La Microbiología se puede definir, sobre la base de su etimología, como la
ciencia que trata de los seres vivos muy pequeños, concretamente de aquellos
cuyo tamaño se encuentra por debajo del poder resolutivo del ojo humano. Esto
hace que el objeto de esta disciplina venga determinado por la metodología
apropiada para poner en evidencia, y poder estudiar, a los microorganismos.
Precisamente, el origen tardío de la Microbiología con relación a otras
ciencias biológicas, y el reconocimiento de las múltiples actividades
desplegadas por los microorganismos, hay que atribuirlos a la carencia, durante
mucho tiempo, de los instrumentos y técnicas pertinentes. Con la invención del
microscopio en el siglo XVII comienza el lento despegue de una nueva rama del
conocimiento, inexistente hasta entonces. Durante los siguientes 150 años su
progreso se limitó casi a una mera descripción de tipos morfológicos
microbianos, y a los primeros intentos taxonómicos, que buscaron su
encuadramiento en el marco de los "sistemas naturales" de los Reinos
Animal y Vegetal.
El asentamiento de la Microbiología como ciencia está estrechamente ligado
a una serie de controversias seculares (con sus numerosas filtraciones de la
filosofía e incluso de la religión de la época), que se prolongaron hasta
finales del siglo XIX. La resolución de estas polémicas dependió del
desarrollo de una serie de estrategias experimentales fiables (esterilización,
cultivos puros, perfeccionamiento de las técnicas microscópicas, etc.), que a
su vez dieron nacimiento a un cuerpo coherente de conocimientos que constitituyó
el núcleo aglutinador de la ciencia microbiológica. El reconocimiento del
origen microbiano de las fermentaciones, el definitivo abandono de la idea de la
generación espontánea, y el triunfo de la teoría germinal de la enfermedad,
representan las conquistas definitivas que dan carta de naturaleza a la joven
Microbiología en el cambio de siglo.
Tras la Edad de Oro de la Bacteriología, inaugurada por las grandes figuras
de Pasteur y Koch, la Microbiología quedó durante cierto tiempo como una
disciplina descriptiva y aplicada, estrechamente imbricada con la Medicina, y
con un desarrollo paralelo al de la Química, que le aportaría varios avances
metodológicos fundamentales. Sin embargo, una corriente, en principio
minoritaria, dedicada a los estudios básicos centrados con ciertas bacterias
del suelo poseedoras de capacidades metabólicas especiales, incluyendo el
descubrimiento de las que afectan a la nutrición de las plantas, logró hacer
ver la ubicuidad ecológica y la extrema diversidad fisiológica de los
microorganismos. De esta forma, se establecía una cabeza de puente entre la
Microbiología y otras ciencias biológicas, que llegó a su momento decisivo
cuando se comprobó la unidad química de todo el mundo vivo, y se demostró,
con material y técnicas microbiológicas que la molécula de la herencia era el
ADN. Con ello se asiste a un íntimo y fértil intercambio entre la Microbiología,
la Genética y la Bioquímica, que se plasma en el nacimiento de la Biología
Molecular, base del espectacular auge de la Biología desde mediados de este
siglo.
Por otro lado, el "programa" inicial de la Microbiología (búsqueda
de agentes infectivos, desentrañamiento y aprovechamiento de los mecanismos de
defensa del hospedador) condujeron a la creación de ciencias subsidiarias
(Virología, Inmunología) que finalmente adquirieron su mayoría de edad y una
acentuada autonomía.
Por último, la vertiente aplicada que estuvo en la base de la creación de
la Microbiología, mantuvo su vigencia, enriquecida por continuos aportes de la
investigación básica, y hoy muestra una impresionante "hoja de
servicios" y una no menos prometedora perspectiva de expansión a múltiples
campos de la actividad humana, desde el control de enfermedades infecciosas
(higiene, vacunación, quimioterapia, antibioterapia) hasta el aprovechamiento
económico racional de los múltiples procesos en los que se hallan implicados
los microorganismos (biotecnologías).
Así pues, la sencilla definición con la que se abrió este apartado, escondía
todo un cúmulo de contenidos y objetos de indagación, todos emanados de una
peculiar manera de aproximarse a la porción de realidad que la Microbiología
tiene encomendada. En las próximas páginas ampliaremos y concretaremos el
concepto al que hemos hecho rápida referencia. Realizaremos un recorrido por su
el desarrollo de la Microbiología a lo largo de su historia, que nos permitirá
una visión concreta de algunos de sus característicos modos de abordar su
objeto de estudio; finalmente, estaremos en disposición de definir este último,
desglosado como objeto material y formal.
OBJETIVOS:
Conocer los objetos de estudio de la microbiología
Reconocer los principales aportes que contibuyeron al seguimiento de esta
ciencia
Obtenes una visión general de la materia
Introducir conceptos utilizando el glosario
2 DESARROLLO HISTÓRICO DE LA MICROBIOLOGÍA.
La Microbiología, considerada como una ciencia especializada, no aparece
hasta finales del siglo XIX, como consecuencia de la confluencia de una serie de
progresos metodológicos que se habían empezado a incubar lentamente en los
siglos anteriores, y que obligaron a una revisión de ideas y prejuicios
seculares sobre la dinámica del mundo vivo.
Siguiendo el ya clásico esquema de Collard (l976), podemos distinguir cuatro
etapas o periodos en el desarrollo de la Microbiología:
Primer periodo, eminentemente especulativo, que se extiende desde la antigüedad
hasta llegar a los primeros microscopistas.
Segundo periodo, de lenta acumulación de observaciones (desde l675
aproximadamente hasta la mitad del siglo XIX), que arranca con el descubrimiento
de los microorganismos por Leeuwenhoek (l675).
Tercer periodo, de cultivo de microorganismos, que llega hasta finales del
siglo XIX, donde las figuras de Pasteur y Koch encabezan el logro de cristalizar
a la Microbiología como ciencia experimental bien asentada.
Cuarto periodo (desde principios del siglo XX hasta nuestros días), en el
que los microorganismos se estudian en toda su complejidad fisiológica, bioquímica,
genética, ecológica, etc., y que supone un extraordinario crecimiento de la
Microbiología, el surgimiento de disciplinas microbiológicas especializadas
(Virología, Inmunología, etc), y la estrecha imbricación de las ciencias
microbiológicas en el marco general de las Ciencias Biológicas. A continuación
se realiza un breve recorrido histórico de la disciplina microbiológica,
desglosando los períodos 3º y 4º en varios apartados temáticos.
2.1 PERIODO PREVIO AL DESCUBRIMIENTO DEL MICROSCOPIO
Si bien el descubrimiento efectivo de seres vivos no visibles a simple vista
debió aguardar hasta el último tercio del siglo XVII, sus actividades son
conocidas por la humanidad desde muy antiguo, tanto las beneficiosas,
representadas por las fermentaciones implicadas en la producción de bebidas
alcohólicas, pan y productos lácteos, como las perjudiciales, en forma de
enfermedades infecciosas.
Diversas fuentes escritas de la antigüedad griega y romana hablan de gérmenes
invisibles que transmiten enfermedades contagiosas. Lucrecio (96-55 a.C.), en su
"De rerum natura" hace varias alusiones a "semillas de
enfermedad". En el Renacimiento europeo, Girolamo Frascatorius, en su libro
"De contagione et contagionis" (1546) dice que las enfermedades
contagiosas se deben a "gérmenes vivos" que pasan de diversas maneras
de un individuo a otro. Estos inicios de explicación que renunciaban a invocar
causas sobrenaturales fueron probablemente catalizados por la introducción en
Europa de la sífilis, una enfermedad en la que estaba clara la necesidad de
contacto para su contagio. Pero la "cosa" que se transmite en la
enfermedad siguió siendo objeto de conjeturas durante mucho tiempo.
2.2 EL PERIODO DE LOS PRIMEROS MICROSCOPISTAS.
Ya en el siglo XIV, con la invención de las primeras lentes para corregir la
visión, surgió una cierta curiosidad sobre su capacidad de aumentar el tamaño
aparente de los objetos. En el siglo XVI surgieron algunas ideas sobre aspectos
de la física óptica de las lentes de aumento, pero no encontraron una aplicación
inmediata. Se dice que Galileo hizo algunas observaciones "microscópicas"
invirtiendo su telescopio a partir de lentes montadas en un tubo, pero en
cualquier caso está claro que no tuvieron ninguna repercusión.
La primera referencia segura sobre el microscopio (1621) se debe a
Constantijn Huygens, quien relata que el inglés Cornelis Drebbel tenía en su
taller un instrumento magnificador, que recibió el nombre de microscopium en
l625, en la Accademia dei Lincei, de Roma.
El descubrimiento de los microorganismos fue obra de un comerciante holandés
de tejidos, Antonie van Leeuwenhoek (1632-1723), quien en su pasión por pulir y
montar lentes casi esféricas sobre placas de oro, plata o cobre, casi llegó a
descuidar sus negocios. Fabricó unos cuatrocientos microscopios simples, con
los que llegó a obtener aumentos de casi 300 diámetros. En 1675 descubrió que
en una gota de agua de estanque pululaba una asombrosa variedad de pequeñas
criaturas a las que denominó "animálculos". En 1683 descubre las
bacterias, por lo que se considera el "padre de la Microbiología".
Durante varias décadas Leeuwenhoek fue comunicando sus descubrimientos a la
Royal Society de Londres a través de una serie de cartas que se difundieron, en
traducción inglesa, en las "Philosophical Transactions". Sus magníficas
dotes de observador le llevaron asimismo a describir protozoos (como Giardia,
que encontró en sus propias heces), la estructura estriada del músculo, la
circulación capilar, a descubrir los espermatozoides y los glóbulos rojos (por
lo que también se le considera el fundador de la Histología animal), así como
a detallar diversos aspectos estructurales de las semillas y embriones de
plantas. Leeuwenhoek se percató de la abundancia y ubicuidad de sus animálculos,
observándolos en vinagre, placa dental, etc.
Aunque los descubrimientos de Leeuwenhoek despertaron interés al ser
comunicados, pocos intentaron o pudieron reproducirlos seriamente. Además, la
fabricación de lentes sencillas de gran aumento era difícil y el manejo de los
microscopios simples, bastante engorroso.
