden clasificarse! ¿Y qué se pretende con que unos
lleven futuro en sus huesos, mientras al contrario los otros sólo detentan
pasado? En realidad ¿al progreso lo representa el principio dinámico de las
ciencias naturales, mientras el de artes y humanidades al contrario simboliza el
pasado? Pero, entonces, ¿a quien adeudamos las utopías que brindan dirección
a nuestro progreso?
Este ‘Morbus Snow', esta bisección del conocimiento -el
‘Snow de otrora’ como Harald Weinrich tan inimitablemente lo dijo; esta
figuración de dos culturas en que nuestro estado mental entero se hiende, como
enfermedad figurada, como ‘figment of imagination’ -es un único aspecto del
fenómeno que he denominado ‘dementia dichotoma’. Esmirriada hipótesis, que
no carga mucho, lo que le sería pernicioso; nota al pie científico-literaria:
uno, de tantos juegos de palabra con que los científicos se las componen para
crear trabajo para sí mismos.
La tesis de Snow:
juguetona variedad de nuestra gana
de partir en dos.
Todavía, sin embargo, debemos indagar algo más seriamente
por qué esta menuda, divertida, no muy original idea de C. P. Snow, un poquito
odiosa contra nuestro régimen tribal intelectual, fue recibida con tan
fulminante expansión exitosa. ¿Por qué empuja tanto? ¿Por qué nos impele a
casi todos tan violentamente a emplear como instrumento de argumentación esta
pseudocientífica posibilidad de repartir, acordar o segregar prójimos? ¿Qué
es esta manía extraña, que nos fuerza irresistiblemente a encontrar cierta
grandiosa propuesta afirmativa en una tesis tan ostensiblemente de corto
aliento? ¿Por qué, como el mismo Snow escribió con mucha perspicacia, justo
la dicotomía, justo la separación en dos categorías, es para nosotros tanto más
convincente que modelos de diferenciación fundados sobre análisis mucho más
ajustados?
Tenemos, al parecer, una tendencia fatídica para asignar la
rica variedad de fenómenos que hallamos en el universo, ante todo en nuestro
ambito social cotidiano, a dos categorías, a dos clases, en una de las cuales
rutinariamente nos contamos nosotros mismos. Y, también rutinariamente, por
supuesto ésta es la mejor, la exaltada, la más privilegiada, la que ha de
preferirse (vide C. P. Snow). A esta inclinación nuestra la quiero caracterizar
como nuestra disposición a una ‘dementia dichotoma’, de la cual la tesis de
las 'dos culturas' es más bien una variedad inocua.
En esta síntesis no puedo probar de modo prolijo que una
fuerte tendencia a la dicotomía social, fácil de tornarse peligrosa, pertenece
a las estructuras fundamentales de nuestra hacedura psíquica. Otros han
fundamentado bien esta demostración, entre ellos Pierre Bourdieu. Pero me
parece provechoso al menos indicar aquí, en forma de breve recuento, cuán
frecuentemente sometemos al universo circundante a una tal categorización. Y
querría al mismo tiempo sugerir adónde podría buscarse el origen evolutivo de
tales ansias clasificatorias; o por qué del apetito en producir reparticiones
dicótomas puede tan fácilmente resultar una manía de discriminación científica.
La urgencia de bisecar aquello que, empero, a menudo justo con
patente evidencia para nosotros, está articulado por una multiplicidad de
intraligaduras, nos tienta a usar la lógica bivaluante de Aristóteles -A o no
A: tertium non datur (no hay tercera posibilidad)-, tal como en la psicología
de la percepción, en múltiples tareas que involucran procesos de
reconocimiento de contraste (figura vs. fondo, o división sujeto/objeto). Al
investigador de la cognición lo extravía en las anfractuosidades del problema
cuerpo/alma, y al psicólogo de la volición con el par de opuestos 'libre' y
'determinado'; biólogos y psicólogos del desarrollo batallaron durante
generaciones sobre las infelices y absurdas dicotomías ‘congénito/
adquirido’, ‘heredado/aprendido' y ‘natura/nurtura’.
Hasta en nuestras bogas cotidianas nos persigue esta manía de
alternación. En Estados Unidos parece que tan pronto como Bill Clinton fue
electo apareció la última Iista de las nuevas ocupaciones, lugares para
mostrarse, comidas de moda, ropas que ponerse y figuras de lenguaje, que de allí
en más, y siendo del todo diferentes de las que valían bajo su predecesor
Bush, iban a prevalecer como ‘in’ o como ‘out’: homosexuals ‘in',
family values ‘out', por ejemplo.
En amplios dominios de las ciencias naturales considerables
abismos, si no universos enteros, separan a los investigadores que piensan
llegar a resolver un problema sólo por métodos teórico-matemáticos o sólo
por medios empírico-experimentales: henos también aquí ya casi en una situación
de ‘dos culturas' científicas. ¿Y qué religión o teología decente puede
pasársela sin bien y mal, cielo e infierno, Dios y Diablo?
Esta manía de dicotomizar crece aún, de hecho, al volvernos
hacia la esfera de estructuras sociales y atribuciones pintadas en blanco y
negro del trato interhumano. En sus fuentes se halla -como en la teoría sistémica
de Niklas Luhmann- la fundamental diferenciación entre ‘propio’ y
‘ajeno’, adentro y afuera, perteneciente y excluido, original y degenerado.
Biológicamente las raíces más profundas de ello pueden encontrarse en el
principio fundamental de la inmunobiología, de que cada célula, cada unidad
organizacional biológica, de alguna manera debe poseer capacidad para
discriminar entre lo propio del individuo y lo que no le pertenece, como, por
ejemplo, genes parásitos o proteínas ajenas.
No conocemos en la naturaleza viva ningún sistema socialmente
organizado, altamente desarrollado y capaz de funcionamiento, que no deba
emprender constantemente esta decisión entre propio y ajeno; en el más fácil
ejemplo, la crianza, entre progenie propia y ajena.
Hay muchos buenos argumentos para presumir que esta distinción
fundamental también jugó un papel importante en la evolución de los humanos
hasta tornarse una criatura organizada de modo altamente social. Puede incluso
haber jugado un papel decisivo en el desarrollo del tipo específico de
inteligencia social poseído por los humanos toda vez que, con gran
verosimilitud, los procesos para la selección [natural] de la cooperación
involucran constantes distinciones entre parientes y extraños o conocidos y
desconocidos.
Igualmente cabe encontrar argumentos en pro de que aquí también
radica nuestra inclinación característica de usar ante todo nuestra dicción,
que tan excelentemente se presta a la comunicación, para la diferenciación
grupal especifíca, mostrando la pertenencia a nuestro grupo, o la proveniencia
del lado de afuera, en el primerísimo intento de trato verbal. Lo que serviría
para establecer comunicación, así puede servir también para discomunicación,
para cerrarle el pico e inhabilitar a todo alienígeno: ‘Bárbaros’,
incapaces de habla comprensible, llamaron los Griegos a los de lengua diferente.
Nos y los otros; amigo o enemigo; varonil o hembruno; joven o
viejo; creyente o impío; pobretón u opulento; sano o enfermo; ellos de allá
arriba y nos de acá abajo. Nuestra prontitud en dicotomizar alcanza para
diabolizar a la otra parte, siempre precedida por el impulso a discriminar, pese
a la multiplicidad de obvias transiciones continuas, claramente visibles para
todos, que subyacen a cada aparente hendedura. Esta prontitud revela nuestra
diestra -o fatal- capacidad de hender, en trozos desigualmente valorados, cuanto
nuestro ojo encuentre en el universo circundante, particularmente en el universo
de la sociedad humana, usando la bien afilada cuchilla de nuestras facultades
para distinguir (no otra cosa significa discriminación). Con una de esas partes
nos contamos nosotros mismos, y en la segunda, quienes a la otra pertenecen:
tertium non datur. Quien no está conmigo está contra mí; vuestro sí sea sí,
y vuestro no sea no. Cualquier cosa añadida, en particular cualquier cosa
puesta entremedio, es del Perverso.
Desde el punto de vista de la psicología social esto parecería
precio necesario de un tesoro que para cada uno de nosotros significa
infinitamente mucho: su consciencia de pertenecer sin riesgo a un grupo
claramente determinado de gente; su identidad social. El forastero, el otro, es
la jorobada sombra de nuestra consciencia de identidad social, y nosotros mismos
somos siempre a la vez el otro de los otros, el extraño de los forasteros.
Claro que ésta no es una limitación natural forzosa; no obstante, se conforma
inmenospreciablemente con las tendencias y disposiciones espontáneas que todos
poseemos.
Mirada de esta manera, la tesis de las dos culturas
irreconciliables, incapaces de avenirse a una mutua comprensión, aparece bajo
nueva luz: como un nuevo ictus de partitividad maniquea, esta vez en el ámbito
de las artes y las ciencias. A él somos tan fuertemente proclives, que ello ya
es motivo suficiente para desconfiar y tomar contramedidas terapéutico-catárticas
al efecto.
La Universidad como comunidad de
comunicación
Una conclusión conciliatoria ¿no se dejará encontrar? ¿No
habrá alternativa ninguna al continuo conflicto entre las
"Facultades" [= disciplinas académicas; título de un ensayo
kantiano. N. del T.]? ¿No sería adecuado ver la universidad, este centro de la
universalidad de conocimiento, como una clínica para el tratamiento de las
dicotomías delirio-inductoras; una casa de salud de artes y ciencias contra la
ilusión de las ‘dos culturas'? ¿No presupone el conflicto de las
"Facultades" que los partidos pugnen uno ‘con’ otro mientras
argumentan uno ‘contra’ el otro? ¿Y el conflicto argumentativo no presupone
ante todo suficiente comprensión para buscar acuerdo a través de líneas de
demarcación, mediante el uso común de una lengua compartida? ¿Algún otro
lugar social existe, donde al menos la libertad para disputar, condición
primera para lograr éxito en esta empresa acordatoria, sea tan íntimamente
constitutiva como lo es en la Universidad?