2.3 EL DEBATE SOBRE LA GENERACIÓN ESPONTÁNEA.
La autoridad intelectual de Aristóteles por un lado, y la
autoridad moral representada por la Biblia, por otro, junto con las opiniones de
escritores clásicos como Galeno, Plinio y Lucrecio, a los que se citaba como
referencias incontrovertibles en la literatura médica en la Edad Media y
Renacimiento, dieron carta de naturaleza a la idea de que algunos seres vivos
podían originarse a partir de materia inanimada, o bien a partir del aire o de
materiales en putrefacción. Esta doctrina de la "generatio spontanea"
o abiogénesis, fue puesta en entredicho por los experimentos de Francesco Redi
(1621-1697), quien había acuñado la expresión "Omne vivum ex ovo"
(1668), tras comprobar que los insectos y nematodos procedían de huevos puestos
por animales adultos de su misma especie. Demostró que si un trozo de carne era
cubierto con gasa de forma que las moscas no podían depositar allí sus huevos,
no aparecían "gusanos", que él correctamente identificó como fases
larvarias del insecto. Los descubrimientos de Redi tuvieron el efecto de
desacreditar la teoría de la generación espontánea para los animales y
plantas, pero la reavivaron respecto de los recién descubiertos "animálculos",
de modo que aunque se aceptó la continuidad de la vida en cuanto a sus formas
superiores, no todos estaban dispuestos a admitir el más amplio "Omne
vivum ex vivo" aplicado a los microorganismos.
Hubo que esperar un siglo más hasta que una serie de
naturalistas recomenzaran el ataque a la teoría preformacionista. Lazzaro
Spallanzani (1729-1799) sostuvo una disputa con J.T. Needham (1713-1781) en la
que el primero demostró que los "infusorios" no aparecían en
muestras de maceraciones animales o vegetales sometidas durante tiempo
suficiente a ebullición en frascos herméticamente cerrados, pero volvían a
aparecer si se practicaban agujeros en el recipiente. Sin embargo los
preformacionistas no se daban por vencidos; el mismo Needham, recogiendo una
idea ya expresada por Huygens, amigo de Leeuwenhoek, replicó -con argumentos
vitalistas muy propios de la época- que el calor había destruido la
"fuerza vegetativa" de las infusiones y había cambiado la
"cualidad" del aire dentro de los frascos.
Durante el primer tercio del siglo XIX la doctrina de la
arquegénesis o generación espontánea recibió un último refuerzo antes de
morir, debido por un lado a razones extracientíficas (el auge del concepto de
transmutación producido por la escuela de la filosofía de la naturaleza), y
por otro al descubrimiento del oxígeno y de su importancia para la vida, de
modo que los experimentos de Spallanzani se interpretaron como que al calentarse
las infusiones, el oxígeno del aire se destruía, y por lo tanto desaparecía
la "fuerza vegetativa" que originaba la aparición de microorganismos.
Theodor Schwann (1810-1882) presentó en 1836 un método
seguro para refutar la teoría abiogénica: calentó maceraciones en frascos a
los que se había eliminado previamente el aire, pero no continuó trabajando en
esta línea.
Para complicar más las cosas, la publicación de "Sobre
el origen de las especies" por Darwin en 1859, fue utilizada por algunos
preformacionistas para apoyar sus argumentos. El mismo Haeckel, en una fecha tan
tardía como 1866, se mostraba escéptico ante las pruebas aportadas por
Pasteur.
Fue, efectivamente Louis Pasteur (1822-1895) el que asestó
el golpe definitivo y zanjó la cuestión a favor de la teoría biogénica. En
un informe a la Académie des Sciences de París, en 1860 ("Expériences rélatives
aux générations dites spontanées") y en escritos posteriores comunica
sus sencillos y elegantes experimentos: calentó infusiones en matraces de
vidrio a los que estiraba lateralmente el cuello, haciéndolo largo, estrecho y
sinuoso, y dejándolo sin cerrar, de modo que el contenido estuviera en contacto
con el aire; tras esta operación demostró que el líquido no desarrollaba
microorganismos, con lo que eliminó la posibilidad de que un "aire
alterado" fuera la causa de la no aparición de gérmenes. Antes bien,
comprobó que los gérmenes del aire quedaban retenidos a su paso por el largo
cuello sinuoso, en las paredes del tubo, y no alcanzaban el interior del
recipiente donde se encontraba la infusión, quedando ésta estéril
indefinidamente. Sólo si se rompía el cuello lateral o si se inclinaba el
frasco de modo que pasara parte de líquido a la porción de cuello, los gérmenes
podían contaminar la infusión y originar un rápido crecimiento.
En 1861 Pasteur publica otro informe en el que explica cómo
se pueden capturar los "cuerpos organizados" del aire con ayuda de un
tubo provisto de un tapón de algodón como filtro, y la manera de recuperarlos
para su observación microscópica. De esta forma quedaba definitivamente
aclarado el origen de los microorganismos, y se abría la Edad de Oro del
estudio científico de las formas de vida no observables a simple vista.
Los últimos escépticos quedaron silenciados cuando en 1877
John Tyndall (1820-1893) aplicó su sistema de esterilización por calentamiento
discontinuo (hoy conocida precisamente como tindalización), que evidenció la
existencia de formas microbianas de reposo muy resistentes al calor, lo cual fue
confirmado poco más tarde por Ferdinand Cohn al descubrir las esporas
bacterianas.
2.4 EL DEBATE SOBRE LOS FERMENTOS
Un segundo factor contribuyente al nacimiento de la ciencia microbiológica
fue el establecimiento de la relación que une ciertas transformaciones químicas
que se dan en las infusiones con el crecimiento de los gérmenes en ellas
existentes. Cagniard-Latour en 1836, y Schwann y Kützing en 1837 habían
sugerido que las levaduras eran las causantes de la fermentación alcohólica
por la que el azúcar pasa a alcohol etílico y dióxido de carbono, pero se
encontraron con la crítica adversa de los grandes químicos de la época
(Berzelius, Wohler y Liebig). Liebig, hacia 1840, había realizado importantes
confirmaciones a la "teoría mineral" sobre la nutrición de las
plantas, enfrentándose a la "teoría del humus" sostenida por Thaer,
asestando un golpe a las ideas vitalistas heredadas de Leibniz. Puesto que se
consideraba a las levaduras como plantas microscópicas, se suponía que los
procesos de fermentación y putrefacción se debían a fenómenos químicos de
descomposición y muerte encuadrables en el marco de la teoría mineral de la
fisiología vegetal. Su convencimiento de que toda actividad vital se podía
explicar en términos de química y física retrasó por algún tiempo la
adscripción de estos fenómenos a células vivas.
Fue Pasteur (que, desde sus primeros estudios sobre las propiedades ópticas
de los cristales de tartrato, venía suponiendo que estos compuestos tenían un
orígen orgánico) quien de nuevo intervino en el debate de forma decisiva. En
1857 demostró que los agentes de la fermentación láctica eran
microorganismos, trabajando sobre un problema que había surgido entre los
destiladores de Lille cuando en sus cubas la fermentación alcohólica se vio
sustituida por una indeseable fermentación láctica. Este fue el inicio de una
larga serie de estudios que habría de durar hasta 1876, en los que Pasteur
identificó distintos microorganismos responsables de diferentes clases de
procesos fermentativos. Así, en 1860 adscribe inequívocamente la fermentación
alcohólica a ciertos tipos de levaduras, y en 1866, en sus Études sur le vin
resume sus hallazgos al respecto, inaugurando la Microbiología Aplicada, una de
las primeras derivaciones prácticas no empíricas emanadas de la Biología. A
finales del siglo XIX eminentes biólogos como Hansen, en Copenhague, y
Beijerink, en Delft, desarrollaban su actividad en industrias y destilerías.
Trabajando sobre los agentes de la fermentación butírica, Pasteur descubrió
la presencia de microorganismos que se desarrollaban en ausencia de oxígeno, lo
cual desmentía la creencia de que todas las formas de vida necesitan aire para
crecer. Acuñó los términos aerobiosis y anaerobiosis para denominar,
respectivamente, a la vida en presencia y en ausencia de oxígeno.
Tras el descubrimiento de la anaerobiosis, el mismo Pasteur comprendió las
distintas implicaciones energéticas subyacentes a la utilización de sustratos
orgánicos en presencia y en ausencia de oxígeno, demostrando que, en el
segundo caso el rendimiento (medido como crecimiento microbiano) era siempre
menor, al no poder realizarse la degradación total de las correspondientes
sustancias.
Una profundización en los fenómenos de fermentación llegó cuando en 1897
Buchner obtuvo, a partir de levaduras, una preparación enzimática (zimasa) que
era capaz de realizar la misma transformación de "fermentación" que
las células vivas. Este descubrimiento, que evocaba las propuestas de Berzelius
y Liebig, supuso en realidad la confluencia de los enfoques químico y biológico:
las fermentaciones eran procesos químicos catalizados por enzimas presentes
dentro de células vivas, que podían ser estudiados extracelularmente. De esta
forma, la Bioquímica, nacida como una rama de la química fisiológica, que se
venía especializando en la enzimología, encontró una alianza fructífera y
duradera con la joven Microbiología.
2.5 LOS AVANCES TÉCNICOS
La doctrina del pleomorfismo, vigente durante buena parte del siglo XIX,
mantenía que los microorganismos adoptaban formas y funciones cambiantes
dependiendo de las condiciones ambientales. A estas ideas se oponían
frontalmente investigadores como Koch, Pasteur y Cohn, que estaban convencidos
de la especificidad y constancia morfológica y fisiológica de cada tipo de
microorganismo (monomorfismo). El pleomorfismo había surgido como una explicación
a la gran variedad de formas y actividades que aparecían en un simple frasco de
infusión, pero ya Pasteur, en sus estudios sobre la fermentación, se había
percatado de que los cultivos que aparecían podían considerarse como una
sucesión de distintas poblaciones de microorganismos predominantes, que, a
resultas de sus actividades, condicionaban la ulterior composición de la
comunidad microbiana. La solución definitiva a esta cuestión dependía, de
nuevo, de un desarrollo técnico, que a su vez iba a suministrar una de las
herramientas características de la nueva ciencia: los métodos de cultivo puro.