En estos días hay demasiada gente que no puede encontrar nada
que ganar con la unidad de artes y ciencias. A buen seguro, una unidad del
cuadro científico del universo unificado no existe, ni hay ninguna uniforme
cosmovisión científica unitaria. Tal cosa no puede darse, ni ahora ni después.
Pero en un nivel más modesto hay bastante amplitud para la unidad.
En efecto: una unidad de empeño para comprender y hacer
comprensible qué sigue siendo todavía incomprendido; una unidad de fenómenos
y problemas juntamente percibidos, unidad comunicativa al ser ellos reconocidos
juntamente. Una unidad de metodología científica en la adquisición de
conocimiento, más allá de la pluralidad de técnicas: la fundacional obligación
de dar demostraciones para toda aserción, con cada uno abiertamente responsable
de mostrar hechos. Finalmente y ante todo, hay una unidad del poder pensar. Qué
es substanciación, hecho, observación, refutación, las artes y las ciencias
pueden acordarlo muy bien, más allá de toda diferencia de procedimientos de
investigación y de gnoseología, de culturas humanística o científica, sean
ellas dos, tres, cuatro, diez, o más.
La unidad de artes y ciencias presupone una comunidad de
comunicación, cuyos miembros pueden comunicarse uno con otro. Ante todo debe
serlo la universidad, casa nutricia de conocimiento. ¡Utopía! Sí, pero es una
del tipo que nos da una meta clara y después nos fomenta para alcanzarla, y que
no presenta esa meta como inaccesible de antemano. Aquí yace el núcleo
fundamental de la universidad. Es hogar de la unidad en investigación y enseñanza,
y no campo de batalla entre dos culturas.-
Referencias
- Bargel, T., "Wieviele Kulturen hat die Universität? Ein
Vergleich der Rollen- und Arbeitskultur in vierzig Einzelfächern".
Universität Konstanz, Hefte zur Bildungs- und Hochschulforschung 2 (1988) 37.
- Bourdieu. P., "Homo Academicus". Les editions de
Minuit, Paris 1984.
- Bourdieu, P., "La distinction. Critique sociale du
jugement". Les editions de Minuit, Paris 1979 ("Die feinen
Unterschiede: Kritik der gesellschaftlichen Urteilskraft", Suhrkamp,
Frankfurt a.M., 1982).
- Churchland. P. S., "Neurophilosophy: Toward a Unified
Science of the Mind/Brain". MIT Press, Cambridge, MA, 1986.
- Gratzer, W., "La neige d'antan". Revista del libro
'C.P. Snow and the Struggle of Modernity' por John de la Mothe (cf. ref. 9).
Nature 360 (1992) 385.
- Leavis, F. R., "Two Cultures? The Significance of C. P.
Snow", Richmond Lecture. Incluido en: "Two Cultures? The
Significance of C. P. Snow. With an essay on Sir Charles Snow’s Rede Lecture
by Michael Yudkin". Chatto & Windus, London 1962.
- Lepenies, W., "Die drei Kulturen. Soziologie zwischen
Literatur und Wissenschaft". Hanser, München 1985.
- Markl, H., "Wissenschaft: Zur Rede gestellt. Über die
Verantwortung der Forschung". Piper, München 1989.
- de la Mothe, J., "C. P. Snow and the Struggle of
Modernity". University of Texas Press, Austin, Texas 1992.
- Parson, T. y Platt, G. M., "The American
University". Harvard University Press, Cambridge, Mass. 1973 ("Die
amerikanische Universität", Suhrkamp, Frankfurt a.M., 1990).
- Snow, C. P., "The Two Cultures". The Rede Lecture,
Cambridge University Press, Cambridge 1959. Tres años antes publicó Snow un
primer escorzo del tema: "The Two Cultures", The New Statesman, 6th
October 1956.
- ditto, p. 9
- Snow, C. P., "The Two Cultures: A Second Look. An
expanded version of The two cultures and the scientific revolution",
Cambridge University Press, Cambridge 1962, 1964. Una reunión de textos
traducidos al alemán y comentarios apareció en: Kreuzer, H. (Editor):
"Die zwei Kulturen. Literarische und naturwissenschaftliche Intelligenz.
C.P. Snows These in der Diskussion", Klett, Stuttgart, 1967. (Como:
dtv-Taschenbuch Nr. 4454: München, 1987).
- Snow, C. P., "Strangers and Brothers". MacMillan,
London 1966/1972.
15.Trilling, L., "Science, Literature and
Culture. A comment on the Leavis-Snow controversy. Commentary 33 (June 1962)
461-477. Incluído en: Trilling, L., "Beyond Culture". New York, The
Viking Press, 1965.
Enviado por Prof. Dr. Dr. h.c. Hubert Markl
Contactar http://electroneubio.secyt.gov.ar/Tercero.htm
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Publicado Saturday 8 de May de 2004
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