Los primeros cultivos puros fueron obtenidos por el micólogo Brefeld, quien
logró aislar esporas de hongos y cultivarlas sobre medios sólidos a base de
gelatina. Por su menor tamaño, este método se hacía inviable para las
bacterias, por lo que se recurrió a un método basado en diluciones: Lister, en
1878 realizó diluciones secuenciales de cultivos mixtos, hasta lograr muestras
en las que existía una sola célula. Pero la técnica era larga y tediosa y,
además, normalmente sólo se lograban aislar células del tipo bacteriano más
abundante en el cultivo original; sin embargo, el experimento sirvió para
confirmar la naturaleza "particulada" de los agentes de las
fermentaciones.
Por aquella época Koch buscaba con ahínco métodos más sencillos de
cultivo puro, indispensables para proseguir sus investigaciones sobre bacterias
patógenas. Primero (y quizá de forma un tanto casual) empleó rodajas de
patata como sustrato sólido nutritivo sobre el que se podían desarrollar
colonias macroscópicas de bacterias que presentaban morfología característica,
que Koch interpretó como resultantes del crecimiento a partir de células
individuales. Pero enseguida recurrió a compactar el típico caldo de cultivo a
partir de carne (diseñado por Loeffler) añadiéndole gelatina (1881). El medio
sólido así logrado era transparente, lo que permitía visualizar fácilmente
los rasgos coloniales, y contenía los nutrientes adecuados para el crecimiento
de una amplia gama de bacterias. Éstas eran inoculadas en la superficie del
medio con un hilo de platino pasado previamente por la llama, por la técnica de
siembra en estría. Sin embargo, la gelatina presentaba los inconvenientes de
ser atacada por determinados microorganismos, y de tener un bajo punto de fusión;
ambos problemas se solventaron cuando en 1882 el médico alemán Walter Hesse,
siguiendo una sugerencia de su mujer Fanny, introdujo el agar-agar (polisacárido
extraído de algas rojas) como nuevo agente solidificante. El trabajo de Koch ya
citado tuvo la trascendental consecuencia de derribar las ideas pleomorfistas, y
supuso la primera propuesta del concepto de especie dentro del mundo bacteriano.
En 1887 Petri, un ayudante de Koch, sustituyó las engorrosas bandejas de vidrio
cubiertas con campanas, usadas hasta entonces para los cultivos sólidos, por un
sistema manejable de placas de cristal planas, que se conoce como cajas de
Petri.
El desarrollo de los medios selectivos y de enriquecimiento fue una
consecuencia de las investigaciones llevadas a cabo por Beijerinck y Winogradsky
entre 1888 y los primeros años del siglo XX, sobre bacterias implicadas en
procesos biogeoquímicos y poseedoras de características fisiológicas
distintivas (quimioautótrofas, fijadoras de nitrógeno, etc.). Estos medios,
donde se aplica a pequeña escala el principio de selección natural, se diseñan
de forma que su composición química definida favorezca sólo el crecimiento de
ciertos tipos fisiológicos de microorganismos, únicos capaces de usar ciertos
nutrientes del medio.
Otra importante aportación a este "período de cultivo" dentro del
desarrollo de la Microbiología surgió del uso de medios diferenciales, en los
que se manifiesta algún rasgo bioquímico o metabólico, lo que contribuye a la
identificación microbiana. Fue Würtz quien, en 1892, introdujo el uso de
indicadores de pH, incorporados en los medios, lo cual permitía revelar la
producción de acidificaciones por fermentación en ciertas bacterias.
Mientras tanto, en la ciudad de Jena se había creado una atmósfera de
progreso donde confluían grandes naturalistas como Haeckel, Strassburger o Abbé
interaccionando con una pujante editorial especializada en Biología y Medicina
(Gustav Fischer) y con una poderosa industria óptica y química. Estas
influencias recíprocas se plasmaron en numerosos proyectos que reflejaban la
efervescencia de las ciencias naturales tras la estela de Darwin (cfr. Jahn et
al., 1985). Concretamente, la industria óptica de Abbé y Zeiss, que se mantenía
en conexión con la compañía vidriera Schott, pudo satisfacer la necesidad de
Koch de perfeccionar el microscopio compuesto, introduciendo lentes acromáticas
y una iluminación inferior provista de condensador. El mismo Abbe desarrolló
en 1878 el objetivo de inmersión en aceite. Por otro lado, la industria química
BASF, que por aquella época se encontraba en pleno auge de patentes de nuevos
colorantes, sumistró al laboratorio de Koch una serie de derivados de anilina
que teñían las bacterias permitiendo su fácil visualización al microscopio
en frotis de tejidos infectados. En 1875 Carl Weigert tiñó bacterias con
pirocarmín, un colorante que ya venía siendo usado desde hacía unos años en
estudios zoológicos. En años sucesivos se fueron introduciendo el azul de
metileno (Koch, 1877), la fuchsina, y el violeta cristal. En 1882-1883 Ziehl y
Neelsen desarrollan su método de ácido-alcohol resistencia para teñir
Mycobacterium tuberculosis. En 1884 el patólogo danés Christian Gram establece
una tinción de contraste que permite distinguir dos tipos bacterianos en función
de sus reacción diferencial de tinción y que, como se vería mucho más tarde,
reflejaba la existencia de dos grupos de bacterias con rasgos estructurales
distintivos. En 1890 Loeffler logra visualizar flagelos bacterianos por medio de
su técnica de impregnación argéntica. Como veremos más adelante, la misma
industria de colorantes alemana previa a la primera guerra mundial fue decisiva
también para los comienzos de la quimioterapia.
Estas innovaciones técnicas (métodos de cultivo, microscopía y tinciones)
fueron fundamentales (junto con los sistemas de esterilización abordados en el
anterior apartado) para la consolidación de la Microbiología como ciencia,
permitiendo eliminar las grandes dosis de especulación que hasta entonces habían
predominado.
2.6 EL PAPEL DE LOS MICROORGANISMOS EN EL DESARROLLO DE LAS
ENFERMEDADES
Durante el siglo XIX la atención de muchos naturalistas se había dirigido
hacia las diversas formas de animales y plantas que vivían como parásitos de
otros organismos. Este interés se redobló tras la publicación de los libros
de Darwin, estudiándose las numerosas adaptaciones evolutivas que los distintos
parásitos habían adquirido en su peculiar estilo de vida. Sin embargo, la
adjudicación de propiedades de parásitos a los microorganismos vino del campo
médico y veterinario, al revalorizarse las ideas sobre el origen germinal de
las enfermedades infecciosas.
En 1835 Agostino Bassi (1773-1856) demostró que cierta enfermedad del gusano
de seda (mal di segno), que había hecho su aparición en Lombardía, se debía
a un hongo (Botrytis bassiana). Cuatro años más tarde J.L. Schönlein descubrió
la asociación de un hongo con una enfermedad humana de la piel. En 1840 Henle,
de la escuela fisiológica de Johannes Müller, planteó la teoría de que las
enfermedades infecciosas están causadas por seres vivos invisibles, pero de
nuevo la confirmación de estas ideas tuvo que esperar a que la intervención de
Pasteur demostrara la existencia de microorganismos específicos responsables de
enfermedades.
Hacia mediados del siglo XIX otra enfermedad infecciosa (pebrina) comenzó a
diseminarse por los criaderos de gusano de seda de toda Europa, alcanzando
finalmente a China y Japón. A instancias de su maestro Jean Baptiste Dumas,
Pasteur aceptó el reto de viajar a la Provenza para investigar esta enfermedad
que estaba dejando en la ruina a los industriales sederos, a pesar de que nunca
hasta entonces se había enfrentado con un problema de patología. Es más que
probable que Pasteur viera aquí la oportunidad de confirmar si sus estudios
previos sobre las fermentaciones podían tener una extensión hacia los procesos
fisiológicos del hombre y de los animales. Es sorprendente que, al principio no
se mostrara dispuesto a aceptar la idea de que la pebrina fuera una enfermedad
ocasionada por un agente extraño, creyendo durante los dos primeros años que
se trataba de alteraciones meramente fisiológicas. Tras una serie de tanteos, y
en medio de una intensa actividad intelectual que le obligaba a repasar
continuamente los experimentos y las conclusiones extraídas, inmerso en el
drama personal de la muerte de su padre y de dos de sus hijas en un corto lapso
de tiempo, Pasteur llega finalmente, en 1869, a identificar al protozoo Nosema
bombycis como el responsable de la epidemia, y por medio de una serie de medidas
de control, ésta comienza a remitir de modo espectacular.
La intervención de bacterias como agentes específicos en la producción de
enfermedades fue descubierta a raíz de una serie de investigaciones sobre el
carbunco o ántrax, enfermedad que afecta a ganado y que puede transmitirse al
hombre. C. Davaine, entre 1863 y 1868, encontró que en la sangre de vacas
afectadas aparecían grandes cantidades de microorganismos a los que llamó
bacteridios; además, logró inducir la enfermedad experimentalmente en vacas
sanas, inoculándoles muestras de sangre infectada. En 1872 el médico alemán
C.J. Eberth consiguió aislar los bacilos filtrando sangre de animales
carbuncosos. Pero fue Robert Koch (1843-1910), que había sido alumno de Henle,
quien con su reciente técnica de cultivo puro logró, en 1876, el primer
aislamiento y propagación in vitro del bacilo del ántrax (Bacillus anthracis),
consiguiendo las primeras microfotografías sobre preparaciones secas, fijadas y
teñidas con azul de metileno. Más tarde (1881), Koch y sus colaboradores
confirmaron que las esporas son formas diferenciadas a partir de los bacilos, y
más resistentes que éstos a una variedad de agentes. Pero más fundamental fue
su demostración de que la enfermedad se podía transmitir sucesivamente a
ratones sanos inoculándoles bacilos en cultivo puro, obtenidos tras varias
transferencias en medios líquidos.
Este tipo de estrategias para demostrar el origen bacteriano de una
enfermedad fue llevado a una ulterior perfección en 1882, con la publicación
de "Die Äthiologie der Tuberkulose", donde se comunica por primera
vez la aplicación de los criterios que Henle había postulado en 1840. Estos
criterios, que hoy van asociados al nombre de Koch, son los siguientes:
- El microorganismo debe de estar presente en todos los individuos enfermos.
- El microorganismo debe poder aislarse del hospedador y ser crecido en
cultivo puro.
- La inoculación del microorganismo crecido en cultivo puro a animales
sanos debe provocar la aparición de síntomas específicos de la enfermedad
en cuestión.
- El microorganismo debe poder ser reaislado del hospedador infectado de
forma experimental.
Fue asimismo Koch quien demostró el principio de
especificidad biológica del agente infeccioso: cada enfermedad infecciosa específica
está causada por un tipo de bacteria diferente. Estos trabajos de Koch abren
definitivamente el campo de la Microbiología Médica sobre firmes bases científicas.
Durante las dos décadas siguientes la Microbiología
experimentó una auténtica edad de oro, en la que se aislaron y caracterizaron
muchas bacterias patógenas. La Alemania del Reich, que a la sazón se había
convertido en una potencia política y militar, se decidió a apoyar la
continuidad de los trabajos del equipo de Koch, dada su enorme importancia
social y económica, creando un Instituto de investigación, siendo Koch su
director en el Departamento de Salud. De esta forma, en la Escuela Alemana se
aislaron los agentes productores del cólera asiático (Koch, 1883), de la
difteria (Loeffler, 1884), del tétanos (Nicolaier, 1885 y Kitasato, 1889), de
la neumonía (Fraenkel, 1886), de la meningitis (Weichselbaun, 1887), de la
peste (Yersin, 1894), de la sífilis (Schaudinn y Hoffman, 1905), etc.
Igualmente se pudieron desentrañar los ciclos infectivos de agentes de
enfermedades tropicales no bacterianas que la potencia colonial se encontró en
ultramar: malaria (Schaudinn, 1901-1903), enfermedad del sueño (Koch, 1906),
peste vacuna africana (debida al inglés Bruce, 1895-1897), etc.
Por otro lado, la Escuela Francesa, nucleada en el Instituto
Pasteur, se concentró en los estudios sobre los procesos infectivos, la
inmunidad del hospedador, y la obtención de vacunas, sobre todo a raíz de la
vacuna antirrábica ensayada por Pasteur (1885), contribuyendo al nacimiento de
la Inmunología (ver apartado 2. 9).
2.7 DESARROLLO DE LA ASEPCIA,
QUIMIOTERAPIA Y ANTIBIOTERAPIA
Los avances de las técnicas quirúrgicas hacia mediados del siglo XIX,
impulsados por la introducción de la anestesia, trajeron consigo una gran
incidencia de complicaciones post-operatorias derivadas de infecciones. Un joven
médico británico, Joseph Liste (1827-1912), que había leído atentamente los
trabajos de Pasteur, y que creía que estas infecciones se debían a gérmenes
presentes en el aire, comprobó que la aplicación de compuestos como el fenol o
el bicloruro de mercurio en el lavado del instrumental quirúrgico, de las manos
y de las heridas, disminuía notablemente la frecuencia de infecciones post-quirúrgicas
y puerperales.
Más tarde, Paul Ehrlich (1854-1919), que había venido empleando distintas
sustancias para teñir células y microorganismos, y que conocía bien el efecto
de tinción selectiva de bacterias por ciertos colorantes que dejaban, en
cambio, incoloras a células animales, concibió la posibilidad de que algunos
de los compuestos de síntesis que la industria química estaba produciendo
pudieran actuar como "balas mágicas" que fueran tóxicas para las
bacterias pero inocuas para el hospedador. Ehrlich concibió un programa
racional de síntesis de sustancias nuevas seguido de ensayo de éstas en
infecciones experimentales. Trabajando en el laboratorio de Koch, probó sistemáticamente
derivados del atoxilo (un compuesto que ya Thompson, en 1905, había mostrado
como eficaz contra la tripanosomiasis), y en 1909 informó de que el compuesto
606 (salvarsán) era efectivo contra la sífilis. Aunque el salvarsán
presentaba algunos efectos colaterales, fue durante mucho tiempo el único
agente disponible contra enfermedades producidas por espiroquetas, y sirvió
para ilustrar brillantemente la validez del enfoque de la llamada quimioterapia
(término acuñado por el mismo Ehrlich), de modo que encauzó toda la
investigación posterior.
En 1927 Gerhard Domagk, en conexión con la poderosa compañía química I.G.
Farbenindustrie, inició un ambicioso proyecto de búsqueda de nuevos agentes
quimioterápicos, siguiendo el esquema de Ehrlich; en 1932-1935 descubre la acción
del rojo de prontosilo frente a neumococos hemolíticos dentro del hospedador,
pero señala que esta droga es inactiva sobre bacterias creciendo in vitro. La
explicación la sumistra el matrimonio Tréfouël, del Instituto Pasteur, al
descubrir que la actividad antibacteriana depende de la conversión por el
hospedador en sulfanilamida. El mecanismo de acción de las sulfamidas (inhibición
competitiva con el ácido para-aminobenzoico) fue dilucidado por el
estadounidense Donald D. Woods. Las investigaciones de éste encaminaron a la
industria farmacéutica hacia la síntesis de análogos de metabolitos
esenciales, introduciendo un enfoque más racional frente a la época anterior,
más empírica.
En 1874, el médico inglés W. Roberts había descrito las propiedades antibióticas
de ciertos cultivos de hongos (Penicillium glaucum) contra las bacterias, e
introdujo en Microbiología el concepto de antagonismo. Otros investigadores de
finales del siglo XIX realizaron observaciones similares, pero fue Fleming
quien, en 1929, logró expresar ideas claras sobre el tema, al atribuir a una
sustancia química concreta (la penicilina) la acción inhibidora sobre
bacterias producida por el hongo Penicillium notatum. Fleming desarrolló un
ensayo crudo para determinar la potencia de la sustancia en sus filtrados,
pudiendo seguir su producción a lo largo del tiempo de cultivo, y mostrando que
no todas las especies bacterianas eran igualmente sensibles a la penicilina. Las
dificultades técnicas para su extracción, junto al hecho de que el interés de
la época aún estaba centrado sobre las sulfamidas, impidieron una pronta
purificación de la penicilina, que no llegó hasta los trabajos de Chain y
Florey (1940), comprobándose entonces su gran efectividad contra infecciones
bacterianas, sobre todo de Gram-positivas, y la ausencia de efectos tóxicos
para el hospedador.
Inmediatamente comenzó una búsqueda sistemática de microorganismos del
suelo que mostraran actividades antibióticas. En 1944 A. Schatz y S. Waksman
descubren la estreptomicina, producida por Streptomyces griseus, siendo el
primer ejemplo de antibiótico de amplio espectro. Los diez años que siquieron
al término de la segundad guerra mundial vieron la descripción de 96 antibióticos
distintos producidos por 57 especies de microorganismos, principalmente
Actinomicetos.
En la década de los 60 se abrió una nueva fase en la era de los antibióticos
al obtenerse compuestos semisintéticos por modificación química de antibióticos
naturales, paliándose los problemas de resistencia bacteriana a drogas que habían
empezado a aparecer, disminuyéndose en muchos casos los efectos secundarios, y
ampliándose el espectro de acción.
Aparte de la revolución que supusieron en el campo de la aplicación clínica,
los antibióticos ha permitido notables avances en el desentrañamiento de
determinados aspectos de arquitectura y función moleculares de las células
susceptibles (paredes celulares microbianas, ribosomas, síntesis proteica,
etc.).
2.8 AUGE DE LA MICROBIOLOGÍA GENERAL.
Gran parte de los avances en Microbiología descritos hasta ahora se debieron
a la necesidad de resolver problemas prácticos. Pero hacia finales del siglo
XIX una serie de investigadores -algunos de ellos procedentes de áreas más clásicas
de la Historia Natural- desarrollaron importantes estudios básicos que fueron
revelando una enorme variedad de microorganismos y sus actividades metabólicas,
así como su papel crucial en ciclos biogeoquímicos, sus relaciones con
procesos de nutrición vegetal, etc.
El descubrimiento de la quimioautotrofía, obra del gran microbiólogo ruso
Sergei Winogradsky (1856-1953), obligó a revisar los conceptos previos,
procedentes de la Fisiología Vegetal, de que el crecimiento autotrófico dependía
de la presencia de clorofila. Winogradsky había comenzado investigando las
bacterias del hierro descubiertas por Cohn en 1875, observando que podían
crecer en medios minerales, por lo que supuso que obtenían su energía de la
oxidación de sales ferrosas a férricas (1888). En 1889, combinando técnicas
de observación secuencial de cultivos microscópicos con ensayos microquímicos
sobre bacterias del azufre (Beggiatoa, Thiothrix), infirió que estos
microorganismos oxidaban sulfuro de hidrógeno hasta azufre elemental
(acumulando éste como gránulos), y luego hasta ácido sulfúrico, obteniendo
de este modo su energía. Estas observaciones pueden haber sido el arranque del
concepto de litotrofía. Pero el descubrimiento de la quimioautotrofía llegó
cuando al año siguiente Winogradsky y Omeliansky pasaron a estudiar las
bacterias nitrificantes, demostrando de manera clara que la energía obtenida de
la oxidación del amonio o del nitrito era usada para fijar CO2
(1889-1890). Más tarde el mismo Winogradsky extendió la demostración a
cultivos puros en los que el agente solidificante de los medios era el gel de sílice.
La explicación del proceso de oxidación de los compuestos de azufre no llegó
hasta los estudios de Dangeard (1911) y Kiel (1912). Nuevas capacidades metabólicas
fueron reveladas al estudiar los procesos respiratorios de las bacterias que
oxidan hidrógeno o metano (Söhngen, 1906).
El químico Berthelot había señalado (1885) que los microorganismos del
suelo podían incorporar nitrógeno molecular directamente del aire. Fue
igualmente Winogradsky el primero en aislar una bacteria capaz de fijar nitrógeno
atmosférico (Clostridium pasteurianum) y en explicar el ciclo del nitrógeno en
la naturaleza (1890), siendo el holandés Martinus Beijerinck (1851-1931) el
descubridor de Azotobacter como bacteria aerobia fijadora de vida libre (1901).
Más tarde Beijerinck demostró por métodos químicos que, en efecto,
Azotobacter incorpora nitrógeno de la atmósfera mientras crece (1908). La
importancia de la fijación de nitrógeno para la nutrición vegetal llegó con
los estudios sobre bacterias formadoras de nódulos en las raíces de las
leguminosas. Ya los experimentos cuantitativos sobre plantas creciendo en
recipientes, realizados por Boussingault a mediados del siglo XIX, habían
indicado que las leguminosas asimilaban nitrógeno de la atmósfera. En 1866
Voronin descubrió las bacterias de los nódulos radicales de esta familia de
plantas. Frank, en 1879, demostró que los nódulos parecían inducirse por las
mismas bacterias albergadas en ellos, y Ward (1887) usó bacterias procedentes
de nódulos machacados para inocular semillas, logrando la producción de nódulos
en suelo estéril, y describiendo en un bello trabajo el proceso de infección,
con su producción de "hifas" (cordón de infección). Tras la
introducción del concepto de simbiosis por De Bary, en 1878, fue Schindler
(1884) el primero en describir los nódulos radicales como resultado de una
simbiosis entre planta y bacterias. Los trabajos de Hermann Hellriegel
(1831-1895) y de su colaborador Hermann Willfahrt (1853-1904), que trabajaban en
la Estación Experimental de Bernburg, comunicados en primer lugar en un cogreso
en Berlín, en 1886, y publicados en un artículo ejemplar en 1888, asociaron la
fertilidad nitrogenada natural de las leguminosas con la presencia de sus nódulos
radicales, señalando que estos nódulos se inducían por microorganismos específicos;
de este modo lograron una brillante síntesis de las observaciones microbiológicas
y químicas. El mismo año de 1888 Beijerinck logró el cultivo puro in vitro de
las bacterias nodulares (a las que bautizó como Bacillus radicicola),
observando que no reducían nitrógeno en vida libre; más tarde (1890) aportó
la prueba definitiva de que las bacterias aisladas eran capaces de nodular específicamente
ciertas especies de leguminosas, adquiriéndose de esta forma la facultad de
fijar nitrógeno en su asociación con la raíz de la planta. Irónicamente el
nombre definitivo para las bacterias de los nódulos de leguminosas (Rhizobium)
fue propuesto por Frank, quien durante mucho tiempo se había negado a reconocer
los resultados de Hellriegel y Willfahrt, y que había oscilado en sus
opiniones, desde suponer que la fijación de nitrógeno era un rasgo general de
las plantas, hasta creer que las estructuras nodulares observadas a microcopio
(bacteroides) eran gránulos de reserva (incluidas las que él mismo observó en
plantas no leguminosas de los géneros Alnus y Eleagnus, originadas por una
bacteria bautizada en su honor -Frankia); incluso cuando se convenció de que
los simbiontes eran bacterias (y no hongos o mixomicetes), pensaba que éstas sólo
estimulaban a que las plantas fijaran nitrógeno en sus hojas; su "conversión"
(y aún así incompleta y con reticencias) no llegó hasta 1892. El aislamiento
de los bacteroides intranodulares (Prazmowski, 1890), y la relación entre su
formación y la fijación de nitrógeno (Nobbe y Hiltner, 1893) completó esta
primera oleada de investigación sobre este tema que tanta trascendencia
presentaba para la Agronomía. Estos estudios están en la base de todos los
ulteriores trabajos de Microbiología Agrícola, de modo que esta especiliadad
fue incorporada tempranamente a los laboratorios científicos y estaciones
experimentales.
Las obras trascendentales de Winogradsky y Beijerinck abrieron un nuevo
horizonte para el estudio de la diversidad microbiana. La escuela de Beijerinck,
en la Universidad Técnica de Delft, fue continuada por por A.J. Kluyver y C.B.
van Niel, siendo este último el "padre" de la escuela norteamericana
desde su establecimiento en California, ya que formó a figuras tan importantes
como R.Y. Stanier, R.E. Hungate o M. Doudoroff. La escuela holandesa fundada por
Beijerinck tuvo asimismo otra fructífera "colonia" en la ciudad
alemana de Konstanz, donde N. Pfennig continuó el trabajo emprendido junto a
van Niel en Delft. Todos estos autores, y sus colaboradores, fueron realizando
contribuciones esenciales sobre una amplia diversidad de bacterias, descubriendo
la variedad de las bacterias fotosintéticas, los tipos de organismos litotróficos,
y profundizando en multitud de aspectos estructurales y fisiológicos de las
bacterias recién descubiertas. Como dice T.D. Brock en una recensión de
Kluyver (1961) "los hombres de la escuela de Delft de Microbiología
General fueron pioneros en una época en la que la mayoría de los
investigadores estaban demasiado fascinados por problemas aplicados en medicina,
agricultura o industria, como para preocuparse por microorganismos quimiosintéticos
o fotosintéticos, o por aquellos que muestran fermentaciones
inusuales...". Pero, como en tantas otras ocasiones, este enfoque de
ciencia básica ha sido extraordinariamente fértil, y aparte de la profundización
en la unidad y diversidad de la vida ha dado origen a penetrantes percepciones
en multitud de problemas planteados, tarde o temprano, a las ciencias biológicas.
2.9 DESARROLLO DE LA INMUNOLOGÍA
La inmunología es, en la actualidad, una ciencia autónoma y madura, pero
sus orígenes han estado estrechamente ligados a la Microbiología. Su objeto
consiste en el estudio de las respuestas de defensa que han desarrollado los
animales frente a la invasión por microorganismos o partículas extraños,
aunque su interés se ha volcado especialmente sobre aquellos mecanismos
altamente evolucionados e integrados, dotados de especificidad y de memoria,
frente a agentes reconocidos por el cuerpo como no-propios, así como de su
neutralización y degradación.
Como tantas otras ciencias, la Inmumología presenta un prolongado período
pre-científico, de observaciones y aproximaciones meramente empíricas. La
resistencia a ulteriores ataques de una enfermedad infecciosa fue ya recogida en
escritos de la antigüedad; el historiador griego Tucídides (464-404 a.C.)
narra que en una epidemia acaecida durante la guerra del Peloponeso, los
enfermos eran atendidos solo por aquellos que habían sobrevivido previamente a
la enfermedad, en la seguridad de que éstos no volverían a ser contagiados.
Igualmente, en la antigua China se había observado que las personas que en su
niñez habían padecido la viruela no la adquirían más adelante en su vida.
Los mismos chinos, en el siglo XI a. C., fueron los primeros en intentar una
aplicación de estas observaciones que indicaban la inducción de un estado
protector por medio de una forma suave de la enfermedad: la inhalación de polvo
de escaras de viruela provocaba un ataque suave que confería resistencia ante
infecciones posteriores. Una modificación fue introducida en Occidente en el
siglo XVIII por Pylarini y Timoni, y fue popularizada en Gran Bretaña por Lady
Mary Wortley Montagu, esposa del embajador inglés en Constantinopla, tras una
serie inicicial de pruebas sobre "voluntarios" (prisioneros). Sin
embargo, este tipo de prácticas no llegaron a arraigar ampliamente, ya que no
estaban exentas de riesgos, entre los cuales figuraba la posibilidad de
transmisión de otras enfermedades.
El primer acercamiento a la inmunización con criterios racionales fue
realizado por el médico inglés Edward Jenner (1749-1823), tras su constatación
de que los vaqueros que habían adquirido la viruela vacunal (una forma benigna
de enfermedad que sólo producía pústulas en las manos) no eran atacados por
la grave y deformante viruela humana. En mayo de 1796 inoculó a un niño fluido
procedente de las pústulas vacunales de Sarah Nelmes; semanas después el niño
fue inyectado con pus de una pústula de un enfermo de viruela, comprobando que
no quedaba afectado por la enfermedad. Jenner publicó sus resultados en 1798
("An enquiry into the causes and effects of the variolae
vaccinae..."), pronosticando que la aplicación de su método podría
llegar a erradicar la viruela. Jenner fue el primero en recalcar la importancia
de realizar estudios clínicos de seguimiento de los pacientes inmunizados,
consciente de la necesidad de contar con controles fiables.
La falta de conocimiento, en aquella época, de las bases microbiológicas de
las enfermedades infecciosas retrasó en casi un siglo la continuación de los
estudios de Jenner, aunque ciertos autores, como Turenne, en su libro "La
syphilization" (1878) lograron articular propuestas teóricas de cierto
interés.
El primer abordaje plenamente científico de problemas inmunológicos se debió,
de nuevo, a Pasteur. Estudiando la bacteria responsable del cólera aviar (más
tarde conocida como Pasteurella aviseptica), observó (1880) que la inoculación
en gallinas de cultivos viejos, poco virulentos, las protegía de contraer la
enfermedad cuando posteriormente eran inyectadas con cultivos normales
virulentos. De esta forma se obtuvo la primera vacuna a base de microorganismos
atenuados. Fue precisamente Pasteur quien dio carta de naturaleza al término
vacuna, en honor del trabajo pionero de Jenner. En los años siguientes Pasteur
abordó la inmunización artificial para otras enfermedades; concretamente,
estableció de forma clara que cultivos de Bacillus anthracis atenuados por
incubación a 45?C conferían inmunidad a ovejas expuestas a contagio por
carbunco. Una famosa demostración pública de la bondad del método de Pasteur
tuvo lugar en Pouilly le Fort, el dos de junio de 1881, cuando ante un gentío
expectante se pudo comprobar la muerte del grupo control de ovejas y vacas no
inoculadas, frente a la supervivencia de los animales vacunados. Años después,
abordaría la inmunización contra la rabia, enfermedad de la que se desconocía
el agente causal. Pasteur observó que éste perdía virulencia cuando se mantenían
al aire durante cierto tiempo extractos medulares de animales infectados, por lo
que dichos extractos se podían emplear eficazmente como vacunas. Realizó la
primera vacunación antirrábica en humanos el 6 de julio de 1885, sobre el niño
Joseph Meister, que había sido mordido gravemente por un perro rabioso. A este
caso siguieron otros muchos, lo que valió a Pasteur reconocimiento universal y
supuso el apoyo definitivo a su método de inmunización, que abría
perspectivas prometedoras de profilaxis ante muchas enfermedades. Estos logros
determinaron, en buena medida, la creación del Instituto Pasteur, que muy
pronto reunió a un selecto grupo de científicos, que enfocarían sus esfuerzos
en diversos aspectos de las inmunizaciones y de sus bases biológicas. A su vez,
los norteamericanos Salmon y Smith (1886) perfeccionaron los métodos serológicos
de Pasteur, lo que les permitió producir y conservar más fácilmente sueros
tipificados contra la peste porcina.
A finales del siglo XIX existían dos teorías opuestas sobre los fundamentos
biológicos de las respuestas inmunes. Por un lado, el zoólogo ruso Ilya Ilich
Mechnikov (1845-1916), que había realizado observaciones sobre la fagocitosis
en estrellas de mar y pulgas de agua, estableció, a partir de 1883, su
"Teoría de los fagocitos", tras estudiar fenómenos de englobamiento
de partículas extrañas por los leucocitos de conejo y de humanos. Informó que
existían fenómenos de eliminación de agentes patógenos por medio de "células
devoradoras" (fagocitos) que actuaban en animales vacunados contra el
carbunco, y explicó la inmunización como una "habituación" del
hospedador a la fagocitosis. Más tarde, ya integrado en el Instituto Pasteur,
propugnó la idea de que los fagocitos segregan enzimas específicos, análogos
a los "fermentos" digestivos (1900). Esta teoría de los fagocitos
constituyó el núcleo de la teoría de la inmunidad celular, de modo que la
fagocitosis se consideraba como la base principal del sistema de defensa inmune
del organismo.
Por otro lado, la escuela alemana de Koch hacía hincapié en la importancia
de los mecanisnos humorales. Emil von Behring (1854-1917) y Shibasaburo Kitasato
(1856-1931), a resultas de sus trabajos sobre las toxinas del tétanos y de la
difteria, observaron que el cuerpo produce "antitoxinas" (más tarde
conocidas como anticuerpos) que tendían a neutralizar las toxinas de forma
específica, y evidenciaron que el suero que contiene antitoxinas es capaz de
proteger a animales expuestos a una dosis letal de la toxina correspondiente
(1890). La intervención de Ehrlich permitió obtener sueros de caballo con
niveles de anticuerpos suficientemente altos como para conferir una protección
eficaz, e igualmente se pudo disponer de un ensayo para cuantificar la
"antitoxina" presente en suero. Ehrlich dirigió desde 1896 el
Instituto Estatal para la Investigación y Comprobación de Sueros, en Steglitz,
cerca de Berlín, y, a partir de 1899, estuvo al frente del mejor equipado
Instituto de Terapia Experimental, en Frankfurt. Durante este último periodo de
su vida, Ehrlich produce una impresionante obra científica, en la que va
ahondando en la comprensión de la inmunidad humoral. En 1900 da a luz su
"Teoría de las cadenas laterales", en la que formula una explicación
de la formación y especificidad de los anticuerpos, estableciendo una base química
para la interacción de éstos con los antígenos. Por su lado, R. Kraus
visualiza por primera vez, en 1897, una reacción antígeno-anticuerpo, al
observar el enturbiamento de un filtrado bacteriano al mezclarlo con un suero
inmune específico (antisuero). En 1898 Jules Bordet (1870-1961) descubre otro
componente sérico relacionado con la respuesta inmunitaria, al que bautiza como
"alexina", caracterizado, frente al anticuerpo, por su termolabilidad
e inespecificidad. (Más tarde se impondría el nombre de complemento, propuesto
por Ehrlich). El mismo Bordet desarrolló, en 1901, el primer sistema diagnóstico
para la detección de anticuerpos, basado en la fijación del complemento, y que
inició una larga andadura, que llega a nuestros días.
La conciliación de las dos teorías se debió a Almorth Wrigth y Stewart R.
Douglas, quienes en 1904 descubren las opsoninas, anticuerpos presentes en los
sueros de animales inmunizados y que, tras unirse a la superficie bacteriana,
incrementan la capacidad fagocítica de los leucocitos.
El área de la inmunopatología inicia su andadura con la descripción del
fenómeno de anafilaxia producido por introducción en un animal de un suero de
una especie distinta (Portier y Richet, 1902; Arthus, 1903), lo que a su vez
abriría la posibilidad de métodos de serodiagnóstico, con aplicaciones múltiples
en Medicina, Zoología, y otras ciencias biológicas. En 1905 Pirquet sugiere
que la enfermedad del suero (un fenómemo de hipersensibilidad) tiene relación
directa con la producción de anticuerpos contra el suero inyectado,
introduciendo el término de alergia para referirse a la reactividad inmunológica
alterada.
La inmunoquímica cobra un gran impulso en las primeras décadas del siglo XX
con los trabajos de Karl Landsteiner (1868-1943). Su primera contribución de
importancia había sido la descripción, mediante reacciones de aglutinación,
del sistema de antígenos naturales (ABC0) de los eritrocitos humanos
(1901-1902), completada (en colaboración con Von Dungern y Hirzfeld), con las
subdivisiones del grupo A y el estudio de su transmsión hereditaria. Estos
trabajos sirvieron de estímulo para avanzar en el desentrañamiento de la
especificidad química de los antígenos que determinan la formación de
anticuerpos. Landsteiner estudió sistemáticamente las características de
inmunogenicidad y especificidad de reacción de antígenos con anticuerpos, valiéndose
de la modificación química de antígenos, denominando haptenos a aquellos
grupos químicos que por sí mismos no desencadenan formación de anticuerpos,
pero sí lo hacen tras ser conjugados a proteínas portadoras.
La cuestión de las reacciones antígeno-anticuerpo se convirtió en otra polémica
entre escuelas hasta finales de los años 20. Mientras Ehrlich y sus seguidores
mantenían que estas reacciones tienen una base puramente química, Bordet y sus
discípulos las explicaban como fenómenos físicos de reacciones entre
coloides. La resolución del debate debió aguardar hasta finales de los años
30, al incorporarse avances técnicos como la electroforesis, la cromatografía
en papel, la ultracentrifugación y el microscopio electrónico. Heidelberg y
Kendall (1936) purificaron anticuerpos a partir de sueros por disociación de
precipitados. Tiselius (1939) demostró que los anticuerpos constituyen la
fracción gamma-globulínica del suero. Veinte años después R.R. Porter y G.M.
Edelman establecen la estructura de las inmunoglobulinas. Durante este lapso de
tiempo se descubre que la síntesis de anticuerpos ocurre en las células plasmáticas,
aunque éstas no son puestas en relación aún con los linfocitos; durante
muchos años se siguió creyendo que los linfocitos eran células pasivas, sin
función inmune. Por aquella época se describe, también, la diversidad de
inmunoglobulinas, llegándose al establecimiento de una nomenclatura. Enseguida
comienza la era de los múltiples experimentos sobre timectomía en ratones
neonatos y sobre bursectomía en aves, así como los de reconstitución de
animales irradiados, con timocitos y células de la medula ósea, y que permiten
afirmar el papel esencial de los linfocitos, encuadrarlos en tipos funcionales T
y B, y relacionarlos con las respuestas inmunes celular y humoral,
respectivamente.
Una importante faceta de la inmunología de la primera mitad del siglo XX fue
la obtención de vacunas. Se lograron toxoides inmunogénicos a partir de
toxinas bacterianas, en muchos casos por tratamiento con formol: toxoide tetánico
(Eisler y Lowenstein, 1915) y toxoide diftérico (Glenny, 1921). En 1922 se
desarrolla la vacuna BCG contra la tuberculosis, haciendo uso de una cepa
atenuada de Mycobacterium tuberculosis, el bacilo de Calmette-Guérin. La
utilización de coadyuvantes se inicia en 1916, por LeMoignic y Piroy.
La inmunogenética nace cuando Bernstein describe en 1921 el modelo de
transmisión hereditaria de los cuatro grupos sanguíneos principales, basándose
en el análisis estadístico de sus proporciones relativas, y con el
descubrimiento por Landsteiner y Levène (1927) de los nuevos sistemas MN y P.
Los experimentos de transfusiones sanguíneas interespecíficas permitieron
distinguir la gran complejidad de los antígenos sanguíneos, explicables según
unos 300 alelos múltiples.
Una contribución esencial a las ideas sobre el mecanismo de formación de
los anticuerpos la realizó el australiano Macfarlane Burnet (1899-1985), al
establecer su teoría de la selección clonal; ésta argumenta que cada
linfocito B sintetiza un único tipo de anticuerpo, específico para cada antígeno
(determinante antigénico), de modo que la unión del antígeno causa la
proliferación clonal del linfocito B, con la consecuente síntesis incrementada
de anticuerpos específicos. Igualmente, Burnet lanzó una hipótesis sobre el
mecanismo subyacente a la auto-tolerancia inmunológica, que fue confirmada
experimentalmente por Peter Medawar. Más recientemente Niels Jerne ha realizado
nuevas aportaciones y refinamientos a la teoría de la selección clonal,
proponiendo un modelo de regulación inmune conocido como teoría de las redes
idiotípicas.
Los avances en Inmunología durante los últimos años han sido
espectaculares, consolidando a ésta como ciencia independiente, con su conjunto
propio de paradigmas, ya relativamente escindida de su tronco originario
microbiológico. Entre los hitos recientes hay que citar la técnica de producción
de anticuerpos monoclonales a partir de hibridomas, desarrollada originalmente
por César Milstein y Georges Kohler en 1975, y que presenta una enorme gama de
aplicaciones en biomedicina, o el desentrañamiento de los fenómenos de
reorganización genética responsables de la expresión de los genes de
inmunoglobulinas, por Susumu Tonegawa.
2.10 ORIGEN Y DESARROLLO DE LA VIROLOGÍA
La Virología ha sido la ciencia microbiológica de origen más tardío,
habiendo surgido como resultado del hallazgo de enfermedades infecciosas en las
que la demostración de implicación de microorganismos se demostraba esquiva
con los medios habituales disponibles a finales del siglo XIX. La euforia que se
vivía en los ámbitos científicos y médicos, al socaire de la edad de oro de
aislamiento de bacterias patógenas, se plasmó en el prejuicio de que la
incapacidad de hacer crecer los agentes causantes de ciertas enfermedades se debía
a una técnica inapropida o mal aplicada.
El botánico ruso Dimitri Iwanovski había observado (1892) que la enfermedad
del mosaico del tabaco podía ser reproducida experimentalmente usando el fluido
que atravesaba los filtros de porcelana que normalmente retenían a las
bacterias, pero siendo incapaz de aislar y crecer el supuesto microorganismo,
abandonó la investigación. Pocos años más tarde (1898), y probablemente sin
tener noticias del trabajo de Iwanovski, Beijerink realizó experimentos
similares con el mismo sistema, y en otro rasgo de su genio, enfrentándose a
los conceptos de la época, avanzó la idea de que el agente filtrable (un
contagium vivum fluidum, según su expresión), debía de incorporarse al
protoplasma vivo del hospedador para lograr su reproducción. Este tipo de
agentes infectivos que atravesaban los filtros de porcelana fueron llamados en
principio "virus filtrables", quedando más tarde su denominación
simplemente como virus. Aquel mismo año de 1898 Loeffler y Frosch descubren los
virus animales al comprobar que un virus filtrable es responsable de la
glosopeda del ganado. En 1901 Reed descubre el primer virus humano, el de la
fiebre amarilla, y en 1909 Landsteiner y Pope detectan el de la poliomielitis. A
comienzos de siglo Copeman desarrolla su técnica de multiplicación de virus
animales en embriones de pollo, con la que P. Rous aisla y cultiva el virus del
sarcoma aviar (1911).
Los virus bacterianos fueron descubiertos en 1915 por F.W. Twort, si bien su
trabajo no alcanzó la elegancia y claridad del desarrollado poco más tarde por
el canadiense Félix d'Hérelle (1917); fue éste quien acuñó el término
bacteriófago, y supuso correctamente que el fenómeno de lisis por estos
agentes debía de estar ampliamente difundido entre las bacterias. Aunque su
esperanza en la aplicación de los fagos como elementos bactericidas para uso médico
no pudo satisfacerse, la contribución de los virus bacterianos al avance de la
genética y biología moleculares ha sido decisiva: de hecho, los primeros
estudios cuantitativos sobre replicación virásica se realizaron sobre fagos de
Escherichia coli, lo que suministró modelos aplicables a otros virus, incluidos
los de animales. En 1925 Bordet y Bal describen por primera vez el fenómeno de
lisogenia, pero las relaciones entre los ciclos lítico y lisogénico de los
fagos no fueron aclaradas hasta los estudios de André Lwoff (1950).
La primera visualización de un virus se debe a las observaciones a
microscopio ultravioleta del bacteriólogo inglés Barnard (1925), y en 1939 se
realiza la primera fotografía de un virus a microscopio electrónico. Pero los
avances más significativos en el estudio de la composición y estructura de los
virus se inician con la purificación y cristalización, por Wendell M. Stanley,
del virus del mosaico del tabaco -TMV- (1935), aplicando procedimientos típicos
de la cristalización de enzimas. Inicialmente Stanley comprobó que el TMV
contenía gran proporción de proteína, pero poco más tarde detecta, además,
la presencia de ácido nucleico. A partir de aquí, la Virología entra en una
fase de ciencia cuantitativa, en la que participan numerosos físicos, bioquímicos
y genetistas, en un esfuerzo interdisciplinar que da origen a la moderna Biología
Molecular.
Un importante avance metodológico para el estudio de los virus animales se
debió a Enders, Weller y Robbins (1949), al desarrollar por primera vez un método
para la multiplicación virásica sobre cultivos de tejidos de mamíferos, técnica
que fue perfeccionada más tarde por el equipo de Renato Dulbecco.
Los recientes progresos en las numerosas técnicas de biología molecular han
propiciado una auténtica explosión de descubrimientos sobre la biología de
los virus y de sus células hospedadoras; baste citar la replicación del
genomio de ARN de los retrovirus por reversotranscripción a ADN, los fenómenos
de transformación oncogénica virásica y su aplicación a los estudios
generales del cáncer, el diseño de vacunas recombinante por manipulación in
vitro de genomios virásicos, la próxima aplicación clínica de la primeras
terapias génicas en humanos recurriendo a vectores virásicos, etc. En el
terreno de las necesidades urgentes, la metodología existente ha permitido la rápida
identificación y caracterización del virus de la inmunodeficiencia humana, lo
que se está traduciendo en una intensa y racional búsqueda de procedimientos
para prevenir y eliminar la inesperada epidemia de SIDA.
En años recientes han sido descubiertos dos nuevos tipos de entidades
infectivas, subvirásicas: T.O. Diener describió en 1967 la existencia de ARN
desnudos infectivos en plantas, a los que llamó viroides, y en 1981 Prusiner
puso de manifiesto que determinadas enfermedades de mamíferos se deben a partículas
proteicas aparentemente desprovistas de material genético, a las que bautizó
como priones.
2.11 RELACIONES ENTRE LA MICROBIOLOGÍA Y OTRAS CIENCIAS
BIOLÓGICAS.
El auge de la microbiología desde finales del siglo XIX se plasmó, entre
otras cosas, en el aislamiento de gran variedad de cepas silvestres de
microorganismos, lo que suministró un enorme volumen de nuevo material biológico
sobre el que trabajar, aplicándose una serie de enfoques que eran ya habituales
en las ciencias naturales más antiguas; así, había que crear un marco taxonómico
(con sus normas de nomenclatura) para encuadrar a los organismos recién
descubiertos, era factible desarrollar trabajos sobre morfología y fisiología
comparadas, sobre variabilidad y herencia, evolución, ecología, etc. De este
modo la joven Microbiología fue objeto, en pocos años, de la utilización, a
un ritmo acelerado, de los métodos taxonómicos y experimentales que habían
ido surgiendo y madurando desde el siglo XVIII en los ámbitos de la
"Historia Natural" clásica.
Aunque nos referiremos en otro apartado (véase cap. 2) a los avances de
Taxonomía Microbiana, vale la pena reseñar aquí los esfuerzos tempranos para
lograr un clasificación bacteriana por parte de Cohn (1875) y Migula (1894),
que sustentaban su concepto de especie predominantemente sobre caracteres morfológicos.
Pero hacia 1900 era evidente la arbitrariedad e insuficiencia de este tipo de
clasificaciones, de modo que los intentos posteriores hicieron uso de caracteres
bioquímicos (Orma Jensen, 1909), o de una mezcla de rasgos morfológicos, bioquímicos,
patogénicos y de tinción (Buchanan, 1915). El sistema de taxonomía bacteriana
adquirió un nuevo impulso a partir de la 1ª edición del "Bergey's Manual
of Determinative Bacteriology" (1923), y de las propuestas de Kluyver y van
Niel ("Prospects for a natural system of classification of bacteria",
1936). En cuanto a la nomenclatura, no fue hasta 1958 en que cuajó un Código
Internacional de Nomenclatura Bacteriológica, aunque ya se venía aplicando
desde hacía tiempo el procedimiento tipológico para los microorganismos, con
criterios similares a los de la Zoología y la Botánica.
El establecimiento de relaciones taxonómicas precisó el recurso a métodos
cada vez más amplios y afinados de análisis genético, estructural o fisiológico.
En un apartado anterior ya vimos las conexiones tempranas entre la Bioquímica y
la Microbiología a propósito del descubrimiento de la base enzimática de las
fermentaciones, lo cual abrió el camino para dilucidar el metabolismo energético
microbiano, y para demostrar su similitud química con rutas metabólicas de
organismos superiores. Otro paso importante en la percepción de la unidad bioquímica
del mundo vivo deriva del descubrimiento de las vitaminas (término acuñado por
Funk em 1911), al establecerse que determinados factores de crecimiento
requeridos por algunos microorganismos eran químicamente similares a las
vitaminas necesarias en la dieta de los animales, y que este tipo de compuestos
representa precursores biosintéticos de coenzimas del metabolismo celular. Así
pues, este tipo de investigaciones sentó claramente la idea de la unidad química
de los seres vivos, independientemente de su encuadre taxonómico, y encauzó
una buena parte de los trabajos bioquímicos hacia los microorganismos, dadas
sus cualidades de facilidad de manejo y cultivo en laboratorio.
En cuanto a las conexiones de la Microbiología con la Genética, ya
Beijerink, en 1900, tras analizar la teoría de la mutación de De Vries, había
predicho que los microoganismos podrían convertirse en objetos de investigación
más adecuados que los sistemas animales o vegetales. Pero las primeras
conexiones entre ambas ciencias arrancan de la necesidad que hubo, a principios
del siglo XX, de determinar la sexualidad de los hongos con fines taxonómicos.
En 1905 Maire demostró la existencia de meiosis en la formación de ascosporas,
y Claussen (1907) evidenció fusión de núcleos en Ascomicetos, mientras que
Kniepp, hacia finales de los años 30 había recogido un gran volumen de
información sobre procesos sexuales en Basidiomicetos. El sueco Lindegren
(1936) realiza las primeras cartografías genéticas en cromosomas de
Neurospora, durante su estancia en el laboratorio californiano de Morgan; este
último, propugnador de la "teoría de los genes" (1926), confiaba
desde hacía años en ampliar sus éxitos, logrados en Drosophila, hacia el
estudio de la genética microbiana. En 1941, otros dos discípulos de Morgan,
Beadle y Tatum, aislan mutantes auxotróficos de Neurospora, con lo que se
inicia el estudio de la base bioquímica de la herencia, y convierten a este
hongo en una valiosa herramienta de trabajo en esta línea de investigación.
Las estrategias diseñadas por Beadle y Tatum fueron
aplicadas por Luria y Delbrück (1943) a cultivos bacterianos, investigando la
aparición de mutaciones espontáneas resitentes a fagos o estreptomicina. La
conexión de estos experimentos con las observaciones previas de Griffith (1928)
sobre la transformación del neumococo, llevó a Avery y colaboradores (1944) a
demostrar que el "principio transformante" portador de la información
genética es el ADN. En 1949 Erwin Chargaff demuestra bioquímicamente la
transmisión genética mediante ADN en Escherichia coli , y en 1952 Alfred
Hershey y Martha Chase, en experimentos con componentes marcados de fagos, ponen
un elegante colofón a la confirmación de la función del ADN, con lo que se
derribaba el antiguo y asentado "paradigma de las proteínas" que
hasta mediados de siglo intentaba explicar la base de la herencia. De esta
forma, la Microbiología experimental se sitúa en pleno centro del nacimiento
de la Genética molecular, de la mano de los avances paralelos en Bioquímica
(análisis por rayos X de la estructura del ADN debido a Maurice Wilkins y
Rosalind Franklin, modelo de Watson y Crick de la doble hélice del ADN, etc.),
dando origen esta confluencia a lo que se ha llamado la "edad de oro"
de la Biología Molecular.
3 OBJETO DE ESTUDIO DE LA MICROBIOLOGÍA
El objeto de estudio de una ciencia se puede desglosar en dos apartados:
objeto material y objeto formal.
3.1 OBJETO MATERIAL: LOS MICROORGANISMOS
La Microbiología es la ciencia que se ocupa del estudio de los
microorganismos, es decir, de aquellos organismos demasiado pequeños para poder
ser observados a simple vista, y cuya visualización requiere el empleo del
microscopio. Esta definición implica que el objeto material de la Microbiología
viene delimitado por el tamaño de los seres que investiga, lo que supone que
abarca una enorme heterogeneidad de tipos estructurales, funcionales y taxonómicos:
desde partículas no celulares como los virus, viroides y priones, hasta
organismos celulares tan diferentes como las bacterias, los protozoos y parte de
las algas y de los hongos. De esta manera la Microbiología se distingue de
otras disciplinas organísmicas (como la Zoología y la Botánica) que se
centran en grupos de seres vivos definidos por conceptos biológicos homogéneos,
ya que su objeto de indagación se asienta sobre un criterio artificial que
obliga a incluir entidades sin más relación en común que su pequeño tamaño,
y a excluir a diversos organismos macroscópicos muy emparentados con otros
microscópicos.
A pesar de esto (o incluso debido a ello), la Microbiología permanece como
una disciplina perfectamente asentada y diferenciada, que deriva su coherencia
interna del tipo de metodologías ajustadas al estudio de los organismos cuyo
tamaño se sitúa por debajo del límite de resolución del ojo humano,
aportando un conjunto específico de conceptos que han enriquecido la moderna
Biología.
Podemos definir, pues, a los microorganismos como seres de tamaño microscópico
dotados de individualidad, con una organización biológica sencilla, bien sea
acelular o celular, y en este último caso pudiendo presentarse como
unicelulares, cenocíticos, coloniales o pluricelulares, pero sin diferencianción
en tejidos u órganos, y que necesitan para su estudio una metodología propia y
adecuada a sus pequeñas dimensiones. Bajo esta denominación se engloban tanto
microorganismos celulares como las entidades subcelulares.
3.1.1 MICROORGANISMOS CELULARES
Comprenden todos los procariotas y los microorganismos eucarióticos (los
protozoos, los mohos mucosos, los hongos y las algas microscópicas). El
encuadre de todos estos grupos heterogéneos será abordado en el próximo capítulo.
3.1.2 VIRUS Y PARTICULAS SUBVIRASICAS
Otro tipo de objetos de estudio de la microbiología son las entidades no
celulares, que a pesar de no poseer ciertos rasgos atribuibles a lo que se
entiende por vida, cuentan con individualidad y entidad biológica, y caen de
lleno en el dominio de esta ciencia.
Los virus son entidades no celulares de muy pequeño tamaño
(normalmente inferior al del más pequeño procariota), por lo que debe de
recurrirse al microscopio electrónico para su visualización. Son agentes
infectivos de naturaleza obligadamente parasitaria intracelular, que necesitan
su incorporación al protoplasma vivo para que su material genético sea
replicado por medio de su asociación más o menos completa con las actividades
celulares normales, y que pueden transmitirse de una célula a otra. Cada tipo
de virus consta de una sola clase de ácido nucleico (ADN o ARN, nunca ambos),
con capacidad para codificar varias proteínas, algunas de las cuales pueden
tener funciones enzimáticas, mientras que otras son estructurales, disponiéndose
éstas en cada partícula virásica (virión) alrededor del material genético
formando una estructura regular (cápside); en algunos virus existe, además,
una envuelta externa de tipo membranoso, derivada en parte de la célula en la
que se desarrolló el virión (bicapa lipídica procedente de membranas
celulares) y en parte de origen virásico (proteínas).
En su estado extracelular o durmiente, son totalmente inertes, al carecer de
la maquinaria de biosíntesis de proteínas, de replicación de su ácido
nucleico y de obtención de energía. Esto les obliga a un modo de vida
parasitario intracelular estricto o fase vegetativa, durante la que el virión
pierde su integridad, y normalmente queda reducido a su material genético, que
al superponer su información a la de la célula hospedadora, logra ser
expresado y replicado, produciéndose eventualmente la formación de nuevos
viriones que pueden reiniciar el ciclo.
Los viroides son un grupo de nuevas entidades infectivas, subvirásicas,
descubiertas en 1967 por T.O. Diener en plantas. Están constituidos
exclusivamente por una pequeña molécula circular de ARN de una sola hebra, que
adopta una peculiar estructura secundaria alargada debido a un extenso, pero no
total, emparejamiento intracatenario de bases por zonas de homología interna.
Carecen de capacidad codificadora y muestran cierta semejanza con los intrones
autocatalíticos de clase I, por lo que podrían representar secuencias
intercaladas que escaparon de sus genes en el transcurso evolutivo. Se
desconocen detalles de su modo de multiplicación, aunque algunos se localizan
en el nucleoplasma, existiendo pruebas de la implicación de la ARN polimerasa
II en su replicación. Esta replicación parece requerir secuencias conservadas
hacia la porción central del viroide. Los viroides aislados de plantas originan
una gran variedad de malformaciones patológicas. El mecanismo de patogenia no
está aclarado, pero se sabe que muchos de ellos se asocian con el nucleolo,
donde quizá podrían interferir; sin embargo, no existen indicios de que
alteren la expresión génica (una de las hipótesis sugeridas); cada molécula
de viroide contiene uno o dos dominios conservados que modulan la virulencia.
En 1986 se descubrió que el agente de la hepatitis delta humana posee un
genomio de ARN de tipo viroide, aunque requiere para su transmisión (pero no
para su replicación) la colaboración del virus de la hepatitis B, empaquetándose
en partículas similares a las de este virus. A diferencia de los viroides
vegetales, posee capacidad codificadora de algunas proteínas.
Los ARNs satélites son pequeñas moléculas de tamaño similar al de
los viroides de plantas (330-400 bases), que son empaquetados en cápsidas de
determinadas cepas de virus (con cuyos genomios no muestran homologías). Se
replican sólo en presencia del virus colaborador específico, modificando
(aumentando o disminuyendo) los efectos patógenos de éste.
Los virusoides constituyen un grupo de ARNs satélites no infectivos,
presentes en el interior de la cápsida de ciertos virus, con semejanzas
estructurales con los viroides, replicándose exclusivamente junto a su virus
colaborador.
Los priones son entidades infectivas de un tipo totalmente nuevo y
original, descubiertas por Stanley Prusiner en 1981, responsables de ciertas
enfermedades degenerativas del sistema nervioso central de mamíferos (por
ejemplo, el "scrapie" o prurito de ovejas y cabras, la encefalitis
espongiforme bovina), incluyendo los humanos (kuru, síndrome de Gerstmann-Straüssler,
enfermedad de Creutzfeldt-Jakob). Se definen como pequeñas partículas
proteicas infectivas que resisten la inactivación por agentes que modifican ácidos
nucleicos, y que contienen como componente mayoritario (si no único) una
isoforma anómala de una proteina celular. Tanto la versión celular normal (PrPC)
como la patógena (PrPSc en el caso del "scrapie") son
glicoproteínas codificadas por el mismo gen cromosómico, teniendo la misma
secuencia primaria. Se desconoce si las características distintivas de ambas
isoformas estriban en diferencias entre los respectivos oligosacáridos que
adquieren por procesamiento post-traduccional.
A diferencia de los virus, los priones no contienen ácido nucleico y están
codificados por un gen celular. Aunque se multiplican, los priones de nueva síntesis
poseen moléculas de PrP que reflejan el gen del hospedador y no necesariamente
la secuencia de la molécula del PrP que causó la infección previa. Se
desconoce su mecanismo de multiplicación, y para discernir entre las diversas
hipótesis propuestas quizá haya que dilucidar la función del producto normal
y su posible conversión a la isoforma patógena infectiva.
Recientemente se ha comprobado que, al menos algunas de la enfermedades por
priones son simultáneamente infectivas y genéticas, una situación insólita
en la Patología humana, habiéndose demostrado una relación entre un alelo
dominante del PrP y la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob. El gen del prión
(Prn-p) está ligado genéticamente a un gen autosómico (Prn-i) que condiciona
en parte los largos tiempos de incubación hasta el desarrollo del síndrome.
3.2 OBJETO FORMAL
Todos los aspectos y enfoques desde los que se pueden estudiar los
microorganismos conforman lo que denominamos objeto formal de la Microbiología:
características estructurales, fisiológicas, bioquímicas, genéticas, taxonómicas,
ecológicas, etc., que conforman el núcleo general o cuerpo básico de
conocimientos de esta ciencia. Por otro lado, la Microbiología también se
ocupa de las distintas actividades microbianas en relación con los intereses
humanos, tanto las que pueden acarrear consecuencias perjudiciales (y en este
caso estudia los nichos ecológicos de los correspondientes agentes, sus modos
de transmisión, los diversos aspectos de la microbiota patógena en sus
interacciones con el hospedador, los mecanismos de defensa de éste, así como
los métodos desarrollados para combatirlos y controlarlos), como de las que
reportan beneficios (ocupádose del estudio de los procesos microbianos que
suponen la obtención de materias primas o elaboradas, y de su modificación y
mejora racional con vistas a su imbricación en los flujos productivos de las
sociedades). Finalmente, la Microbiología ha de ocuparse de todas las técnicas
y metodologías destinadas al estudio experimental, manejo y control de los
microorganismos, es decir, de todos los aspectos relacionados con el modo de
trabajo de una ciencia empírica.
Germán Luis Puigdomenech
Técnico Superior en Microbiología y Biotecnología
Rosario, Provincia de Santa Fé – Argentina